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CUENTOS EXTRANJEROS DE HUMOR mejor dicho, que M a r c O B r i e n pertenecía a esas dos manos. Luegfo se i m a g i n ó que t e n í a fiebre. U n a rama de un árbol r o z ó el casco de l a canoa. P e n s ó que llamaban a l a puerta de su choza y e x c l a m ó ¡E n t r e! E s p e r ó un instante, y en seguida r e f u n f u ñ ó B u e n o q u é d e s e a h í y que Dios le condene P a s ó el tiempo. S o s p e c h ó que h a b í a debido embriagarse, y p e n s ó de repente en su trabajo. Se sentó, a b r i ó los ojos y comprob ó que se hallaba! en una barca, sobre l a corriente fangosa del Y u k o n Q u e d ó desconcertado. Se c o g i ó l a cabeza entre sus manos. ¿Q u é le h a b í a ocurrido desde la o r g í a de l a v í s p e r a? U n horrible pensamiento e m p e z ó a torturar lentamente su cerebro. Q u e r í a expulsarle; pero el pensamiento v o l v í a ¡mbía matado a alguien. E r a la única explicación posible de su presencia en acuella barca, en medio del r í o L a ley del campo de l a Vaca- Roja era para él la misma que para los otros... Había matado a alguien... ¿A varios hombres q u i z á Se palpó su cuchilló en la cintura y vio que l a funda estaba v a c í a C o n t e m p l ó espantado el fondo del barco... N o le h a b í a n dado n i n g ú n alimento... Desesperado y entristecido, h u n d i ó su cabeza entre los codos... H a b í a pues, matado sin provocación, puesto que se le aplicaba todo el rigor de l a ley. Q u e d ó durante media hora inmóvil y embrutecido. B e b i ó un poco de agua y se lev a n t ó E n su torno no había m á s que olas calientes entre dos orillas desiertas. Se puso entonces a maldecir de l a bebida, del alcohol y de l a borrachera. S u barca se hallaba a unas dos m i l millas del mar de Behring. D e s c e n d í a por l a corriente a una velocidad de cinco millas por hora. Deduciendo las horas de parada, lleg a r í a a cubrir cien millas por día y llegaría a la embocadura del Y u k o n en tres semanas. L o esencial para O B r i e n era ahorrarse fuerzas. N o c o m i ó nada durante dos días. L l e g ó a los bancos de arena y buscó huevos de pato y de ganso salvaje. Se los c o m i ó crudos, porque no tenía cerillas para encender l a lumbre. A l día siguiente se e n c o n t r ó a l a vista del puesto de l a H u d s o n B a y C y L a s gentes de la choza estaban esperando su aprovisionamiento y no t e n í a n m á s que huevos y whisky. R e c h a z ó los huevos por tem o r a que se repitiera la indigestión sufrida el día anterior, y a p a r t ó la botella de whisky con la m á s v i v a repugnancia. V o l v i ó a salir. E s t u v o navegando quince días, alimentado de huevos... Pudo así no m o r i r de hambre y llegar a l mar de Behring, después de veinticuatro días de viaje. N a u f r a g ó en l a b a h í a y pudo reemplazar los huevos de pato por- l a carne de foca. A fines del a ñ o tuvo la suerte de ser pescado por un velero del servicio de las Aduanas norteamericanas y desembarcado en S a n Francisco. E n San Francisco se h i z o conferenciante. P r e d i c ó l a templanza con este grito de g u e r r a ¡H u i d de la botella! E n sus sermones d i o al auditorio la impresión de que el alcohol había sido la causa del m á s terrible drama de su pasado. C o m o el t r i u n f o coronaba sus esfuerzos, p e r s e v e r ó en su obra, y hoy, cuando arenga a l a muchedumbre, declara en t é r m i n o s ambiguos que l a botella le ha hecho perder su fortuna. S i n embargo, los que le escuchan tienen l a impresión de que oculta l a verdad, callándose sucesos indecibles. F i e l a su apostolado, ha envejecido en su cruzada obstinada contra éí alcoholismo. P e r o allá lejos, en los alrededores del Y u kon, en el campo de l a V a c a- R o j a nadie ha olvidado la d e s a p a r i c i ó n de M a r c O B r i e n L o s