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Un rato en San Lorenzo, i madrileñísima parroquia. LOS A D R I D A l filo de las doce dé un día de julio. Calor. A l llegar a la calle de Santa Isabel- -pesados caserones, viejos edificios- -por l a histórica y populosa plaza de Antón Martín hemos despedido el taxi, quizá u n poco cohibidos, si no temerosos, ante el zumbido de colmena que sale del mañanero mercadillo que la patriarcal política de nuestro M u n i c i p i o tolera desde tiempo inmemorial en la chispera barriada. Y a pie, sorteando puestos de verdura, banastas de fruta cajas de huevos, serones de hortalizas, mesas con despojos perchas repletas de conejos, frágiles mostradores de percales, puntillas, encajes y c i n tas; tenderetes de bisutería y baratijas, más tal cual palo dé mesana, que, clavado en el suelo, hace las veces de sombrilla, defendiendo con su amplia lona al vendedor de las crueles quemaduras de un sol implacable, nos hemos adentrado, no sin riesgo de grave resbalón o aparatosa caída- -tal se halla de escamas y restos de pescado, cascaras y pipas- por l a estrecha calle de la Torrecilla, donde aún es mayor y más i n tensa la alegre truculencia de los olores y los tonos chillones de las mercancías y los alimentos... Emprendemos el descenso hacia los b a rrios bajos por viejas calles a las que no llega el ronco rumor del humano oleaje. A f á s oueda el vocerío de los vendedores ambulantes- -ajos, cebollas, repollo... ¡par r o q u i a! los bocinazos ensordecedores de los camiones de carga, el estrépito horrible del gentío que compra y vende, ofrece y r e gatea en u n ambiente agrio de legumbres revueltas, aspirando un fuerte olor a pescado c r u do y a grasa caliente... V a m o s a visitar al cura de S a n L o r e n z o al padre H i g e s o D Pablo, como cariñosamente se nombra en el distrito a éste bondadoso y v e n e r a b l e s a c e r d o t e h a c e y a muchos años... S u edad, su ministerio y, sobre todo, su larga permanencia en el más castizo de los m a d r i leños barrios, son factores que, si él quisiera... ¡Porque del a r chivo n o podemos dudar! ¡N i de que guarda en él cosas que interesarían al lector, si se p u diesen p u b l i c a r Más ¿dónde encontrar al buen D P a b l o? ¿E n su casa? ¿E n S a n L o r e n zo? L o más acertado es pensar que ha de hallarse en l a p a rroquia. ¡Fementida l a empinada cuesta del S a l i t r e! Hórridas casas de portales estrechos y p r o f u n dos, que unen la calle con el p a tio, casi siempre obscuro y m a l oliente; balcones con ropa tendida, parvas tabernuchas, prenderías abarrotadas de sacos desbordante de mendrugos de pan, buñolerías, qué el olor del aceite delata desde lejos; pequeñas tiendas de cuyos techos penden t o c i n o s salchichones y c h o r i zos; escaparates repletos dé l a tas de conserva, p i r á m i d e s de azúcar... P o r fin, l a calle de San Cosme. Estamos en l a iglesia de S a n Lorenzo, l a más madrileña de las parroquias de la v i l l a ¿D o n Pablo H i g e s? -Y a dijo la misa, ¿sabe usted? A h o r a está en el despacho. Y el monaguillo a quien i n- S 6I S ITIll CCISCI 171 l e ü l O S Cíe U. rCIDlO terpelamos corre a anunciar a su jefe l a visita. ¡D o n P a b l o A h í están unos señores que quieren ver a usted. Saludos. Afable, bondadosa acogida... -D i e z minutos de charla- -adelantamos, para tranquilizarle- N o nos trae otra cosa... -C o n mucho gusto- -nos ataja el buen cura- pero aquí, en la sacristía, entre el público que sin cesar acude... Preferible, es el jardín- -interior patinillo de profundo sosiego, donde, a la sombra de las acacias que l o entoldan y por las que vemos filtrarse un rayo de luz viva, platican los sacerdotes largos ratos en estos