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MADRID- SEVILLA 12 D E S E P B R E D E 1930. NUMERO S U E L T O 10 CTS. REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE. CERCANA A T E T U A N SEVILLA ABC española, celoso de su sombra, sino uno de esos hombres que, por la complejidad un tanto desconcertante de sus sentimientos, no se sabe si principian una civilización o anuncian su decadencia. ¿P o r qué se presta a socorrer a Butros? A l verle pronuncia estas palabras: -M i mujer ha hecho lo que yo hubiera hecho en su lugar. -Gracias. U s a r é de la generosidad de ustedes, sin comprometerles. M e ocurra lo que me ocurra, ustedes no sufrirán la menor molestia... Pero el caso no es sencillo. E l conflicto no está solamente en sacar al hombre del hotel, sino en salvarlo, favoreciendo su huida del territorio griego. Quien ve toda la amplitud del conflicto no es Rico, sino su mujer. ¿S i m p a t í a? ¿C a r i d a d? ¿Confuso ascendiente de la fuerza varonil sobre la delicadeza femenina? Todos esos móviles de conducta pueden coexistir en un alma. Y entonces empieza la m á s e x t r a ñ a aventura en que puede verse envuelta una mujer. Para sacar adelante aquel empeño, el matrimonio Rico necesita un cómplice, y digo cómplice porque en r i gor de lo que se trata es de eludir las sanciones que la L e y aplica a todo el que conspira contra la seguridad del Estado. L a dama y el señor, que conservan todos sus privilegios de fortuna y de honores sociales, porque existe una organización estatal que los protege, van a hacer todo lo posible por salvar a un enemigo de todo lo que constituye su bienestar. E s admirable. ¿Y por q u é? E l marido, por elegancia de espíritu, quizá por indiferencia; ella, por un sentimiento en que se confunden el amor y la maternidad. ¿Q u i é n será el cómplice? H a y en la colonia extranjera de Atenas varios hombres distinguidos dispuestos a servir a Margot. L o difícil es la elección. Todos ellos la cortejan con m á s o menos entusiasmo, según la s probabilidades que promete la coquetería de la dama. ¿De quién me valdré? -se pregunta Margot- N o hay m á s que uno capaz de prestarse sin condiciones a servir mis p r o p ó s i t o s M a l fosse. Se trata de un negociante francés que no ha vivido m á s que para acumular dinero. DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VIGÉS 1 MOSEXTO N. 8.647 g S LA NOVELA DE AHORA Una mujer se asoma a la ventana L a primera impresión que ha recibido Margot del fugitivo asegura la suerte de éste. Feo o repulsivo por un defecto cualq u i e r a demasiado visible, la reacción sentimental femenina habría sido probablemen. ie otra. Pero aquel hombre es un ejemplar interesante. Todo en él publica el equilibrio que viene de la salud y del vigor. E s rudo, pero la rudeza no confina forzosamente con la grosería. Puede ser un aspecto de la sinceridad muscular. ¿E s- u n señor o un obrero depurado por el estudio? Su exterior y sus maneras le substraen a los inconvenientes de una clasificación improvisada. Pero es que la fuerza de Butros aparece ennoblecida por una misteriosa serenidad que no puede provenir sino del dominio de sus pasiones. Vencidos o victoriosos, los grandes luchadores, los que han ido por la vida contra corriente, adquieren algunas veces esa seguridad de: sí mismo que les hace invulnerables a todas las tentaciones. U n a naturaleza vulgar sufre el contagio del ambiente. E n presencia: de una bella mujer un hombre adocenado siente la comezón del instinto, que m á s claramente le descubre su parentesco zoológico. E n Butros ese instinto está adormecido por la cultura física y la meditación. Su fuerza reside precisamente en un altivo despego de la voluptuosidad. E s una idea servida por órganos. ¿Comunista? ¿Y por q u é no? H a y hombres que aceptan la arquitectura social que encontraron al venir al mundo y se acomodan a las leyes que la gobiernan. Otros, m á s ambiciosos, sueñan con reformarla o con demolerla. S i en el progreso moral no colaborasen m á s que inteligencias conservadoras, la sociedad parecería un poco monótona. E s preciso, para que el egoísmo no nos endurezca demasiado por dentro, que nadie esté muy seguro de lo que tiene. L a misma vida física requiere las alternativas del calor t ó r r i d o y del frío glacial. Butros es comunista y lleva su comunismo con la dignidad del que cree que aquello que él ha descubierto es lo mejor de l a tierra. E s pues, a su modo, un místico, y como de la existencia, de todo místico se desprende algo Malcasado, rompe el vínculo por un d i de misterioso, Margot no tarda en sentirse vorcio, y procura amenizar la soledad de a t r a í d a por aquel