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IMPRESIONES DE ARTE ALGUNOS CUADROS DE LA GALERÍA DEL PALACIO DE LIRIA ox el modo digno y solemne que es propio de sus cuadros, Porbus retrató a María Estuardo, la infeliz mujer que. Reina de Francia y de Escocia, pereció en el cadalso al odio enconado de Isabel de Inglaterra. Ninguna heroína ha hecho latir más corazones. Como su tocaya y sucesora en una Corona, María Antonieta, la Estuardo ha tenido adoradores a centenares, que han reverenciado la memoria de aquella mujer atractiva, que supo, aun en edad lejana a la juventud, retener la devoción de los amadores. A decir verdad, Porbus, oue debió pintar este cuadro sin el modelo a la vista, no lo presenta con los suficientes atractivos a explicar tales pasiones. E n su retrato, la Reina de Escocia se parece como una mujer alta, severamente vestida de negro, sin alhaja alguna, pues el crucifijo que pende de un cordoncillo y el grueso rosario prendido a su cintura no pueden considerarse como joyas. A l cuello y en los pulsos, se rizan gorgueras y vuelillos, menuda y horizontalmente, mientras un largo velo de diáfana gasa cubre el traje todo y, después de crear sobre los hombros un alto cuello, baja hasta la tierra en pliegues rígidos. Una cofia picuda cubre la cabeza, donde el pelo se atiranta para crear la inacabable frente que exigía la moda de entonces, y el rostro se alarga exangüe, estropeando el encanto que pudiera tener, por la pesada nariz y el mentón agudo eri demasía. Toda la movilidad y la gracia que, según sus contemporáneos, eran condiciones de la Reina María, faltan en este lienzo, y de 1o s poderosos hechizos de tan singular mujer sólo perduran en él cuadro las admirables manos, que son como vivas flores. Ip. rgas, finísimas, blancas, pálidas y dignas del más fervoroso homenaje... C Retratos femeninos e infantiles. AUTOR DESCONOCIDO. D. CINES D E CASTRO, X I V CONDE D E LEMOS PORBUS. MARÍA ESTUARDO, DE ESCOCIA REINA Van Dyck retrató a este incógnito chiquillo junto a una mesa donde yace la disforme mole de un inmenso y abrumador sombrero enriquecido con galones, joyas y plumas. A l lado de tan formidable máquina, el niño se muestra en actitud gallarda, puño en la cadera, mano en la guarda de su espadín. Es un muchachito de siete a ocho años. Su cuerpo aún conserva algo de la turgencia de la primera infancia, y así rellena suficientemente el holgado pantaloncillo, todo, él muy lujoso, rebordado de trencillas, botones, nudos, flecos y pasamanerías, y que se remata casi a media pierna en unos vuelillos de ricas randas. Iguales adornos luce el jubón, cruzado de hombro a cintura por el tahalí que sujeta la espada, mientras, colgan- do sobre el brazo, la lujosa capa cuelga graciosamente, en tanto que un inmenso cuello almidonado se extiende por lo alto del busto, snriquecido con un nudo muy coquetón. La cabeza del chiquillo es simpática y graciosa. Los ojos miran con cierta malicia; la boca parece refrenar un sonreír picaro, y se piensa que este infantil modelo no debió tomar muy en serio su retrato ni su lujosa indumentaria, y que de fijo esperaría impaciente el momento de que terminasen las sesiones consagradas a la pintura para salir corriendo en busca de emociones más entretenidas. Menos impaciente, extática v como aprisionada por su alcurnia, la infanta Margarita María, de Velázquez, aparece muy er-