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ABC. JUEVES 4 DE SEPTIEMBRE D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG. 6 o. E l Pirineo se levanta ahí enfrente, en una enorme extensión. M i cicerone va señalándome uno a uno los puntos culminantes. Aquel es el Monte Perdido; allí están las montañas de Panticosa; allí aparece el Tic du M i d i aquello es el Collarada; allí está el valle de Hecho, y a l fondo la hermosa selva de O z a después, las alturas de Ansó y el Roncal, y a lo lejos Roncesva- lies... Y el sol, que majestuosamente se, hunde en el confín sereno, dejando al mundo como sumido en una religiosa estupefacción. Es el momento en que la prudencia (la carretera sin terminar del todo, la soledad y desamparo en la montaña) nos induce a buscar el automóvil y regresar de noche a Jaca. JOSÉ M SALAVERRIA VACAC 1 ON ES E l viaje de E l caracol Cuando llega la época de las vacaciones es tema de conversación en todos los hogares el modo de bien aprovecharlas. Durante los meses que preceden a las vacado- nes los padres de familia andan muy preocupados. Puede decirse que entonces estudian la Geografía y perfeccionan sus conocimientos de economía doméstica. Se i n forman acerca de las condiciones climatéricas de las regiones, cuentan y recuentan los dineros disponibles preguntan a lo- amigos y conocidos sobre pueblos bonitos y hospedajes baratos en la orilla del mar o en lamontaña y hasta están dispuestos a pasarse de montaña y mar con tal de que el hotelero sea considerado. L o s amigos dan consejos con muy buen deseo y mejor voluntad, e informaciones bastante prolijas. E n años anteriores descubrieron u n sitio precioso donde se vivía por casi nada, pero no están seguros de que no hayan subido ahora los precios L o s padres de familia, desorientados, se lanzan, al fin, con la i n quietud y la incertidumbre en el alma. -Lo único que les tranquiliza es el billete de ida y vuelta. Y marchan con este único program a Estaremos allí basta que se acabe el dinero E l problema de las vacaciones sigue, pues, planteado. Su solución no depende del veraneante, sino del dueño- de fonda o de hotel, que le dé alojamiento. A resolver tan difícil problema dedico estos artículos, que llamaría Manual del padre de familia veraneante si no pareciera demasiado pretencioso. De todos modos, creo que mi experiencia puede ser de alguna utilidad y provecho. Vamos a acampar, a hacer lo que llaman los ingleses camping. Cuando se sabe lo que quiere decir camping se ve que los ingleses no han inventado nada. L a práctica del camfinq es muy antigua, y los primeros hombres, fueron maestros. Con la civilización la gente burguesa perdió la costumbre de acampar y sólo algunas tribus la perpetuaron, no se sabe si por necesidad o por gusto. E n Europa los gitanos han conservado tradicionalmente el catíiping, pero su ejemplo no lo imitaba nadie. Quizá porque imaginábamos que era preciso para el campni (7 Poseer un moño saltarín o el secreto de l a buena ventura. Bien al contrario: ser lo que en España se llama húngaro es un inconveniente para acampar. L o sé por experiencia. E n mi juventud acampabaun día cerca de Medina del Campo. Dormía a la sombra de los álamos rumorosos cuando el perro de la subconsciencia ladró su alarma basta despertarme. V i entonces venir cautelosamente y con la escopeta pronta a un guarda jurado. A l preguntarle qué se proponía contestó como abandonando un propósito: ¡J u creí que era un húngaro... Los. ingleses, como digo, no han inventado, nada con el camping. Pero debemos reconocer que, por ser ellos los que han lanzado la palabra, encontró adeptos entre las personas honorables y distinguidas. Y seguramente a estas horas están informados todos los guardas jurados de España de que no deben disparar la escopeta contra el primer hombre que hallen durmiendo debajo de. unos álamos. Porque puede ser. i n glés que hace camping yj no. el. húngaro supuesto... Cuando se. acampa río hay más que elegir según ¿el: gusto: m a r 0 montaña Nosotros nos decidimos por el mar. -Y; preferimos el Mediterr- árieo. Allí -nos, decimos- -encontraremos sol- y calor, qiie esté- -áñ, o no abundan. Herrtos cornprado una tienda de campáña qúe, una vez montada, es un metro setenta de. alta, dos metros de larga; y an metro sesenta de ancha en su base. Los dos mástiles que la sostienen se. dividen en trozos de; 5 d centímetros, que se enchufan como los barquillos. Bien plegada forma, un paquete, que puede transportar un niño. E s de lona impermeable en previsiói- de la lluvia. Somos tres los que hemos de dormir en ella: mi hijo Javier, m i l i i j b- T o n y y yo. Cada individuo; d e- l a familia veraneante va pro isto de una manta, una escudilla, vaso, cuchara, tenedor y cuchillo. Ropa, la indispensable: dos mudas y lo puesto. P a r a el servicio, común, una cacerola mediana, una sartén, un pequeño botiqum, jabón y peine, la linterna eléctrica y una pluma estilográfica. Con tan ligera impedimenta se emprende la marcha. Si se tiene automóvil, en automóvil. Si