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PREPARACIÓN PARA INGRESO E N I A ESCUELA ACADEMIA SUPERIOR LACLAUSTRA AEROTÉCNICA prácticas de, Podéis obtener el título de I N G E N I E R O AERONÁUTICO en cinco años, carrera de brillantísimo porvenir. Edad mínima de ingreso, dieciséis años, título de bachiller. El ingreso puede aprobarse en un solo curso o por grupos independientes. Entre el competentísimo profesorado de esta Academia figura la gloria mundial de Aviación, R A M Ó N F R A N C O vuelo. Magníüco internado. Farmacia, 2, esquina Fuencarral, 60, Madrid. Curso, en 1. de septiembre. E l ft 6 por 100 de los ingresados por el nuevo plan en junio han sido preparados ea esta Academia. Pidan reglamentos a PÍA M O N T E 12, Madrid. H a y internado. ACADEMIA G a s p a r Velázquez AYUDANTES ACADEMIA CANTOS SAN BERNARDO, 2, MADRID Clases a cargo de D. José de Cantos Abad, Ingeniero de Caminos, y D. Salvador R. Varguillas, ayudante de O. P. OBRAS HAY MORETO, PUBLICAS INGENIEROS DE CAMINOS INGENIERO Y PERITOS INTERNADO 7 MADRID E N L A ACREDITADÍSIMA dará principio el 1. de septiembre el curso. para estas especialidades, a cargo de ingenieros agrónomos. Tiene por INTERNADO el mismo PENSIONADO SAN JOSÉ tan renombrado en España entera. Pídanse reglamentos al director propietario del mismo, D. Rafael Mondría. Pbro. Relatores, 4 y 6. Teléfono 95108. Madrid. ACADEMIA RaaSII mf- A Ultima oposición Pericial: plazas nüms. 1, 2, 3, 6, 7, ITÜRR 1 AGA- AGUIRKE O l í 11! Cl II lC t X I l V 11 y 12. Ultima mecanógrafos: 50 plazas, 20 de 40, Preparación exclusiva para Cuerpos de Aduanas. Internado. H O R T A L E Z A 71, MADRID ACADEMIA SAN 30 SE 362 E. RODRIGUEZ- SOLIS LOS G U E R R I L L E R O S D E 1808 563 i. J ¿5, Antes de dar gracias al Arbitro de todos los destinos por mi vuelta a la capital del reino que ha confiado a mi cuidado, quiero corresponder al recibo afectuoso de, sus habitantes, declarando a los pies del mismo Dios vivo que recibo vuestro juramento de fidelidad a m i persona como recompensa a mis más secretos sentimientos. Protesto delante de Dios, que conoce el corazón de todos, que sólo el deber de m i conciencia y no las nasiones privadas me vuelven al Trono de España. Estoy pronto a sacrificar mi felicidad, porque creo que necesitáis de mí para hacer la vuestra. L a unidad de nuestra santa religión, l a independencia de la Monarquía, la integridad del territorio y la libertad de los ciudadanos son las condiciones con las cuales he aceptado la Corona. N o se envilecerá sobre m i cabeza; y si los deseos de la nación corresponden, como no dudo, al desvelo de su Rey, no tardaré en ser el más feliz de todos, porque lo Seréis vosotros. T r a s este discurso tuvo lugar en l a citada iglesia de San Isidro el juramento ele fidelidad a José, prestado por los madrileños, según ¡es- había exigido Napoleón para restablecerlo en el Trono. L a nueva entrada de José en Madrid revistió cierta solemnidad, merced- a la presión que ejercían sobre el pueblo los generales franceses y las autoridades españolas. Músicas de los regimientos franceses alegraban el paso de l a comitiva, y las casas ostentaban colgaduras por orden expresa de las autoridades. E l pueblo permaneció indiferente y frío; pero los cortesanos, los aduladores, los afrancesados, aprovecharon la ocasión para hacer a José un recibimiento entusiasta, siquiera fuese en la apariencia. E n cuanto a los obispos, comenzando por el auxiliar de Madrid, se apresuraron a manifestar a José sy adhesión con tal empeño, que la Junta Central se crevó obligada a censurar duramente su conducta. Bien convencido José- -dice un autor- -de lo que valían todas estas adhesiones, y seguro de que tras las lisonjas y felicitaciones de los cortesanos, obispos, nobles y generales, se hallaba un pueblo que re. ¡chazaba su dominación, trató por todos los medios de ganar las simpatías del país, sin las cuales comprendía que su permanencia en el T r o n o era i m posible. P a r a lograr este resultado, se ocupó en introducir ciertas mejoras, encaminadas a regenerar a E s paña, sacándola de la triste situación en que había vivido. Comenzó por enviar a las provincias, con el título de Comisarios regios, a unos delegados que llevaban l a misión de regularizar la administración pública, desquiciada por efecto de l a guerra; i n culcar el respeto a la Monarquía liberal que él representaba, y procurar por todos los medios la pacificación del país; y más adelante nombró también unos Comisarios de Hacienda, encargados de impedir la imposición por los generales de contribuciones extraordinarias en las provincias sometidas. Todas estas medidas resultaron impracticables. D e una parte, los generales, cuya voluntad era omnipotente, se burlaban de estos comisarios; y de otra, el país rechazaba sus medidas porque venían de manos del intruso, de las cuales nada querían. S u proyecto de organizar una fuerza compuesta de españoles, que, encargada de la custodia de su persona, le librase de presentarse siempre ante el pueblo rodeado de franceses, no alcanzó tampoco los resultados que se proponía, aunque para lograr su objeto apeló al sistema del terror. E l pueblo, al contemplar entre los imperiales algunos oficiales y soldados españoles, que sólo con la esperanza de reconquistar su libertad permanecían con ellos, los insultaba públicamente, acusándolos de traidores. A fin de cortar el mal creó José (16 de febrero) una Junta Criminal, compuesta de cinco alcaldes de Corte, a cuyo juicio debían ser sometidos, no solamente los criminales, sino también los revoltosos, sediciosos y esparcidores de malas nuevas, es decir, los verdaderos españoles, equiparando así al criminal con el patriota, y este Tribunal, ¡compuesto de españoles! hizo perecer en el cadalso a un infeliz anciano, por el terrible delito de recibir, y dar a leer a sus amigos, una, carta que le escribía su hijo, soldado de los ejércitos españoles. L a figura de José, que algunos han qiterido engran-