serenos días del v e r a n o- pero no- -rectifica- es mejor que vayan a mi casa... si esto no les m o lesta... ¡O h! en modo alguno- -respondemos. de aquella etapa el c u r a dé S a n L o r e n z o pero a la muerte del padre Bocos, quien tras largos períodos en Chamberí y Jesús fué destinado a esta parroquia, donde acabó sus días, nuestro buen D Pablo decidió trasladar su vivienda a una casa inmediata. L a en que ahora habita es como a su vida modesta corresponde, humilde, casi dijéramos mezquina. U n a mesa de nogal, con poca talla. U n s i llón guarnecido de cuero; sillas de madera. U n crucifijo sobre la chimenea. Sacras estampas. Litografías, viejos retratos familiares. E n lugar preferente, una fotografía d e l Sr. Vázquez de M e l l a con expresiva dedicatoria, y entre los breviarios y libros con la vida de los santos un ejemplar de la F i losofía de la Eucaristía, que su ilustre a u tor dedica al buen padre de almas en los siguientes términos: A mi jqueridísimo amígc San Pablo, que en santidad se equipara con el apóstol, que sería D. Pablo en. estos tiempos, como prueba de lo mucho que le quiere su a m i go. Juan Vásqucs Mella- E n e r o 2 del. 28. Sonriente y solícito, D Pab o nos ofrece una silla. -A q u í junto a mi mesa de trabajo... Saca después de un escritorio dos c i g a rros y nos invita a fumar... -D i g a lo que de mi pobre persona desea usted saber. Soy castellano viejo, y viejo igualmente por la edad, porque y a cuento... -O h no es necesario el dato- -interrumpimos- Nos basta con saber los años que lleva en San L o r e n z o -P u e s de los cincuenta y dos que han transcurrido desde que canté misa en mi pueblo, reste doce que pasé en Castejón (Campo de G o m a r a) Y quedan c u a renta, si las matemáticas no mienten... ¿N o ha estado usted en ninguna otra parroquia? -Y a le digo que no. Llegué a M a d r i d y, junto al padre B o cos, cariñoso y buen a m i g o mío, comencé a trabajar. D i e ciocho años estuvo aquél en San Lorenzo, y d u r a n t e tan largo lapso de tiempo fui su más entusiasta colaborador. V i víamos los dos en l a casa p a rroquial, y como l a iglesia está pared por medio, pasábanse muchas, semanas sin que pisáramos la calle. B e sido regente, encargado de la parroquia en algunas ocasiones... A h o r a llevo el despacho... -Y díganos, don Pablo: ¿H a c a s a d o u s t e d a mucha gente de estos barrios? Nuestro interlocutor sonríe... -E n cuarenta años... ¡unos seis m i l matrimonios! ¡Y a es casar! Seis mil veces la e p í s t o l a seis mil las mismas advertencias, seis m i l veces los m i s m o s cristianos consejos... no siempre seguidos ni cumplidos, por desgracia- -comentamos- Se r e a l i zarán, sin embargo, mayor número de matrimonios que los que usted bendice... -D e s d e luego- -nos responde D Pablo- V i e n e n a celebrarse unos 360 al año; casi uno diario... ¿Y muchos de gran r u m bo... -N o lo crea usted. E s gente modesta, que vive atenida a un sueldo o j o r n a l I i. J p n Ll M N o s inspiraba gran curiosidad este buen sacerdote, quien, llano, bondadoso, h a visto pas r, día tras día, cuarenta años de su vida, dedicado en absoluto a socorrer al pobre, a visitar al enfermo, a realizar, piadoso, el bien entre los humildes, derramando confortaciones y consuelos entre los tristes y abandonados de l a fortuna. Cuarenta años de observar el mismo r i t mo acompasado y monótono del pequeño mundo en que este hombre, hoy anciano, ha vivido, perseverando sin tregua, sin desmayos, en l a obra santa que se impusiera al abrazar por sincera vocación- ¿podría d u darle? -el sacerdocio. V i v i ó en la iglesia tres lustros- -es des- SAN LORENZO. L A MAS MADRILEÑA D E LAS IGLESIAS D E LA V I L L A
 // Cambio Nodo4-Sevilla