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A B C. MIÉRCOLES 10 DE SEPTIEMBRE DE 1930. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. PAG. 6 LA FASCINACIÓN D E AMERICA No cabe duda de que nos hallamos en plena época de americanismo desde l a gran guerra. Porque la gran guerra, como se sabe, sólo aprovechó a los Estados Unidos, que recogieron. de la dura victoria aliada los únicos frutos positivos: el oro de la desangrada Europa. Antes, el europeo tenía una vaga noción de Norteamérica, algo así como la de un país gigantesco que producía multimillonarios, cuyo constante anhelo era venir a gastarse el dinero a E u r o pa. A l americano se le, negaba originalidad e iniciativa en todo, salvo en los negocios. E r a en el concepto europeo, un semicivilizado inculto, cuya única aptitud consistía en hacer dinero. Y sólo cuando había amasado millones y comprado objetos de arte y colecciones en Europa, podía un hijo del tío Sam codearse con. los europeos y merecerles cierta consideración. Entonces los soberanos del viejo Continente les otorgaban audiencia o hasta iban a visitarles a bordo de, su lujoso yate. Y tanto los duques ingleses como los príncipes italianos no tenían inconveniente alguno en sacrificarse casándose con una de sus hijas. A s í los dólares del p a p á venían a dorar los antiguos blasones y a remediar, al mismo tiempo, la extinción de las rentas. Pero, ¿quién se interesaba en aquella época por América? j Q u é se sabía de ella? Nada o casi nada. E r a una enorme incógnita. H o y lo sigue siendo, en cierto modo. Sólo que ahora el viejo mundo, empobrecido, humillado, yace a los pies del g i gante yanqui contemplándole con mezcla de admiración, de envidia y de odio. Y a no es posible ignorar América porque A m é r i c a nos invadió desde, la gran guerra, deslumhrándonos como un nuevo rico que recorriese, triunfante, regiones devastadas por la hecatombe. Danzas americanas, jasz- bands frenéticos, bares y cock- tails para producir el vértigo, embriagador del optimismo a una civilización en quiebra y para disipar las inquietudes del presente y del porvenir. Automóviles americanos, modas americanas, campeones del mundo según la acertada fórmula de P a ú l Morand, en todos los deportes. Celebridades de la pantalla, con la hegemonía universal americana en l a i n mensa propaganda del cinematógrafo. H o l l y wood, surgiendo de pronto cual nueva Meca del exhibicionismo, del reclamo, del triunfo fácil y de l a popularidad. U n Nue. va Y o r k como visto por cristal de aumento, de formidables proporciones, con sus barrios heterogéneos y sus muchedumbres cosmopolitas. E s a capital del capitalismo, creciendo día por día sobre sus cimientos de oro, desafia arrogante al resto del planeta y puede reírse de las demás naciones, federadas o no. E l propio John B u l l ya no insiste sobre el dominio absoluto del mar, y al ver lo que ha crecido en tan poco tiempo su j o ven pariente, prefiere evitar con él toda disputa, de miedo a que éste, en pleno entrenamiento, le deje knock- out. L a bancarrota del comunismo se hace a ú n m á s palpable por l a fotografía que por los relatos periodísticos y los libros. Basta comparar la triste miseria de Leningrado y de las principales ciudades de Rusia- -incluyendo la relativa i n i m a c i ó n de Moscú- -con las grandes urbes americanas para convencernos del fracaso de las utopías niveladoras, b sea de la igualdad en la pobreza frente a un estado capitalista no contagiado siquiera por el socitilismo. L a espléndida prosperidad de N u e va Y o r k de Chicago, de Filadelfia, de San Francisco, de Washington (sin h ablar. ya. del fesado su desencanto al regresar SL- Parísy lujo fastuoso de M i a m i o. de Palm Beach) donde humorísticamente relata que no halla ofrecen un mentís rotundo a las teorías extaxis en la estación, que el ascensor de su poliadoras contra la riqueza y la propiedad privada. ¿A b u s o y privilegio de multimi- casa no marcha, que el teléfono está descompuesto y que, en suma, todo denota el llonarios y de los poderosos sobre las maatraso de una civilización ya vieja. Pero sas oprimidas? N o hay tal. M á s de un esaun cuando pueda objetarse que la c i v i l i critor ha relatado el optimismo bullicioso, la alegría dinámica de las muchedumbres zación no consiste sólo en estos adelantos, me parece a mí que Un oeil ncaf sur angloamericanas. Todo americano se siente l Amcrique refleja de modo palpable el paulibre, independiente, sin odio de clases, y to de vista europeo de la generación que se sea cual sea su modesto origen