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cuerda, llorad vuestra desdicha y no mi muerte, que siendo ella tan justa de nadie debe ser llorada. M i ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos. Vos, señora, lo haced con ella como con la cosa que más os quisó. A Pero López, mi señor, no escribo porque no osó, que aunque fui su hijo en osar perder la vida, no fui su heredero en la ventura. N o quiero más dilatar, por no dar pena al verdugo que me espera, y por no dar sospecha de que por alargar la vida alargo la carta. M i criado Losa, como, testigo de vista e de los secretos de mi voluntad, os dirá lo demás que aquí falta, y así quedo dejando esta pena, esperando el cuchillo de vuestro dolor y mi descansó. E n muías engualdrapadas de luto salieron los invictos caballeros pera el lugar del suplicio, que e r a al fin del rollo de la villa. Como durante l a carrera fuese gritando el pregonero: Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad y los gobernantes en su nombre a estos caballeros, haciéndoles degollar por traidores... no pudo sufrirlo Juan Bravo, que hacía mucho honor a su apellido, y protestó: ¡Mientes tú y quien te l o manda decir; no somos traidores, sino celosos del bien público y defensores de las libertades del reino. A lo que con notable entereza respondió el adalid toledano: Señor Juan Bravo: ayer fué día de pelear como caballeros; hoy lo es d e m o r i r como cristianos. Y a n o habló el capitán segoviano hasta que, llegando a l suplicio, dijo al verdugo: ¿Degüélleme a mí antes, parque no vea la muerte del mejor caballero que quedaba J U A N D E P A D I L L A Y J U A N BRAVO A N T E L A R E I N A DOÑA JUANA (AÑO 1520) (D I B U J O D E BLÍANCH) Hagamos regalo al lector de esta página das, y aún es fama que hubo no tan hidalsublime. go que quiso cobrársela sobre el campo. Dice así la caria del moribundo caudillo: Ya a este tiempo habían caído en manos Señora: Si vuestra pena no me lastide los imperiales Juan Bravo, campeón de mara más que mi muerte, yo me tuviera Segovia, y los Maldonado, de Salamanca. enteramente por bien aventurado. Que sienLas tropas del Emperador diéronse a la caza de los que huían, y en más de dos le- do a todos tan cierta, señalado bien hace Dios al que la da tal, aunque sea de muguas cubrieron el suelo de cadáveres, sin chos años plañida y de él recibida en alque fuesen parte a conmoverles ni los ruegos de perdón ni los lastimeros ayes de los gún servicio. Quisiera tener más espacio del que tengo para escribiros algunas comoribundos. sas para vuestro consuelo; ni a mí me Ic Entre los más enconados perseguidores dan, ni yo querría más dilación en recibir hacíase notar un frailé dominico, llamado fray Juan Hurtado, que, a lomos de un j u- la corona que espero. Vos, señora, como mentillo, recorría el campo, gritando como un energúmeno: ¡Matad, destrozad a esos impíos! Eterno descanso gozará a la diestra ae Dios Padre el que contribuya a destruir esa raza maldita. Aquella misma noche fueron conducidos los desventurados caudillos a la fortaleza de Villalba, que era propiedad de aquel miserable que honrará los filos de su espada con la noble sangre de D. Juan de Padilla; a la mañana siguiente fueron trasladados a Villalar, donde les esperaba la muerte en manos del verdugo. Aunque algunos nobles, antes de alma que de alcurnia, quisieron interceder por ellos en honra de su hidalguía y bravura, no hubo forma de romper los valladares del rencor que oponía la nobleza, y así fueron reducidos a morir en cadalso, por traidores a la Monarquía, los que hoy, al cabo de los siglos, son reverenciados en los altares de la Patria como mártires de la Libertad. Juan Bravo y Francisco Maldonado no pudieron oír con mansedumbre evangélica la lectura de la bárbara sentencia, y protestaron de ella con toda la energía de sus rudos corazones. No fué asi el caudillo toledano, que la recibió estoicamente y con la humildad del que va a morir en aras de una idea sublime. Joyas imperecederas de esta entereza de espíritu serán las dos admirables epístolas dedicadas, la una a la ciudad de N en Castilla. Padilla y Maldonado. Y el cuchillo del ejecutor se hundió con saña en la garganta del infeliz caudillo. Minutos después segaba las cabezas de Los tres sangrientos despojos fueron clavados en sendos garfios y expuestos a la veneración pública- -que a la vergüenza era de todo punto imposible- -en l o alto del rollo. D I E G O S A N JOSÉ (Reproducciones fotográficas de la H i s toria de España de Rodríguez Codolá. Tolpdo y la otra a su brava esnrwa rloñn
 // Cambio Nodo4-Sevilla