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A B C. M A R T E S 12 D E A G O S T O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 1 0 ENSEÑANZAS CINE DEL La buena película teatral Tantas veces frustrado por el placentero discurrir de la sobremesa- -charla de amigos, rico café, rubia fine champagne y largo veguero irrenunciable- se me logró al fin el proyecto de ver la famosa película de El desfile del amor. Teatrólogo inveterado y cineasta en agraz, extraigo de ello unas cuantas reflexiones volanderas. La vieja comedia de El príncipe consorte. que ya fuera opereta en el tránsito, aunó al convertirse en film, por obra, gracia y milagro de un director experto y artista, todos los atributos teatrales y todas las virtudes cinematográficas, hasta donde podían juntas superarse sin extralimitar su radio de acción. L a calidad frivola de la farsa, ajena a problemas de elevada categoría mental, permitió la poda de un diálogo que sobrellevase su sobriedad sin mengua del significado, ni de la viveza de la acción, y la índole de ésta, por la posibilidad dé escenarios plurales, se adaptaba como el líquido al vaso a la variedad y al dinamismo de los cuadros cinematográficos. E l añadido de la música- -que hace sólo apariciones discretas como la. palabra- -venía a devolver sus condiciones antiguas, exactas y completas a este verdadero vodevil, que, por el ingenio de su urdimbre, por la. suntuosa facilidad de su postura y por el relieve de sus intérpretes, es, sin disputa, el más perfecto de cuantos hemos visto en los escenarios alegres y galantes de los maestros del género. Teatro y cine convergen y se juntan en un vértice feliz; porque no se trató de un drama con hondura ideológica que hubiera empobrecido sin palabras en la película muda o habríase dilatado hasta la pesadez en una cinta hablada; no es el hecho real, cuajado de anécdotas verosímiles o auténticas, huérfano de la más leve intención artística como una plana de sucesos; es otra cosa, es arte frivolo, es la commedietta inverosímil, absurda sin disparates, graciosa sin chocarrería y galante sin- procacidad. E n ella, como en los buenos dramas de verdad- -cuidado teatral del cine, que se ejercita por primera vez- hay ese paralelismo de acciones, la grande. y la pequeña, la principal con su secuela, en armónico y raro contraste de parecidos, que se advierte, por ejemplo, guardadas las distancias, en Shakespeare, en el ansia vengativa de Laertes junto a la misma inquietud agigantada de Hamlet, y: así, en la película, en la sucesión de episodios, a las querellas voluptuosas de la- Reina y el Diplomático, les hacen el bajo los picaros escarceos de la bonne y elvalet de chambre, y aquéllos se aman y. disfrutan a lo- gran señor, y los otros a lo plebeyo, pero todos por causa idéntica, como en el cromatismo de una sinfonía, de un lienzo o de un traje, una variada gradación tonal sobre un solo color. A la pantalla, hecha escenario, llegan cuantos resortes teatrales pueden obtener eficacia espectacular: desfiles, bailables, duetinos y canciones; pero al escenario hecho pantalla acuden también cuantos recursos exclusivamente cinematográficos pueden enriquecerlo así todo el París galante escucha la despedida del huésped que canta desde el balcón; todas las criadas de la ciudad saludan desde sus ventanas. al ayuda de cámara jaranero del señorito noce- ur; todos los perros aristocráticos del bois, foxterriers, galgos y bassets, yérguense ladrando sus adioses al perrito del viajero, en tres saladísimos epi- sodios de una teatralidad que sólo en la película es posible. La voz del teatro ayuda al cine; pero la mudez del cine ayuda al teatro; la música ligera, una música que puede oírse sin el esfuerzo de pensar en ella, borra la melosa cursilería de las escenas amorosas; sobre la mentira de la situación, la mentira de la declaración cantada, y como menos por menos da más, el resultado es la bella verdad de un dúo animado y teatral, y en los pasajes escabrosos, sobre los puntos suspensivos del silencio, la acción expresiva sin exactitud, sugerente sin explicación, con toda una gracia de intenciones ajena a la palabra limitada, y brutal a veces, por la fijeza de su significado inevitable. ¿Digo algo en menosprecio del teatro? ¡No, por Dios! Por lo menos, no quiero decirlo mas si me importa poner de relieve cómo en la paciencia directora con que se forjó la película, en la libertad absoluta que se otorgó a la pericia del animador, en la sumisión sin opiniones con que se rindieron a ella unos intérpretes, seguramente buscados con candil, hasta encontrar la rara belleza inteligente y canora de Jeanette Mac Donald y la bulevardera sonrisa incopiable de Maurice Chevalier, y en la utilidad de unos ensayos, que son el propio espectáculo exacto, hecho y rehecho, deshecho y vuelto a componer una, dos y cien veces, perdiendo tiempo y dinero para ganarlos después, está el secreto de un triunfo, que también pudiera alcanzar el teatro- -dentro de sus posibilidades- -si hubiera paciencia en la forja, libertad en la dirección, disciplina en los cómicos, escrúpulo en la busca de intérpretes, atentos a lo que los franceses llaman le phisique du role, ya que al público todo le entra primero p r los ojos, y. hubiera adeo más, y principalmente, porfía y tiempo en BILL Y La cámara con el anastigmático Ideal para los aficionados. Sin conocimientos técnicos se hacen con ella espléndidas fotografías. La maneja un niño, fíasla abrirla para que esté dispuesta a funcionar. Haga fotos se goza más de la vida