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MADR 1 D- S E V r L L A 21 D E A G O S T O D E 1930. NUMERO S U E L T O 10 CTS. REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. ABC DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VIGÉSIMÓSE XTO N. 8.628 MUÑOZ OLIVE. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: CERCANA A TETUAN, SEVILLA E SPA ÑA Miró Dos amigos discutían hace poco acerca de Gabriel M i r ó uno es arquitecto; otro, pintor. Y o escuchaba sus razones en silencio y con vivo agrado; de un autor sin medula no se puede discutir; se discute de los libros que están vivos; se discute de los autores que ofrecen continuas variantes para el debate; se discute sobre los artistas que se prestan a la evolución; los artistas que evolucionan, a través Üel tiempo, a través de los años, en el concepto que de ellos tenemos. E l arquitecto de este debate, al par que reconocía el gran valor estético de M i r ó no llegaba a la plena adhesión con la obra del novelista; le impedía, llegar el elemento formal, extraño, forastero, que en l a obra de M i r ó según él, existe. E l pintor, aun prestando asenso a ese elemento, sostenía que su eficacia inartística era- inferior al resto de lo que compone la obra. U n a cosa es la pulpa y otra el hollejo. E l arquitecto daba suma importancia al hollejo; el pintor creía que él hollejo era lo secundario. Y así, en torno de estas maneras- de ver la obra de Gabriel Miró, se iba deslizando el debate las razones de uno y otro de los contendientes eran sutiles y elegantes; la cordialidad, perfecta. N o había en la discusión más que un punto a esclarecer: el de la dosificación de uno y de otro de los elementos citados; el de saber cuál de esos dos elementos vencía al otro. Paseábamos junto al mar; al regresar yo a casa, cogí el libro de Miró Años y legues y comencé a leerlo; lo leía por tercera o cuarta v e z sentía una honda emoción al principiar ahora esta lectura. Iba a comparar l a realidad que me ofreciera el autor con la realidad que yo había archivado en mi sensibilidad. Estaba reciente un viaje m í o por la M a r i n a L a Marina es una de las partes de l a provincia de Alicante; la que se extiende, naturalmente, el nombre lo dice, junto al mar, desde Alicante hasta Denia. E l libro Años y leguas es una descripción de este bello país. Hombres, cosas y tierras han sido en estas páginas descritos por el autor; han sido descritos meticulosa, escrupulosa, amorosamente. P e r o no adelantemos con estos adverbios la impresión del lector. ¿Concordaría l a realidad de M i r ó con mi realidad? ¿H a b r í a acuerdo o desviación en uno y otro sentir? E l tiempo, es decir, el ritmo de la prosa de M i r ó siendo esa prosa admirable, ¿se pondría a tono con el ritmo de quien, iba a leer? Todas estas interrogaciones me las formulaba yo con cierto temor al tiempo de abrir, el volumen. Y recordaba la apreciación de mi amigo ei arquitecto. T e m í a que, aunque no fuera más que en ínfima, dosis, el elemento adventicio se i n filtrara en lo substancial. Y fui avanzando en la lectura. ¿B a r r o q u i s m o? ¿L e n t i t u d? Estas dos palabras las había pronunciado, frente a otras del pintor, el arquitecto amigo de, lo directo y de las líneas sobrias. Tenía- yo ante mí un verdadero problema literario. Y fui adentrándome en el libro. L o leía con un profundo placer; confirmaba m i juicio de que, Años y leguas es una obra capital en la literatura española moderna. A mi enten- der, no. era preciso hablar de barroquismo; si se hablaba del barroquismo de Gabriel M i r ó sería necesario reducirlo a u n a expresión m í n i m a en todo caso, este rasgo en la obra de! novelista estaba supeditado a todo lo que compone el resto. Dos pala bras saltaban ante mis ojos en tanto iba leyendo carnosidad; delectación. E l autor es un sensual; se dejecta en las cosas. Pero la delectación no es sensación r á p i d a la delectación es morosa. Con lentitud, con espacio, con. calma, Gabriel Miró va pasando y tornando a repasar la mano por las cosas; parece, ahora, que v a a despedirse, de esta cosa, y se retarda en ella; parece, luego, quq ya se ha despedido de la otra cosa, y torna los ojos a mirarla, y como los ojos no le bastan, se, hace un poco atrás, para que la mano que tiende pueda asir de nuevo el objeto descrito. L a mirada, el tacto, el gusto, el color, la resistencia, la densidad, la transparencia; todo esto, en suma, juega en la prosa de Miró. Siente el autor la angustia. de despedirse de una quiebra de la montaña, de un paredón, de un árbol, de una sombra, de una nube, de una fruta, y nps da el color, el sabor y el tacto de esas cosas que él está amando y que quiere que amemos. L a impresión que Ja lectura de Años v leguas me iba produciendo era conifirmativa de mis anteriores impresiones. Carnosidad: delectación morosa. Ritmo lento, por lo tanto. Ritmo de, sibarita; ritmo de sensual. 