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A B C V I E R N E S 15 D E A G O S T O D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG. 6 EL F U T U R O PRESID E N T E D E L A REPÚBLICA N o se alarme, el lector. N o se trata de España, país en el que la tradición histórica, el horror a lo desconocido y la pereza nacional aseguran a la Monarquía una razonable longevidad. Vamos a hablar de F r a n cia. Aquí el pleito de la sucesión presidencial es virtualmente planteado. E l señor Doumergue se despojará pronto de sú elevada investidura, sumergiéndose, como sus predecesores, en el anonimato senatorial. ¿S e decidirá, como el Sr. Poincaré, a escribir sus Memorias? N o lo creo. S i su período de mando ha sido fecundo en viscisitudes políticas, en ninguna de ellas ha destacado el presidente su personalidad tanto que podamos atribuirle una influencia fuerte o decisiva sobre los acontecimientos. Se ha supuesto que un jefe de Estado, fiel aj texto constitucional, no encuentra ocasión, a menos de procurársela abusivamente, de acomodarlo a su criterio. E s un error. Eso depende del carácter del hombre más que de las tentaciones que despierta el carero. U n Poincaré o. un Clemenceau no pueden desprenderse de ciertos nobles prejuicios que sacrifica sin esfuerzo una inteligencia mediocre. P a r a ser fiel a un principio cualquiera de orden político es preciso incomunicarse intelectualmente con la época. De otra suerte nuestra inteligencia prefiere interpretar a obedecer. E l acatamiento pasivo de las leyes es obligación de las masas. Los individuos que las aplican las conocen demasiado por dentro para creerlas infalibles. Todo estadista de altura, cuando mira sus fines, lo menos en que piensa es en los obstáculos de la Ley. Se puede violar la Ley para reinar decía Julio César. Esa herejía política en ciertos labios es disculpable. E l que, como César, se sentía con alientos para ensanchar los dominios de Roma podía expresarse descomedidamente hablando de la L e y pero, si un pigmeo con corona, incapaz de otro ideal que la defensa de la lista civil, se atreviera a invocar aquel precedente para imitarlo, sus contemporáneos se echarían a reír. E l Sr. Doumergue no ha interpretado la Constitución; la ha obedecido. Inteligencia sin fulgores, carácter ponderado y espíritu sin ambiciones, el ilustre jefe del Estado francés parece el hombre más insensible al vértigo de las alturas. Este sexagenario r i sueño, de gustos modestos y de curiosidades filosóficas fáciles de satisfacer, no podría crear el menor conflicto a los Poderes intermediarios que le están aparentemente subordinados. L a mediocridad, que es la tortura de los tontos, ofrece a los discretos, como compensación de placeres más selectos, reservados a! hombre cumbre, el homenaje de la simpatía general. E l Sr. Doumergue ha sentido más de una vez el calor de esos homenajes. Apenas se presenta en público, con su aspecto de abogado provinciano y rico, todo el mundo le sonríe y le aplaude. E l espectador de toda apoteosis oficial gusta de hacerse la ilusión de que, habiendo salido el jefe del Estado de la nada, no le sería imposible a él. con un poco de suerte, llegar a su altura. Pero para eso es indispensable que el primer magistrado de la nación sea, como el Sr. Doumergue, un hombre que supo renunciar pronto a la ambición de descubrir un nuevo continente en el universo de las ideas. Sin valer más que él, en ningún sentido, el Sr. Millerand quiso proceder en el cargo presidencial como un hombre que se siente superior a las cosas que le rodean, y aquel impulso de soberbia Je costó la caída y el estigma con que señala el ridículo a los que se atreven a más de lo que pueden. D e l pobre PauLDeschanel no hablemos. Y o tuve el honor de acercarme a él durante la guerra. E r a un hombre fino y circunspecto que, no contento con tener la vanidad de un literato, la agravaba con la vanidad del orador. E r a verdaderamente insoportable. A l ascender a la presidencia creyó que la investidura era un elixir de juventud, y en lugar de recluirse, como Doumergue, en la opacidad señorial inherente al cargo, se dio desenfrenadamente al placer de vivir. D u do de que, a seguir, en la función de que le privo la enfermedad, se hubiera conducido con la cordura que todos reconocen en el Sr. Doumergue. Este, sin ser por el r i gor de sus abstenciones sensuales un espartano, se ha impuesto desde muy joven aquella regla contenida en el precepto griego Ríen de irop... Precavido hasta el exceso, n i siquiera pensó en fundar una familia. Realmente el que siente l a vocación de la- vida pública no tiene por qué cargar con esa impedimenta. E l que se propone grandes empresas no puede esperar la menor cooperación de ¡os seres que ha ido i n corporando a su intimidad. E l hombre que al despertarse puede hacer frente a todos los problemas sólo con tocar el timbre de su alcoba. es casi invulnerable. Nuestras d i ficultades se deben menos a nuestros defectos personales, que a los que nos han hecho contraer nuestras obligaciones privadas. E n cuanto, el hombre- confunde el placer del amor con el concepto de eternidad cae e n l a trampa de la familia. N o hay nadie más dueño de sí que u n solterón, n i más equilibrado que un cura. E l uno y el otro se benefician de la precaución que tuvieron; aquél de no aceptar a la mujer sino como un