sabe que halla entre los veinte y treinta años. P a r a puede llegar a ser millonario o presidente esta juventud, americanizada hoy día por de la República como otros muchos compalas costumbres y las modas, sus verdadetriotas suyos. A s i explica la confianza en sí ros ídolos sen los ases y las estrellas de la del 3 anqui y su inquebrantable voluntad un pantalla, son Lindbergh y Dempsey, Rockjoven escritor francés, P a ú l Achard, en su feller y F o r d E s decir, el cine, el deporte y comentadisimo libro Un oeil neuf, siir lAmela riqueza, capaz de comprar ios bienes terique. Confieso que de todas las obras publirrenales y las almas. Este entusiasmo ju cadas recientemente sobre América, ésta venil por América, por cuanto significa granofrece un interés particular por su sincedeza material, bienestar, velocidad, ritmo feridad y documentación. P a ú l Achard, pebril de la existencia, no admite casi reriodista francés, invitado a Hollywood para servas ni críticas. América está de moda en visitar el mundo cinematográfico y sus prola vida como en la literatura. A m é r i c a abgresos maravillosos, no ha pretendido hacer sorbe a Europa. Y a cuando se dice A m é literatura, sino informar a sus compatriorica o americano se sobreentiende lo yantas respecto al asombroso crecimiento de los qui, porque los Estados Unidos no conciben Estados Unidos. en eso rivalidad ni competencia alguna. L o s De ahí que su libro se lea con deleite y otros ciudadanos del nuevo mundo p o d r á n provecho al mismo tiempo. Cierto que se llamarse mejicanos, argentinos, brasileños t le ha censurado al autor su candida admilo que sea, pero ellos son los auténticos ración por cuanto na visto en América. Tam americanos. A s í lo confirma el elemento ofipoco le perdonan en Francia el haber concial de, Washington en sus mismos cargos representativos: American Anibassador. o American Cónsul. N o hay que hacerse i l u siones la hegenomía de A m é r i c a es ahora total en el mundo, y hasta los tesoros artísticos, los manuscritos, los mejores lienzos y colecciones van. a enriquecer hoy día los Estados Unidos. E n su palpitante libro Nueva York nos ha revelado P a ú l Morand lo que son estas bibliotecas y estos Museos de la ciudad m á s grande del Universo, con sus multitudes agitadas, sus dimensiones Lirnpia los dientes y babilónicas, sus rascacielos aplastantes y su no lastima e! esmalte fisonomía diversa y multiforme. Nadie que se interese por la evolución del mundo moDe renta en d r o g u e r í a s y p e r f u m e r í a s derno debe dejar de leer el Nueva York de P a ú l Morand, cuya visión final tiene algo de apocalíptica. Morand, como viajero y observador, supera a mi juicio al Morand novelista. Y por eso me parece inferior sii último libro Champiovs du Monde, el cual, a pesar de contener páginas admirables, adolece de bruscas transiciones cinematográficas y de cierta mecánica visible, que resta vida humana a les caracteres. Se nota, además, que si bien Morand ha sentido l a fascinación irresistible de Nueva Y o r k parece darse cuenta ahora de que. entre el alma americana y el alma de la vieja Europa existe un abismo infranqueable. Ñ o manifiesta, desde luego, el amargo escepticismo y l a i r o n í a pesimista de Georges Duhamel, frente a la civilización americana, en su ya famoso libro Scenes de la vie future. N i las inquietudes de un A n d r é Siegfried ante el síntoma nivelador de la standardisation y sus peligros, tan bien, analizados en su ensayo sobre L a mecanización de la Cultura N i lanza dardos envenenados contra los dogmas y prejuicios sociales, como hace el temible crítico y polemista americano H e n r y Mencken. Pero el propio P a ú l M o r a n d parece contagiarse de esa duda respecto a la eficacia civilizadora de América. ¿Q u é será de la Humanidad cuando esta gran m á q u i n a moderna acabe de arrollarlo todo? ¿Y quién puede ya contener la fuerza irresistible del gigantesco monstruo, cuyos tentáculos económicos se extienden hoy por el universo? Acaso un porvenir no muy lejano revele los efectos de esa hegemonía avasalladora que, quiérase o no, significa el fin de l a supremacía europea. ALVARO CASA AGUSTÍN H A Plaza Encarnación, 2, Madrid CRONÓMETROS y TAQUÍMETROS FLEURUS MEJORES JUE ll SE FABBICANV Y LOS MAS GARANTIZADOS A L CONTADO t A PLAZOS GRANDES PIDAN CATALOGO ILUSTRADO GRATUITO Y BOLETÍN D E C O M P R A S I N C O M P R O M I S O P A R A Vd. a DISTRIBUIDORES EXCLUSIVOS rppr PARA ESPAÑA JUJL (APARTADO tll- SAN SEBASTIAN ALCALÁ GALIANO
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