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castaños centenarios, sobre un áureo estrado de rosas amarillas. Desde la cima del otero se ven las lejanas torres de San Esteban y de ia iglesia votiva, que rasgan como agudos alfilenllos la neblina aculada del horizonte. Cabe el jardín está el edificio de las aguas medicinales, construido con jaspes y mármoles, y más lejos, el de las termas. A l primero acuden los que necesitan del reme- BADÉN ENTRADA A LAS TERMAS KN E L JARDÍN D E I AHKX ños; pero también vienen los que, sin enfermedad, prefieren la tibieza de las aguas de Badén a las frías ondas del Danubio. Los dos edificios huelen mal, a aguas sulfurosas; yo no comprendo eme se venga a ellos por placer; hasta la piscina, la gran piscina de Badén, está encerrada entre altas paredes amarillas, sin lejanías verdes. Hay al lado del agua unos árboles raquíticos y una fingida playa de menudas arenas. Hay cafés con orquesta y público vocinglero; pero estos baños son tristes, a pesar de la música chillona del jazz, a. pesar de las r i sas de las muchachitas que chapotean en el agua templada. Acaso para ellos no lo sea, si no vieron nunca la playa frente a la lejanía sin límites: si no respiraron la brisa que llega perfumada de olores marinos; pero, yo me siento ahogado entre estos árboles de amarillentas hojas, frente a estas aguas fétidas y esta playa aprisionada entre altas paredes. Sin duda para Badén son una riqueza sus termas; pero yo las olvido, y sólo vengo BADÉN. Í A PISCINA GRANDE
 // Cambio Nodo4-Sevilla