7 C e r r é el libro, y me marché a una breve excursión. Iba lleno de las sensaciones que había puesto Miró en mi espíritu. A l volver de la excursión, tomé otro tren; no era el mismo que me había llevado. E n la librería de la estación compré un libro nuevo, que se titula Exactitudes; ya tenia yo noticia de este libro, francés, y de, su autor; autor que no es autor, sino autora. Exactitudes; título discutido. Exactitudes, según mi interpretación, en el tacto, en el color, en el sabor, en el olor; exactitudes en la sensación de las cosas. Iba yo leyendo este libro, y estaba leyendo Años y leguas; iba en otro tren ahora, y caminaba el tren por la misma vía de antes. Y estas frases, un tanto enigmáticas, tendrán explicación en otro artículo. AZORIN BROCHAZOS TEMPLE AL A i gramática sólo tiene un verbo: el verbo amar Caminando en la sombra, entre clara y entre yema, porque en la estación de A l b a cete las candilejas mal encendidas y peor cebadas en 1884 no dejaban ver. tomamos el coche- salón del marqués de Salamanca, el m á s lujoso que entonces se conocía. Cuando se ha comido antes de subir al tren y no se piensa en dormir, porque la distancia es corta, los viajeros tienen esta preocupación: pasar el rato. L a hermosa duquesa, de eterna fragancia, detentadora de la juventud, propuso j u gar a prendas. e- -Es algo... inocente, demasiado inocente -observó, una dama equilibrada, aquella a quien miraban con envidia las violetas. -N o tanto- replicó l a duquesa- son torneos de -ingenio, en que fácilmente se aprecian bobadas y niñerías, que, como plantas parásitas, estrangulan los cerebros afamados. -Rechazo la experiencia- -dijo la interlocutora- -que nos propone la duquesa, porque en este salón sólo hay escritores y políticos eminentes, que harían fracasar el experimento. -Mejor que mejor. para- salir. triunfantes; así aprenderán los jóvenes cuan menguada es la sabiduría que gobierna los pueblos. -Poco importa que gobiernen mal, si nos vuelven locas. -Busquemos entonces el sortilegio de que se valen para conseguirlo. Nosotras siempre buscamos el talento, la heroicidad, cualidades ilustres. A veces es m á s i n t e r e sante la inocencia. E n amor, los necios derrotan a los sabios. L a afirmación de la duquesa, que encerraba menosprecio paradlos hombres, decidió el conflicto; hecha la propuesta, aunque levantó de parte de los respetables señores algún reparo, se aceptó al fin. Albareda sintetizó despotismo y obediencia diciendo: A caprichos; de: mujer, lo mejor; es acceder Todos inclinaron sonrientes la cabeza; es el y u g o que ños impuso Adán bajo la higuera d l Paraíso. e Se jugó a prendas, Utilizando el éntrete- nimiento de la. Esfinge que. consiste en contestar los caballeros, con o sin ingenio, esta pregunta de las s e ñ o r a s ¿E n qué pienso? E l gracioso enigma- califica de indiscutible este supuesto absurdo: N o se puede du- dar de la sinceridad de las damas. Pero, e n fin, si algún discreto duda, sepa que lo mejor es pasar el rato y no meterse en filosofías. Explicaré el juego, que era muy bonito, y es lástima que la gasolina, el balompié y otros deportes lo hayan borrado por com- pleto de las distracciones; honestas. Se sorteaban, por parejas, la dama que debe interrogar y el galán que- ha- fde -r. esponder. S i acierta el caballero, paga p r e n d a l a señora, y si no acierta, paga eh galán. Recogidas las prendas, se impone al pecador la penitencia por sufragio universal, y el coro ríe los despropósitos que resultan al cumplirse los fallos. Hubo, entre las vulgaridades que se dijeron, tres contestaciones que merecen consignarse. L a ajadilla marquesa de (aquí un nombre de l a Reconquista) preguntó a A l- bareda, desde su sillón de terciopelo rojo: ¿E n qué pienso, Pepe- Luis? -E n un novio... -contestó. M A R Q U E S A ¡Albareda, no tiene usted formalidad! Y o no puedo entretenerme en bagatelas que no van bien a mi decoro. Vamos, medite usted y sea usted formal: E n qué pienso? -E n un novio... -insistió Albareda. ¡Q u é tenacidad de baturro No sea usted ridículo; esa testarudez me ofende, i E n qué pienso? -E n un buen novio para su hija mayor. -Pues es verdad; ¡demonio de picaro! E n ello pensaba, y con mucho gusto pago
 // Cambio Nodo4-Sevilla