Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID- SEVILLA 19 D E A G O S T O D E 1930. NUMERO S U E L T O 10 CTS. CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO I L U S T R A DO. A Ñ O VI G E S 1 MOSEXTO N. 8.626 ys ya OLIVE, REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ Sr fez- TALK 1 ES Al sol de Valencia (Para Javier Goerlich) ...Por ejemplo, Sevilla, cuando se para a meditar acerca de su urbanización, es como una bordadora de mantos de la Virgen, que antes de añadir una flor de oro en la seda de l a capa examina lo ya realizado, con moroso regusto y con el propósito de afinar a ú n más su preciosa labor. E s decir, que Sevilla ahonda en su conciencia, busca el esenciar su carácter, o sea el estilo; y en realidad sus. reformas municipales significan alquitaramiento y matiz evolutivo, otra etapa en el camino de perfección, en el que desde siglos viene avanzando, la ciudad de la gracia. E l caso de Valencia es distinto. Nos encontramos ante un fenómeno de exuberancia, de arrolladura vitalidad. Las calles le vienen estrechas, y en ninguna deja de rumorear el trabajo. E n el puerto y en la huerta no hay un paréntesis de soledad y de silencio, no cesando ni de noche el tráfico y sintiéndose la derramada palpitación en los mismos tinglados de embarque, donde los. frutos maduran en su envase de tablas y papel de seda. E l pueblo yalenciano, -bajo el sol suyo, un sol con pulpa; entré ef- alboroto de sus cien campanarios, -las oleadas de aromas naturales, el color, esmaltado, la circulación apresurada y gozosa, nutrido a satisfacción, sonajeándole el dinero en el bolsillo y con un saludable sudor en l a cara, moriría de abundancia, se ahogaría, si no se rasgase la camisa para r e s p i r a r a sus. anchas y con la avidez de todos sus poros. Dicen, en Valencia que lo que. allí se pretende es europeizar la urbe, y yo tengo por mezquino tal programa. N o se conseguiría m á s que acreditarse de nuevo rico... pobre. A lo que consciente o inconscientemente se obedece es a un impulso incoercible de crecimiento, que ojalá acabe en plenitud, como la del siglo x v L o que importa, en los derribos y las construcciones, es no olvidarse de las normas que imponen al par el abolengo y el porvenir. A s í como Sevilla puede pecar de exceso de escrúpulo en el culto de sus reliquias é incurrir en el preciosismo, V a lencia, por el contrario, corre el peligro de desnaturalizarse en fuerza de ignorarlas. Sevilla remienda su traje, y Valencia, al apretarle el que llevaba, se compra uno en un bazar de ropas hechas. H e ahí el Ayuntamiento valenciano. Grande, ostentoso, rico, pero sin exactitud loca! regional. L a fachada de los palacios consistoriales debe constituir la monumentalización de la tierra en que se yergue. Que el extranjero conozca en seguida la calidad del. país que le hospeda y el nativo sienta el orgullo de sus antepasados. E n el caso de Valencia, una dilatada plaza civil, y al fondo el frontis de piedra con representaciones marineriles, hortelanas, de la pintura, la escultura y las letras, y de las bellas v opulentas industrias italianizantes y orientalistas, y tal barroquismo en el camoo dorado v vertical de un muro como el de la Lonja. ¿N o se desarrolló de este modo la historia valenciana? E n lo alto del retablo, el carillón que ya existe, y que toca ¡la marcha de. la ciudad. E r r o r m á s grave es el del mercado cubierto, del que renegó el propio Blasco Ibáñez, que no se detenía, en su grandeza devoradora, a perfilar los panoramas que copiaba en telones magníficos. Veía una chimenea de ladrillo en un paisaje, y no suprimía el postizo, sin duda efímero. Incluso procuraba redimirlo con una imagen. Pues bien; desde un ventanal de la Lonja, el autor de Cañas y barro condenó el intruso armatoste, como luego hizo Sorolla, como días atrás hizo también Manuel Benedito. Dejando a un lado la pérdida de aquel sugestivo zoco que era el amontonamiento de mercancías bajo extendidas lonas, de ámbar al transparentar la luz, se ha malogrado la posibilidad de un representativo, paraje, iniciado por la mencionada Lonja y por la torre y el trofeo escultórico de losSantos Juanes, a los que sirven de escolta las cuevas de los hojalateros y alpargateros, y todo un barrio de tiendecitas no ajenas al arte de las aleluyas. Dicho ámbito hubiese, sido en Valencia lo que la plaza del Triunfo en Sevilla o la del Hospital en Santiago. L a s naves marmóreas, metálicas y empersianadas, por lo demás, ejemplares en su género, terminarán, después de inutilizar un escenario supremo, por descastar la estirpe. Sí, por descastarla. E n t r é yo no ha mucho en el departamento de pescadería y sorprendí a dos vendedoras de merluza y salmonetes, que tampoco ofrecían en el mostrador el soberbio rebrillo de pintura- ticianesca que tenía antes el