Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID- SEVILLA 4 D E SEPBRE. D E 1930. NUMERO 10 CTS. 5 U ELTO DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G É S 1 MQSEXTO N. 8.640 S 4 REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE, CERCANA A T E T U A N SEVILLA ESPAÑA Miró. -3 U n a dama y un caballero; una mujer y un hombre. L a mujer ha nacido en dorada cuna; creo que se dice así. L e ha rodeado, desde pequeña, un ambiente de riqueza v de comodidad; lleva un apellido aristocrático, y los apellidos aristocráticos, cosa sabida es, inspiran respeto profundo y admiración en las sociedades democráticas y republicanas. Siente comezones de arteles poeta, y los escritores la consultan, la miman, le dicen que sienten por ella una viva admiración. Como es artista, escribe poemas y prosas, libros, en suma, que son comentados y elogiados por los periódicos. Su vida se desliza feliz, suave, gratísima. ¿D e qué modo esta mujer, esta aristocrática dama, la condesa de Noailles, se a s i r á de las cosas? ¿C ó m o se arreg l a r á para dar en sus versos, en sus prosas, la sensación honda, desgarradora, de la realidad? Todo escritor que no lleve un fondo de melancolía está perdido. L a inefable tristeza es lo que pone en la prosa o en los versos del artista ese telón de espiritualidad, esa preciadísima segunda realidad que ha de tener toda obra de arte. Y e s t a dama, tan fina, tan aristocrática, no puede entrar en las cosas; intenta entrar en la realidad, y a veces, sí, a veces logra el efecto estético apetecido; pero en la mayoría de los casos su pluma se desliza somera sobre estas cosas que ella quiere aprehender a fuerza de adjetivos. L a divina tristeza no está en su sensibilidad. A h o r a el hombre; este hombre ha nacido en el seno de una holgada familia; ha discurrido tranquila su infancia; pero en la edad madura han comenzado para él los dolores, las inquietudes, los azares, las amarguras. Sintiendo en su espíritu un fondo maravilloso de belleza, ha de pasar inadvertido; siendo mejor que los mediocres, ha de ser postpuesto a los- mediocres. L a vida es dura para é l ha de apelar a trabajos desabridos, pesadísimos, en contradicción con toda su sensibilidad, para poder vivir. Poseyendo un estilo como pocos, un. estilo peregrino, ha de ver cómo escritores chirles son aplaudidos y recompensados económicamente por el público, en tanto que él vive pobre y sólo estimado por un círculo reducido de gente selecta. Levantino, ardiente, a su temperamento ingénito se irán uniendo todas estas causas de pasión 3 de altivo desdén. ¡Y así, poco a poco, llegará a ser un pasional reconcentrado. ¡A d i ó s la leyenda incipiente- -incipiente e insipiente- -del Gabriel M i r ó beatífico y edulcorado! Como en fray L u i s de León, como en este caso del gran poeta, una cosa dirá la leyenda y otra la realidad. Como en el caso de otro gran poeta, t i mayor poeta de Francia, Juan Racine, ima cosa dirá también la leyenda y otra los hechos. L a leyenda empleará para hablar de estos tres artistas las palabras ternura, suavidad, beatitud, y la realidad d i r á claramente en sus obras energía, ímpetu, violencia soterrada, acometividad contenida. Pero la leyenda es tan pertinaz, que aun en las mismas palabras de soberbia que presta a fray Luis de León, en esas mismas palabras que le adjudica- -el decíamos ayer -ve un rasgo de humil- dad. D e l mismo modo, en las palabras supremas que a M i r ó se atribuyen, y. que son afirmación recia de su personalidad de siempre, se ve condescendencia piadosa. Gabriel M i r ó e s una fuerte personalidad. E L pintor del diálogo aludido ha llegado a pronunciar la palabra b á r b a r o N o se alarmen los familiares y los admiradores del artista; no nos alarmemos los que admiramos de todo corazón a M i r ó la palabra pronunciada por el pintor estaba usada en el sentido m á s puro. Sí no queremos emplear la palabra b á r b a r o empleemos el vocablo primitivo U n hombre primitivo podríamos decir que es Miró. E l mismo novelista nos lo dice: oigámosle: ¿N o acaba de abrir los. ojos Sigüenza con una emoción de inocencia de primer hombre? S i güenza, o sea Gabriel Miró, escribe estas palabras de confidencia al describir la emoción intensa con que Sigüenza contempla el nacer, de la aurora, espectáculo, como el del mar, propio para maravillar, no sólo a un civilizado, sino m á s profundamente, con m á s hondura, a un hombre primitivo; y digamos también a un labriego, a. un terrazguero de las altas mesetas qu 2 no pueden ver el mar. Sigüenza, o Miró, -pasional reconcentrado; Sigüenza, o M i r ó hombre primitivo. Escribimos esto último y sentimos deseos de concretar, de precisar un poco más. L o haremos en el artículo próx i m o es altamente interesante el examinar la posición- y la actitud de un hombre, con sensibilidad de primitivo, ante las