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COCINERO A B O R D O E N E L NILO por una antigua superstición de trágica poesía, hablaron al caudillo. -Príncipe- -le d i j e r o n- existe aquí u n a ley, establecida ppr la costumbre, y ha de cumplirse para que las aguas del N i l o s u ban l o necesario para el riego y fecundación de las tierras. ¿Q u é ley es esa? -E n el decimotercio día del mes copto boneh- -7 de julio de nuestro c a l e n d a r i o buscamos una doncella hermosa y joven, l a robamos, a v i v a fuerza, de manos de sus padres; la engalanamos como a una rica novia y la arrojamos v i v a al N i l o e n el l u gar consagrado para esta ceremonia. -E s e sacrificio- -les replicó Amru- -nó puede realizarse reinando eT islamismo. P a s a r o n los meses de boneh, abyb, esory, tut... y el caudal del N i l o n o crecía. É l espanto se apoderó de Egipto. L a población disponíase a abandonar una patria qué creía condenada a eterna esterilidad, c u a n do el califa, avisado de l a difícil situación por A m r u envió, para arrojarla a l río, una epístola concebida a s í E n nombre del D i o s clemente y misericordioso, de parte de Ornar, al N i l o bendito del E g i p t o S i tu curso ha dependido hasta ahora nada más que de t u voluntad, suspéndelo. P e r o si ha dependido de la de D i o s altísimo, rogamos a D i o s que te dé su crecida cabal. A m r u arrojó solemnemente al r i o el mensaje imperial la víspera de la fiesta de la C r u z esto es el i ó del mes tut, y, según los historiadodés orientales, aquella misma noche el N i l o subió 17 codos- ¡tinos 10 metros! M a r a v i l l a d o el pueblo, consideró aauella inesperada avenida como u n prodigio, y atribuyéndolo al favor que D i o s dispensaba a los musulmanes y a l mérito de su c a l i f a se les rindió enteramente. Desde luego, abolió, gozoso, la bárbara costumbre de ahogar, una doncella, residuo del antiguo culto al j dios N i l o que había sobrevivido a la introducción del cristianismo. L a víctima humaría, fué substituida por una estatua de piedra toscamente l a brada, que, con el nombre de Arasch (la novia) era arrojada a l N i l o todos los años, con aclamaciones) generales, cuando se h a cia con toda solemnidad la apertura del d i que del canal. Cuatro siglos más tarde, l a pereza del N i l o que llevaba unos ruinosos años sin desbordarse, ocasionó u n a de las hambres y de las pestes más horrendas que regist r a l a historia de aquel país. S e ofrecía por u n huevo tres d u r o s por un gato, seis; por u n perro, 15. D e las 10.000 cabezas, entre caballos, camellos y muías, que a l bergaban las caballerizas del califa de E g i p to, nol le quedaron más que tres. L a s restantes fueron consumidas por el propio c a l i f a y por la servidumbre de su palacio. L o s egipcios se comían unos a otros. Niños, hombres, mujeres eran arrebatados en plena calle por el populacho hambriento. U n a mujer que pudo escapar de aquellas acometidas antropófágicas cuando le llevaban comida, ¡v i v a! la tercera parte de su carne corporal, fué toda su vida horrible testimonio de aquella espantosa adefagía. E l propio visir, yendo a palacio, fué d e r r i b a do de su muía, que el populacho mató i n mediatamente y se l a comió. Se ejecutó aquella misma tarde a tres de los autores de aquel atentado v se dejó sus cadáveres expuestos para publica ejemplaridad. Sí, sí... A l amanecer n o se halló más que los huesos; L a carne había sido devorada por otros hambrientos durante la, noche. E l mismo c a l i f a- -E l M o s t a n s e r- hostigado por igual necesidad, vióse obligado a vender a ínfimo precio hasta los vestidos dé sus mujeres y a echairlas de su palacio, y las infelices salían casi desnudas para i r a caer muertas de inanición en los fosos de l a ciudad. L a peste asolaba lo que dejaba en pie el hambre. Cuantos podían huir, atravesaban el desierto, buscando u n asilo en el Irac o en- S i r i a E l Mostanser, a falta del don de provocar otra mágica crecida del N i l o como la de Ornar, logró ingeniosamente acabar aquella mortal carencia de víveres. L e juró a su valí, magistrado a quien competía la administración y la policía, cortarle la c a beza si no encontraba subsistencias y no bacía desaparecer el hambre. D e sobra s a bía el valí que había escondidos bajo tierra considerables almacenes de trigo. Pero, ¿cómo descubrirlos? E l temor a morir de hambre hacía que los acaparadores guardasen u n secreto impenetrable. E l jefe de la Policía sacó de las cárceles unos cuantos facinerosos condenados a muerte, los disfrazó de ricos comerciantes y los h i z o decapitar públicamente como acaparadores descubiertos de trigo. Repitió las ejecuciones durante varios días y pregonó su decisión de continuarlas hasta acabar con todos los acaparadores, c o n todos los que tuvieran víveres escondidos y, finalmente, con el hambre. E l miedo a u n a muerte segura pudo más que el temor de una eventual por hambre; los almacenes soltaron el trigo atesorado, y la escasez, el hambre y la peste cesaron. E s t a influencia del N i l o fundamental para la subsistencia de aquel país, explica que las épocas de su grande crecida provocasen festejos y regocijos extraordinarios en todo E g i p t o y particularmente en su c a pital, E l Cairo. Cuando el canal que atraviesa la ciudad se derramaba por calles y plazas, surcaban sus aguas, día y noche, n u merosas barquillas con músicos y cantores de ambos sexos, los cuales, en unión de los demás habitantes de l a ciudad, se entregaban enteramente a toda suerte de d i v e r siones y placeres. L l e g a r o n a grados de desenfreno tal, que un califa prohibió severísimamentc aquellos paseos acuáticos. L a prohibición se respetó poco tiempo, y más tarde, cuando se quiso restablecerla seriamente, estuvo a punto de ocasionar una r e volución. U n detalle importante. E l impuesto único, por el cual abogaba ya Quesnay, el f a moso médico del frivolo tiempo de L u i s X V y que, por tanto, no es invención de hace poco, regía ya para los egipcios, bajo el nombre de Kharadjí, solamente sobre el producto de las tierras cultivadas, y se p a gaba anualmente. P a r a evaluarlo estaban establecidos los mecías o nilómetros, objeto. por cierto, de tal veneración que e n varios de ellos se construyeron mezquitas espléndidas para tener propicias la gracia y la abundancia de Dios. ENRIQUE GONZÁLEZ FIOL
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