pescado, sobre unas hojas de espadaña; y no os digo mi sorpresa al constatar que las descendientes de los héroes de Flor de Mayo dábanse tratamiento, se hablaban de usted, y a lo más, a lo más, como interjección empleaban un ¡repecho! equivalente entre los playeros a un carambita de notario eclesiástico. Lamentable equivocación, repito. Sin embargo, la prodigalidad de, la cotidiana feria conduce al triunfo, a la esencial alegría del país. Creo yo que en esto habrían de inspirarse los reformadores de Valencia. H á g a se, una población clara, abierta, optimista. Que no se desatienda el aviso geográfico, el de las montañas aisladoras a la espalda de la región, el de las playas que acuden a recibir las barcas como en una pala de horno. Valencia del mar y por el mar. Juan M a r a gall, én unos versos inmortales, decía que Valencia era fuerte por su agro, y bonica, linda, por su marina. Con todo, respeto, no estoy conforme. El- campo infunde en sus propietarios la cautela, la parsimonia, hasta la avaricia, como reflejo de lo problemático, ordena dq y lento de las cosechas. Y eso que entre las valencianas figura la de la naranja, que m á s bien semeja hallazgo de minería, por el sob ¡esalto y la enormidad de su rendimiento. Pero son los buques el vehículo de tanta arrogancia mercantil. Y fueron las naves las que trajeron a la costa valentina la primera imprenta española, y los reveladores: prodigios de Luca della Robia, y a los griegos, los romanos y los árabes, y las que se llevaron a los soldados del de Lauria y a los Borgias... IJsa venerable. Señycra, recientemente exhumada, como la momia de una princesa, oxidó sus pros en la brisa me- diterránea, y ondeó en Ñapóles, Sicilia y Túnez... Castilla apenas influye en el antiguo reino valenciano, que, én este orden de ideas, de lo que padeció fué de centralismo, cíe politiquería cortesana, sobre todo en la ciecimunovena centuria, lá archiprovincianada, o, lo que es lo mismo, pendiente de los ministerios. N o vale confundir España con el- despacho cíe los secretarios del Rey. Valencia, en lo que sea capaz de soportar- un peso el escorzo violento de su ininterrumpida inquietud, recibió dones de Cataluña y de Andalucía, por lo que atañe a la Península. Verdad que los devolvió con creces. U n ejemplo: a lengua catalana es de Reyes, Papas, humanistas, santos y poetas inigualados, cuando ¡a cultivan los que denominaríamos Grandes de Valencia, en el siglo x v Y por lo que se refiere a Sevilla, si nace el teatro nacional en la carreta de Lope de Rueda, sus cofrades del Turia. imprimen antes que nadie laá obras del mentado ingenio hispalense. Nosotros, la generación de que lian salido los actuales tutores de la ciudad, recibimos en herencia un barrio señorial, de h i dalgos letrados y agricultores, el de la calle de Caballeros. Uníase a esa reposada amplitud, trasunto urbano de la huerta, el núcleo de piedras y artesonados medievaics. Debe añadirse éste y el otro rincón de un pintoresquismo ilustre, como el del Hospital de Venerables Sacerdotes, con sus azulejos; cada uno significa un sello de valcnciani Y los monumentos en los que ha cuajado su época, verbigracia, el gótico mediterráneo de la Lonja, -el renacentismo del Colegio del Patriarca, el barroco del palacio de los marqueses de Dos Aguas. P o r último, hervían en rumores, fragancias y tintas ardientes las cazuelas del artesanismo, a ¡o mejor envueltas en las llamaradas de su fuego, y picantes sus guisos de salsa irónica, mordaz. Los menestrales valencianos, en su regocijo, son aristofanescos. Los mencionados y diversos remolinos diluíanse en una población húmeda y sombrín, acuchillada por el sol, moruna, cuando no ampulosa, con oquedades de color de calabaza, edición popular de vistas de álbum italiano, y ribeteada por la ronda del río, a trechos de una pensativa melancolía, por su horizonte o por la vecindad de asilos, fortalezas vacías y arboledas amparadoras de ancianos. Allá el mar, allá la vega, allá la vega y el mar, y en el aire, en el serenísimo aire, plateado, las torres, rojas, negras, cobrizas; las ropas lavadas aleteando en los terrados; miraderos evocadores del catalejo de nuestros abuelos bandas de palomas, en torno a castilletes aéreos de listones; las cúpulas famosas, las medias naranjas añil y blanco, en un sosiego de gallinas clueca- y el Micalet. Escasos, jarclinís. ydvi ¡ron nuestros niavor i áíiú jlf k í s s disminuido, acaule de árboles. Se- íá 8 HHp 5 H (jse provecta derribar os plátanos oer camino, del Grao? M a! valenciano quien tal haga o lo consienta. P o r fortuna, se insinúa ya una reacción favorzY c. una reivindicación. E l A B C y quien süicrib? conseguimos el indulto del Parterre, deliciosa obra menor de la naturaleza en verso. Ahora se trata de adquirir para la ciudad el jardín de Monfprte, una joya, í