cosas. Distancia enorme de. la dama aristocrática al primitivo lleno de apetencia y voracidad sensitiva. AZOR 1 N POR E L PIRINEO ADENTRO A L cruzar el Pirineo por el túnel de Canfranc me encuentro con el mismo fenómeno que otra vez experimenté en los Alpes atravesando el túnel de San Gotardo: una impresión brusca de pleno Mediodía, y la sensación dé; haberme transportado como mágicamente a u n mundo distinto. Las montañas son las mismas, los abetos son iguales a los que poco antes poblaban las laderas que miran al Norte; la fisonomía, el aire, el tono del paisaje han cambiado, sin embargo, radicalmente. Hemos penetrado en el Sur luminoso y seco. L a s cumbres muestran al sol implacable sus extensiones rocosas. Los bosques se mitigan y languidecen. L a frescura de los prados se refugia selo en las hondonadas. Mientras tanto, al levantar la vista, queda uno sorprendido y absorto al ver con qué firmeza se recortan los perfiles de las montañas peñascosas en el azul imponderable de un cielo profundo y limpio. Entonces es cuando interviene el español que. lee los artículos de fondo de los diarios descontentadizos. Es un señor zaragozano: que empieza, tan pronto como se ve en España, la arriesgada operación, de hacer comparaciones. ¿P o r qué el ferrocarril, en la sección española, no está electrificado como en la sección francesa? ¿P o r qué no cumplen sus promesas? ¿P o r qué no se electrifica inmediatamente el ferrocarril? Es qué estamos muy atrasados concluye mi buen señor de Zaragoza. Y o le digo que ol Creador, y para eso es el padre de la justicia, no hay noticia de que nunca haya faltado a sus propósitos de eterna equidad; todo lo ha remediado el Creador a fuerza de compensaciones, y le muestro, al electo, ese azul imponderable del cielo luminoso que no ha podido admirar en ningún otro sitio del centro de Europa, y de paso le hablo del dulzor infinito de las frutas de su patria aragonesa, y de la energía valerosa de sus vinos, etc. Pero como observo que mis razones no le satisfacen, y que, por lo visto, las únicas razones que le emocionan son las de los artículos de fondo de los diarios trascendentes, le abandono a su suerte y me pongo a contemplar la Naturaleza. Desfile de imponentes móntañones y barrancadas. Maravilla de color en los peñascales de un gris rosado. Algunos pueblos en lo hondo, pobres tal vez, pequeñitos, con las parcelas recién segadas alrededor. Filas de chopos marcando el curso del riachuelo. E s a es E s p a ñ a del todo ya. Hasta que el paisaje se abre con intención de llanura y aparece en mitad de la espaciosa cuenca la ciudad de Jaca. ¿J a c a? ¿P e r o existía. Jacá fuera de los mapas geográficos? ¿Q u i é n se decidía a llegar hasta ese confín septentrional de la Península, como no fuesen los disciplinados componentes de la burocracia nacional? E l ferrocarril transpirenaico y los automóviles han hecho de exploradores, y hoy empieza a sonar Jaca como cualquier otro sitio frecuentado del Reino, y m a ñ a n a será uno de los puntos m á s solicitados por el turismo racional. P o r ío pronto, la Universidad de Zaragoza ha escogido a Jaca para instalar un curso de verano para extranjeros, y ha puesto en marcha, pero con un acierto i n superable, una Residencia de estudiantes sencillamente perfecta. Protegida por su resistente fortaleza del tiempo de Felipe II, la ciudad se apelotona en medio de una mesa, llena, de claridad y de horizonte. H a y una cornisa natural que los jaqueses han aprovechado con acierto para terminar una linda alameda; desde allí se recrea la vista en la contemplación del valle risueño, con sus huertas y molinos, que un río tortuoso riega y anima. E l nombre del rio basta para enaltecerlo: A r a g ó n De las márgenes de este modesto riacho montañas surgió, en efecto, esa vigorosa nacionalidad pirenaica, que con el tiempo había de consumar tan insignes acciones e imprimir tan profunda huella en la Historia. E l monte Oruel cierra la meseta por el lado del S u r una- montana de admirable forma, semejante a l a- p r o a de un gigantesco navio y plantada de bosque espeso hasta cerca de la cumbre de roca, que emerge de la sombría mancha selvática como una admirable exaltación en rosa y ocre. Y hacia el Pirineo, empinándose valerosamente en el espacio, el pico del Collarada, a 2.900 metros de altura. Pero el mejor atractivo de Jaca consiste acaso en servir de punto de partida de variadas y magníficas excursiones. U n a sobre todo, es esencial y admirable: la visita al Monasterio de San Juan de la Peña, o sea la Covadonga aragonesa. E l profesor D Domingo M i r a l fundador y alma de la Universidad para extranjeros, me ha rcompañado en esta expedición, que d e j a r á en m i espíritu un recuerdo emocionado. L a carretera se halla a punto de terminar. T a l vez sea yo de los orimeros excursionistas que
 // Cambio Nodo4-Sevilla