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FACHADA PRINCIPAL fueron menos brutos iue los altos. ¿Como era el castillo primitivo? Es una lástima que no haya quedado de entonces una sola estampa que lo recordase. Referencias poco seguras le atribuyen, sin embargo, un cierto papel militar en la guerra de los cien años. ¡Hasta el advenimiento de Francisco I el castillo de Chambord no adquiere la importancia que debía afirmar su celebridad. Aquel gran Rey no entendía el buen vivir con la sobriedad del conde Tibaldo. Era más difícil de contentar. Si hemos de creer al señor barón Hennet de Goutel, probo historiador de los castillos que se yérguen en las márgenes del Loira, Francisco I fué atraído a aquello lugares por su afición a la cacería. Luego le retuvo en las dehesas de Chambord un incentivo más poderoso: el amor de la condesa de Tíhoury. Para perpetuar aquella pasión el Monarca reedificó el castillo aprovechando solamente los cimientos del antiguo. El contraste entre la aspereza melancólica del paisaje y el esplendor del edificio es tan vivo, que, a no conocer los motivos sentimentales que influyeron en el ánimo del Rey, no nos explicaríamos su capricho de emplazar una maravilla artística en aquel escenario agreste y adusto. Un embajador veneciano, Jerónimo Lippomario, qué lo visitó en las postrimerías del siglo xv, se muestra deslumhrado de lo que han visto sus ojos. ¡Entre las muchas moradas notables que he conocido- -escribe- -ninguna me ha causado, por su opulencia y su gracia de líneas, un efecto más profundo. El parque es de una diversidad de tonos que asombra. Está lleno de lagos, de arroyos, de cotos y de pastizales, y en el centro del bosque se levanta el castillo con su magnífico torreón, sus abenas doradas, sus alas plúmbeas, sus pabellones, sus terrazas y sus galerías, y todo de un primor y de una grandeza que entusiasmaría a un poeta. Como todo lo que ha concebido el entusiasmo humano con el designio de que perdure, Chambord exigió largos y costosos sacrificios de tiempo, de inventiva y de dinero. Contemplado desde las riberas del Loira, el castillo, bañándose en la claridad romántica del paisaje, deja un recuerdo imborrable. Aouel armonioso conjunto de torres, torrecillas, flechas, piñones y chimeneas esculpidas, parece haber obedecido a la doble preocupación de que el castillo concillase la utilidad militar y el encanto estético. Se pretendió que fuese a un mismo tiempo fortaleza y palacio, defensa de las tierras que le circundan y nido de amores. Desdiciendo de la tradición feudal, el gran torreón no es la plaza fuerte del castillo, sino su atractivo artístico más importante. La gran escalera, obra de! renacimiento francés, un poco adulterado por reminiscencias italianas, es un alarde arquitectónico que llama la atención, del cual no podemos dar idea con una simple descripción. Se ha supuesto con escaso fundamento que el plan general de Chambord fué debido a la inventiva de Vignole. Una versión de la realidad más documentada atribuye la empresa a varios maestros aparejadores, Jacqües, Denis Sourdean y Pierre Nepeu, si no en su totalidad, en sus líneas esenciales. La crítica más escrupulosa no se aviene, sin embargo, a apadrinar aquella versión sin oponerle ciertas reservas. Es lo de siempre: se procede en esto, como en todo, por conjeturas. Posteriormente se ha dicho que la gloria de la construcción de Chambord pertenece íntegramente a un maestro de obras italiano, Dominico de Cortona, que residió lo más de su vida en la vecindad del Loira y tuvo míe ver en la edificación de los castillos de Blois y de Aruboise, de los cuales hablaremos otro día. Lo que parece fuera de duda es que Francisco I, ignoramos si antes p después de su aventura con la condesa de Thoury, sostuvo en aquella espléndida morada un idilio con sus naturales expansiones eróticas, según costumbre en él, con la duquesa de Estampes. Ese género de esparcimientos no tenía entonces la gravedad que ahora les concedemos, pues para él capricho real no existía nada que fuese ilícito. El carácter divino de la soberanía absolvía de antemano al pecador, convirtiendo su falta en el ejercicio de un derecho. La revolución francesa, naturalmente, hizo lo que pudo por destruir aquella maravilla, ofensiva, según la lógica oemocrática, para la miseria del pueblo: Felizmente, los que podían derribarla impunemente estaban demasiado ocupados en segar cabezas aristocráticas para imponer la libertad. Napoleón regaló el castillo de Chambord al mariscal Berther, príncipe de Wagram, pero sus herederos no son los propietarios de la finca. El mariscal se contentó con pasar unos días en Chambord talando sus imponentes arbo edas para convertir el paisaje en dinero, debilidad muy extendida en Francia, donde el oro inspira una admiración supersticiosa. Hoy el famoso castillo es objeto de un litigio. Pero lo principal se ha conseguido: que se conserve en pie, domiríando toda la risueña vega del Loira. M A N U E L BJUENO G R A N E S C A L I N A T A IX BLE 8 K ORATORIO DE FRANCISCO I
 // Cambio Nodo4-Sevilla