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Estos pondrán al final Nuestro Señor gttarde por muchos años la vida de vuecencia... Aquéllos se limitarán a dar cuenta de la acción y nada más. N o faltará quien sueñe en ganar batallas; pero los más, sostendrán una lucha constante de sorpresas y de emboscadas. Algunos realizarán por apuesta con sus compañeros actos de valor increíble, y otros llevarán a cabo hazañas que más bien parecerán novelas. De este género es la que vamos a trascribir, realizada por el joven don Valero Ripol. E r a don Valero Ripol en T B O S un guapo mozo de veintitrés años, puesto que había nacido en l a ciudad de Zaragoza el n de enero de 1785, recibiendo el agua del bautismo en la parroquia de San Pablo, de l a que continuaba siendo vecino ai comenzar nuestro relato. De arrojado carácter, de espíritu emprendedor, de poderosa iniciativa, tan sufrido en el combate como tenaz y porfiado en sus empresas, Ripol se había conquistado el cariño de sus conciudadanos v las simpatías de sus jefes, especialmente de don José Palafox, a quien tanto agradaban los hombres emprendedores y resueltos, tan necesarios a España en general y a Zaragoza en particular en aquellos d i ííciles tiempos. Durante el primer sitio que sostuvo la ciudad he- roica, Valero Ripol se halló constantemente en los puestos de mayor peligro, según afirma el ínclito Palafox en los documentos que a l a vista tenemos, joo habiendo día en que no se distinguiera con hechos singulares, que costaban l a vida a muchos enemigos. Educado el señor Ripol en aquella escuela de héroes, como podemos llamar al sitio de Zaragoza, lleno de vida y de entusiasmo, teniendo por modelos ál célebre y valeroso cura don Santiago Sas, el or- ganizador y jefe de las compañías de escopeteros de la parroquia de San Pablo, a l a que Ripol pertenecía a Palafox, a Renovales, al tío Jorge, a Cerezo y a otros muchos, su natural valor se había excitado con los rasgos de heroísmo que diariamente realizaban todos estos valientes. E l día 18 de diciembre de 1808 se presentó don Valero Ripol a Palafox, que le recibió con grandes muestras de afecto, pues tanto por su carácter emprendedor como por sus hechos, le tenía el general particular aprecio. -V e n g o a pedir a vuecencia una gracia- -le dijo Ripol. -P i d e lo que quieras. -Deseo que vuecencia ponga a mis órdenes una compañía de soldados. ¡U n a compañía de soldados! ¿Y para qué? -S i vuecencia me la concede- -añadió Ripol con grande entusiasmo- le empeño m i palabra de honor y mi cabeza de que voy a Calatayud, hago prisionera l a guarnición francesa del fuerte y se la traigo a vuecencia para que besen el suelo que pisa el rey de los valientes, don José Palafox y Melzi. -Joven, en esa empresa perecerías, y por lo tatito te l a niego- -contestó Palafox, entre orgulloso y conmovido. -P e r o señor... -E s e proyecto es una de tantas locuras como has realizado durante el pasado sitio; locuras que estoy dispuesto a que no continúes- -prosiguió P a lafox con acento cariñoso. -P a r a locuras las de vuecencia, que siendo el jefe de Zaragoza, el ídolo de l a ciudad y el alma de la defensa, se halla siempre en los puestos de mayor peligro, sin guardar una vida que es la vida de Zaragoza. -T u me adulas, Ripol, para que ceda a tu descabellado proyecto, cosa, que no has de conseguir. P o r
 // Cambio Nodo4-Sevilla