hombre. E n l a muj er los su madurez con alguno que otro amor de idealismos m á s puros extienden una parte esos en que el hombre lo pone todo: el enconsiderable de sus raíces a lo sexual. Con- tusiasmo v el dinero, para no recibir en tra lo que suponen los espíritus obsesos de. cambio sino la simulación de una simlujuria, lo sexual es m á s maternidad que patía. mero placer de la carne. Su alta e indesLas canas rara vez se imponen a l a mutructible nobleza procede precisamente de jer por el prestigio de su experiencia. Solo que tiene de maternal. H a y que salvar a lamente una sensibilidad femenina un poco Butros piensa Margot con creciente entuaustera prefiere en amor el poniente a! a siasmo. S i aquel hombre se hubiese proaurora. Margot, naturalmente, no perteneducido, como casi tpdos los que l a rodean, ce a esa casta de mujeres. E s bella y f r i a b r u m á n d o l a con el deseo, es probable que vola. E l amor de Malfosse la halaga sin se hubiese desentendido de él. Pero, como comunicarla aquella dulce inquietud íntima, y a he dicho, el espíritu de Butros se ha que es el comienzo de una pasión. L o acepacostumbrado tanto a embridar sus instin- ta y lo paga con la moneda usual en las cotos que éstos no aparecen en la trama de quetas: las palabras. Malfosse lo daría todo su vida. No es que no existan. E s t á n lapor ella. ¿Cómo no ha de prestarse a ayutentes en la subconsciencia. Toda su condarla? L a primera entrevista de Margot ciencia es el campo del ideal. con el negociante, que tiene lugar en un arrabal de Atenas, donde éste vive, es deliE l primer concurso que necesita Margot ciosa. E l b u r g u é s rico no comprende a qué para salvar al comunista es el de su ma- sentimientos puede obedecer aquella mujer rido. Felizmente éste no es un tipo a la al interesarse por un individuo desconocido r que es lo que los ingleses llaman un outlaw. ¿S e r á un capricho amoroso? E s a sospecha apunta en el espíritu del comerciante. ¿Cómo va a creer que el mero impulso de la piedad lleve a una señora al riesgo de comprometerse? Aunque a regañadientes, accede a su pretensión y oculta a Butros entre su servidumbre, asignándole un puesto en su garage, a condición, naturalmente, de que el comunista salga lo antes posible del territorio griego. L a solución le parece a B u tros de perlas. E l no desea sino partir. ¿Piensa en Margot? ¿Persiste la imagen de la dama en su memoria mientras ella está ausente? A decir verdad, el comunista no tiene en aquel momento un espacio libre en su alma para un amor. Todo su ser está invadido por la obsesión política de huir y de continuar trabajando por la causa. L a que se va interesando, de día en día por aquel hombre impenetrable a sus encantos es ella. E s el privilegio dejos místicos, que unen a ese estado de espíritu l a juventud. E l m í s tico viejo no les parece aceptable a las musonario. M a r g o t se enamora de Butros, y, al fin, éste acaba por contagiarse de aquel sentimiento. Una noche en Delfos- ¡inolvidable Delfos, l a misteriosa! -aquellos dos serea se encuentran del todo, es decir, por el i m pulso que imprime el instinto a las volun tades mejor templadas cuando Mefistófcleí entra en la partida. Pero él no capitula. E s ella, como ocurre siempre que la fiebre amorosa domina, l a que parece dispuesta a in molarlo todo: posición, lujo, etc. E l la oye y sonríe tristemente. Sabe que en amor, el ocaso empieza casi siempre con la plenitud de la ilusión realizada. Margot se ha comprometido a. seguirle en cuanto se divorcie. Pero, ¿lo h a r á? A l mirarse por última vez, antes de separarse, ella, encendida todavía por las caricias recientes, y él, con el aire grave del que presiente la nada que hay en pos de los entusiasmo femeninos, pusieron fin a una aventura, esto es, a lo único que vale la pena de ser vivido... y recordado. MANUEL jeres m á s que en el pulpito Y en el confe- BUENO P a r í s agosto, 1930, ESPAÑA Miró. -5. Fin M a ñ a n a inverniza; m a ñ a n a de una p r i mavera destemplada, agria. E l cielo, gris, fosco, se desploma en una inmensa masa de agua. A l borde de la fosa, a que ha sido descendido el féretro, entre los amigos y admiradores, en tanto que cae la lluvia fría, una mujer, de pie, enhiesta; hasta que se ha lanzado la última paletada, ha permanecido esta señora con l a vista fija en el pedazo t r á g i c o de tierra. Apretaba contra su pecho una ancha cruz de madera; la cruz que había sido arrancada de la tapa del f é retro. Y luego, al despedir el duelo, esta misma señora, una cié las hijas de M i r ó Olimpia, la esposa del D r L u e n g o esta misma señora, erguida, en la fila de l s que
 // Cambio Nodo4-Sevilla