pasatiempo, y éste, como una penitente. E n esas dos actitudes E v a es adorable. ¿Quién sucederá al Sr. Doumergue en la presidencia de la República? Se habló p r i mero de Raúl Peret, y todo hacía suponer que su candidatura: era la mejor situada. E s un jurisconsulto honesto y un parlamentario de experiencia, que, como no ha tenido grandes éxitos ni- en el F o r o n i en las Cámaras, no se ha atraído más antipatías que las normales en todo ser que anda enposición vertical. N o se asombre el lector de esta apreciación. Las antipatías que nos signen en el mundo no dependen casi nunca de nosotros. Hagamos lo que hagamos, nos es imposible evitarlas, porque como el prójimo no las funda en nuestros defectos, sino, en los que él nos atribuye, no hay medio de substraerse a sus rigores. Pero las antipatías que suscitamos los mediocres son muy llevaderas. L o s grandes odios no acompañan sino a las personalidades que, o. son grandes, o pretenden pasar por extraordinarias. E l Sr. Peret no tiene, pues, enemigos n i envidiosos. Otra candidatura que parece viable es l a del señor Briand. ¿Triunfará? M e temo que no agrupe en torno de su ilustre nombre los sufragios indispensables. Sería una lástima, porque, si hay una personalidad preparada para el cargo es la suya. ¿Sueña él siquiera con ocuparlo? Los que, partiendo de su escepticismo, le creen ajeno a esa ambición pueden equivocarse. U n escéptico no es forzosamente estoico. Se puede dudar de la virtud permanente de una idea y desconfiar a ratos de las excelencias de la Creación, y no sentir desdén por lo que tiene la vida de agradable. Nuestra desesperación ante el enigma de nuestro destino no es inconciliable con un discreto amor a lo que nos halaga los sentidos. ¡Qué sé y o! A lo mejor, este simpático incrédulo de Briand quiere ser presidente, de la República. ¿Por qué no? E n un cargo que exige prudencia y ponderación nadie puede rivalizar con Briand. L a misma evolución de sus ideas le preserva del peligro de adoptar un criterio fijo en ninguna circunstancia de su misión. Briand es de los que antes de ponerse el gabán m i ran el termómetro. ¿Qué más garantías de prudencia? E l principal mérito de este hom- bre es el haberse enterado pronto de que, de cien casos en noventa, el estadista, impotente para crear los acontecimientos, se limita a seguirlos. Esta sumisión de nuestra inteligencia a las cosas no es una apostasía, sino un acto de humildad y una prueba de buen sentido. Y a sé que en un país de mentalidad cabileña como el nuestro, en el cual hasta los literatos están en el zoco, ese modo de ver la realidad parece una blasfemia. Qué clase de injurias hubiera soportado en E s paña un hombre que, habiendo defendido la huelga general en sus mocedades, representa hoy un matiz político casi burgués? L o que autoriza, sin embargo, a recelar el fracaso de su candidatura para la presidencia de la República es la decepción justificada del pueblo francés respecto a su política internacional. Ninguno de los pasos que ha dado este hombre de diez años acá por ¡a a p i o x i mación de las naciones ha sido certero. Cannes, T o r y y Locarno no han sido sino las etapas de un ensueño desvanecido. Esa decepción no depone contra el hombre, que es de una probidad personal y política irreprochable, sino contra el estadista que no supo ver claro en la conciencia de los otros pueblos. Y aquí no se salvan los gobernantes, como en España, con actos de contrición, casi siempre tardíos. Aquí el que yerra, expía, y la expiación no prescribe n i está, como en España, pendiente de indulto. MANUEL BUENO París, agosto, 1030. g C H O Q U E D E IDEAS E N BRU 1 AS Interpretaciones E s posible que los habitantes de Brujas se muestren muy orgullosos de los progresos de su ciudad, y también es probable que la ciudad, en estos últimos años, y al favor de los nuevos canales, que la ponen en comunicación directa con la costa, haya adquirido un notable incremento y fabril. Pero las fuerzas ideales que obran sobre Brujas son tan poderosas, que ellas vencen con facilidad a todos los elementos que el progreso moderno se obstina en reunir. P o r mi parte, yo reconozco que en. pocos sitios del mundo me he considerado como aquí tan lejos de la tumultuosa vida moderna y tan separado de los afanes que forman el fondo dinámico de nuestra civilización. E s cierto que hay en, España poblaciones tan venerables, tan quietas y silenciosas como Brujas; pero allí el efecto de antigüedad estática y religiosa halla una exacta correspondencia con el paisaje, y cuando escalamos las alturas de Toledo o de A v i l a nuestra mirada puede tenderse hasta el infinito sin descubrir otra cosa que soledad, quietud, extensiones muertas. A l contrario, lo singular de Brujas es que, apenas ascendemos un poco en el espacio, nuestra mirada descubre el panorama de la Bélgica industrial, acribillada de humeantes chimeneas, rayada de ferrocarriles, sobrepoblada en un grado insuperable. Este es el contraste que hace tan original y atractiva a Brujas. Y en. este sentido resulta Brujas tan propicio campo de actividad ideológica y sentimental para un espíritu preocupado. Aquí, parado en la plaza donde moran las beguinás, o cruzando las calles desiertas al son de las musicales e innumerables campanas, me ha asaltado con mayor- ímpetu que nunca esa continua y p r o-
 // Cambio Nodo4-Sevilla