buscadores dje o r o hablan siempre de ella como de un insondable misterio. JACK L O N D O N (Dibujó de Alonso las orillas de Y u k o n a dos m i l k i l ó m e t r o s de toda civilización, l a justicia es primitiva. Estaba simbolizada por M a r c O B r i e n un miner o elegido por sus cantaradas, que dictaba sentencias s i n apelación. N a d i e las discut í a en el campo de l a V a c a- R o j a cuyos habitantes no conocían m á s que dos c r í menes el robo y el homicidio. L o s ruidos nocturnos y las borracheras no son castigados j a m á s P e r o los ladrones y los asesinos son desterrados del c a m p o es decir, abandonados en una canoa, a merced de l a corriente del Y u k o n que va a dar caudalosamente a l mar de B e h r i n g E l l a d r ó n recibe provisiones para dos semanas, y tiene algunas probabilidades de alcanzar un puesto de misioneros, a m i l k i l ó m e t r o s del campo. E n cuanto al h o m i cida, embarca con v í v e r e s para tres d í a s 2o que le da una probabilidad sobre ciento de sobrevivir a l horrible viaje a t r a v é s del desierto helado. E l asesino sale s i n una miga de pan, y ello equivale a una muerte sin esperanza... M a r c O B r i e n acababa de condenar, en su alma y conciencia, al minero j a c k A r i zona, culpable de haber muerto a uno de sus camaradas. A n t e los buscadores de oro reunidos en l a orilla, se conducía a l criminal hacia él barco, y el barco q u e d ó con el delincuente a merced de las aguas, con provisiones para tres días. U n a vez ejecutada l a sentencia, O B r i e n se d i r i g i ó a l bar de J i m el Risado, el cual acababa precisamente de recibir m í a caja de viejo tvHsky. A s t u t o compadre J i m e l Risado. En estos d í a s no p e r d í a de vista el filón de oro que acababa de descubrir M a r c O B r i e n e i n v i t ó a l juez a saborear el whiáky en 5 a trastienda. Estando los dos amigos reunidos, J i m propuso a! juez que le vendiera su terreno por 10.000 dólares. Antes de decidirse, O B r i e n bebió algunos vasos del delicioso licor, e iba, por fin, a ceder, cuando sus dos socios, Charley y Leclaire, v i nieron a buscarle. Nuevas tergiversaciones. Nuevas discusiones. Nuevos regateos. J i m el Risado, que conservaba toda su sangre fría y que sacrificaba a sabiendas aquel whisky, que en otra oportunidad hubiera vendido a d ó l a r el vaso, obtuvo, por. último, la firma de O B r i e n y, muy contento de su operación, expulsó de la tienda a los tres borrachos, que se alejaron, zigzaguendo. hacia la o r i l l a del Y u k o n Charley y Leclaire se detuvieron al borde del agua. Iban ambos sosteniendo a O B r i e n por los brazos, pues era quien estaba peor, con una borrachera mortal. C h a r ley v i o un barco amarrado a l tronco de un á r b o l y s u g i r i ó a Leclaire una buena broma. Leclaire l a e n c o n t r ó admirable... D e c o m ú n acuerdo, acostaron a O B r i e n en el fondo de l a canoe, desataron la cuerda y, dando a l a barca una patada, enviaron a su c o m p a ñ e r o a l a deriva. M a r c O B r i e n se despertó al día siguiente. S u e s t ó m a g o calcinado por l a enorme cantidad de alcohol que había ingurgitado, estaba seco y ardiendo como un horno. L e dolía l a cabeza, por dentro y por fuera, pues durante la noche millares de mosquitos se h a b í a n alimentado de la carne de su rostro, que estaba espantosamente hinchado. E n t r e a b r i ó con mucha pena sus p á r p a d o s y se c r e y ó perdido. O por l o menos no tuvo conciencia de su identidad. N o reconocía los alrededores. H a b í a olvidado su pasado. Estaba enfermo. Estaba fatigado de buscar. D e repente descubrió sangre extravasada bajo 3 a u ñ a de su pulgar. Y se reconoció. C o m p r e n d i ó entonces que aquellas dos manos e x t r a ñ a s pertenecían a M a r c O B r i e n o, E
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