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Matiíde se quedd un punto p e n s a t i v a y triste. -N o s é n o s é -murmuró como r i ñendo una mansa batalla interior. -M e han d i c h o- -i n s i s t í- -q u e estrenarás La Dolarosa, de Pepe Serrano. Se iluminaron más los ojos de Matilde. Parece imposible; pero se ihiminaron más. -Por ser del maestro Serrano, y por una vez, si ellos quisieran... ¡Acabaría por queier yo también! -Pues que quieran todos- -c o n c l u í- y que haya algo serio, ópera o zarzuela; pero no más conciertos vocales de etiqueta y al piano, con su serie i n terminable de roman. zas- -y evoqué la lucha titánica y grotesca del gran tenor Hipólito Lázaro con un cuello de pajarita. Nos despedimos. Todavía en la escalera del hotelito, mientras M a l t i l d e Revenga se asomaba graciosamente por entre una cortina para el último sa- ludo, Carlos del Pozo se sentó en un peldaño a cantarle la serenata de Mefistófeles en el Fausto de Gounod: Tu che fai l adormen íóia. CARLOS D E L POZO CHAPALEABA EN SU GARGANTA DE FUMADOR; YO, EX E L PIANO, Y ACORDE DE LA RISA el caballo. Debe haber ópera. Pues claro está. ¡No faltaba m á s! Le reimos el donaire; pero ya habíamos llegado al hotelito de la diva, y yo me lancé escaleras arriba en busca del piano. Sobre el atril estaba abierto el spar- tito del Rigoletto, por el dúo con Gilda en el acto segundo. ¿Pero estudias esto ahora? -pregunté a la cantante. Carlos del Pozo respondió por ella: -Y hace muy bien. Su voz es una voz de soprano lírico spinto que puede cantarlo todo. Anda, anda, cantemos esto... Limpia, pura, clara, aterciopelada, pastosa, toda igual en sus registros, la voz de Matilde Revenga voló espléndida, con majestuoso vuelo, en la cajita de seda que fingía el salón. Era la misma que hace algunos años dijo de pronto, por maravilla de milagro, por primera vez ante un público, sin aprendizaje previo, por intuición y don natural, ¡as querellas de E lsa de Brabante en el Lohengrin wagneriano y en el escenario del teatro Real. Ahora era más nue taba más redondo el sonido, más spianato el fraseo, segura y magistral. Garlos del Pozo chapaleaba en su garganta de fumador las recomendaciones paternales del bufón victorhuguesco y vérdiano. Eran varios hombres con poca voz los que cantaban alternativamente con más colores que el arco iris; pero- cantaban bien porque los regía Del Pozo, y aunque parecía que éste cantaba a veces con la garganta, y a veces con la nariz, y a veces con los brazos, era lo cierto que cantaba como siempre, con la inteligencia. Evocamos nombres de grandes cantantes españoles. Ofelia Nieto, si quisiera volver, y Angeles Ottein, y Fidela Campiña. y Lázaro, y Fleta, y Aguirre Cabiria, y Fagoaga, v Covtis, y Baldrieh, y Redondo, y Aguirre. Sarobé, y Mardones... ¡Qué temporada de ópera se podría llevar a cabo! De pronto, pregunté a la notable tiple valenciana: Y si no hubiera ópera, cantarías zarzuela? -E s muy guapa Matilde, y canta muy bien, y es una señorita en toda la extensión de la p a l a b r a- -dije a mi amigo- ¿pero qué tiene, además, de todo eso, que así se lleva de calle a los públicos y a los que gozan de la fortuna de acercarse a MATILDE PONÍA E L ella? ¿Qué tiene? Carlos del Pozo repitió m ¡i pregunta: ¿Qué tiene? -se estiró los. puños y con su ademán elegante de diplomático de la Butterfly sentenció en- francés- Charme! Y o traduje in mente: Encanto, hechizo, fascinación, gancho, ángel. Y el último vocablo andaluz me trajo por cerebración inconsciente, al pensar en Matilde Revenga, y en su belleza esquiva y solitaria de Diana Cazadora, el recuerdo de aquella Lola que se va a los puertos en la comedia feliz de. los hermanos Machado: Porque no llegó el instante, o porque ha querido Dios jue tenga un amante... el cante y no puedo tener dos. Carlos y yo íbamos silenciosos, llena de músicas el alma. Caía la tarde y el arco de la Puerta de Alcalá era como e ojo de un puente sobre un mar de fuego. FELIPE SASSONE Oh. si quisiera -e x c l a m ó Carlns- deL
 // Cambio Nodo4-Sevilla