no, en tren, aunque sale más caro. E l viaje de El Caracol fué en- auto. (Copio ¡as notas del cuaderno de a bordo. Las cinco de la mañana. Ginebra duerme y los lecheros distribuyen los biberones. L a frontera suiza. y la frontera francesa. Ríen déflárer? Rien. Annecy. E l lago a la derecha. ¿Alguien quiere bañar- se esta mañana? No. Desayunamos; en Aix- les- Báins. Café de Ginebra, en la Ávenue- Vícíor Hugo. Todas las ciudades francesas- tienen su Avenida Víctor; Hugo. Café con leche, pan tierno y manteca que huele a flores siíyestres. ¿Cuánto? Seis francos franceses. L a carretera como uh- Billar. E l sol ilumina todo el verdor húmedo de la Saboya. Chambery. Grenoble. E l río Isére abraza a la ciudad y se aleja de ella perezosamente. H a y mercado en la calle con bóveda de altos plátanos. ¡Riqueza de la tierra generosa! Uvas, peras, melocotones, ciruelas, -melones, sandías, todos los colores y. todas las mieles; judías verdes, lechugas, que crujen, escarolas rizadas, calabazas, calabacines, berenjenas de pasión, cebollas de seda, toda- la huerta: quesos, manteca, embutidos, jamones, salchichas; cuanto sé preparó en las aldeas y, pueblos para ofrecerlo a la glotonería de la ciudad, a cambio dé. telas, cintas, baratijas, cachivaches, ape ros, herramientas, aparejos, xiierdas, clavos, alambre que la ciudad vende a los que le dan 1 de comer. Hacemos nuestras provisiones. para el camino. Nos llevamos lo más apetitoso (cuestión subjetiva) y lo más nutritivo (cuestión objetiva) L a carretera sube. Descubrimos los pueblecitos escondidos entre los repliegues de las montañas del Dauphiné. Surgen las altas cumbres, pero el paisaje no tiene semejanza con el de Suiza. Pocos pinos; robles, hayas, encinas, y entre los verdes negros, las pinceladas tiernas de los abedules. Montañas majestuosas, severas, solemnes, con menos luz que los Alpes. Allí está el Pelvoux cubierto de nieve sobresaliente enentre otros picos y crestas. Se pasa el río Drác y la carretera asciende entre desfiladeros o tallada en el costado de los montes hasta el puerto de la Haute Croix. Luego baja hacia el valle del Durance, ancho y caudaloso. Si steron y Digne son las dos ciudades de iiíiportancia en tierras bajas hasta Castellane. Almorzamos protegidos por la sombra de los castaños. U n arroyo nos sirve su agua. L a siesta. ¿Tenemos bencina? ¿N o falta aceite? Adelante. Comienza el ascenso de los. Alpes Marítimos. Montes pelados. Tierras de arcilla y de ca! A s í debe ser en la L u n a dice Tony. E l mar a lo lejos, que nos llama, y hacia el que corremos: aire tibio, las púas de las pitas, los olivos de plata, geranios que rebosan de las tinajas aceiteras que ornan las puertas de las casas blancas, azules, amarillas, con terrados y pérgolas. E l aire que envuelve todo es azul y trae muestras de perfumes: rosa, jazmín, clavel, azucena... Entristece un poco la vista de grandes letreros en los muros sucios de las fábricas: Parfumerie C et Cié. Manufacture de parfums U n a de dos: o no hay rosas, n i claveles, ni jazmines, y el perfume es producto de la química, o las bellas rosas, y los claveles, y los jazmines van a morir en esas fábricas negras y sucias. Cannes. Hotel de la Cote d Azur, hotel d Angleterre, otro hotel, otro hotel... Cannes no es una ciudad, es la suma de muchos hoteles. Camareros, porteros galoneados que llevan en la gorra letras doradas, grooms, automóviles con los mismos letreros, delantales y cofias blancos de sirvientas. Baúles, maletas, cofres, etiquetas multicolores; cuero y herrajes, sombrereras, fundas, hule, gutapercha, lona. E s seguro: en la misma hora cientos de manos reciben las llaves de habitaciones numeradas y cientos de manos dan propina. E n el mismo minuto se abren y se cierran miles de maletas. L o s que eran ayer ya no son hoy. Cannes tiene unos habitantes por la mañana y otros por la noche. Casas de cambio. Agencias de viajes. Carteles con locomotoras y buques. E l silbido de un tren y en el cielo azul profundo las estrellas errantes. Obedecemos al destino de Cannes. Entramos y salimos. L a carretera zigzaguea entre huertos. Palmas y olivos, L a s gentes del. M i d i cantan su francés. Los hombres tienen los calzones caídos y llevan faja en la cintura. L a Bocea. Pueblo de pescadores. E l mar no tiene fuerza para mecer las barcas. Cañaverales y ranas que croan. Todas las luces de la costa mediterránea parpadean y se hacen guiños. Saint Raphaél, meta de la primera jornada. E n la playa de Frejus se alza nuestra tienda. L a arena es blando lecho. Pasan grupos de marineros. Soldados blancos, amarillos, negros. Músicas lejanas: chatiestón. tango, two- steep. Olor de aceite frito. Reflectores de Glifos y escándalo de bocinas. Más soldados nebros, amarillos, blancos. Ladridos de perros. Poco a poco el sueño entra en nuestra tienda, ANTONIO A Z P E T T U A Por qué aguantar dolores intestinales habiendo las acreditadas, aguas de. SOBROS SOPOIÉTIIJLA Abierto hasta el 30 de septiembre. A orillas del Mediterráneo, agosto, 1930.
 // Cambio Nodo4-Sevilla