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razones de los sencillos devotos de este populoso barrio sevillano, con cuyas fiestas religiosas y las populares de la velada vive en estos días unos bellos momentos de regocijo y de esplendor. J. MUÑOZ S A N ROMÁN LA PIEL ENNEGRECIDA Interpretaciones SEVILLA. I M A G E N NUESTRA SEÑORA VENERADA D E L A L U Z D E SAN ESTEBAN Su fervorosa Hermandad, cuya constitución e. s anterior al año 1700, le dedica en estos primeros días septembrinos una solemne novena, sobrepujando cada año en lujo, esplendor y magnificencia. Para estos cultos se coloca a la peregrina V i r g e n en el altar mayor, bajo hermoso dosej. de valiosas telas rojas, y entre m i l luces y ramos de fragantes y perfumadas flores. Y toda la iglesia resplandece como un grandioso Tabernáculo. E l segundo domingo del mismo mes se celebra la función principal, derrochándose cuantas galas, y músicas, y cantos, son la mayor grandeza del culto católico. Y para remate es sacada la preciosa V i r gen en procesión durante las primeras horas de la noche, haciéndola recorrer las principales calles del barrio. L a milagrosa ima- gen resplandece, como en un trono de gloria, sobre la maravilla de unas andas con los más lujosos adornos de, flores y de l u ces Precede al paso la devota Hermandad, y, le sigue el gentío ardiendo en admiraciones hacia su Virgen predilecta, la inefable Nuestra Señora de, la L u z en cuyos favores tiene puestas todas las esperanzas y a la que le dedica todos sus votos y promesas. L a procesión va llenando de fulgores cuanto existe a su paso, y así son las calles estrechas de casas blancas y primorosas como estelas relucientes de claridades celestiales. Parece, como que la presencia de esta bellísima imagen de la Virgen de la L u z obra a cada instante el milagro del aparecer del día bajo el tul sutilísimo de la clara y misteriosa noche estrellada. Y así como aparece de iluminada la noch e ¡están de encendidos en fervor los co- A estas horas, todos los jóvenes, y los que ya no son jóvenes, están completamente retostados al sol. Durante el verano los hemos visto someterse en Ja playa a terribles sesiones de insolación, soportando el enrojecimiento, después el despellej amiento, tal vez la llaga en carne v i v a hasta conseguir el éxito. Y a están todos a la moda. M o r e nos y aculotados como pipas de espuma de mar. Semejantes a los indios de América o a los cuarterones y los mulatos de las A n tillas. L o paradojal del caso consiste en que esta moda de la morenez del cutis haya nacido precisamente en Norteamérica (hoy todas las modas nacen en Norteamérica) ese país que tal repugnancia y hostilidad destina a las razas de color. Pues bien, hoy todos los occidentales aspiran a tener la piel teñida. E l ideal se cifra en lo negro. Y han llegado a tal extremo las cosas que una persona que conserve el rostro blanco se considera empequeñecida y avergonzada, como si en su propia faz llevase la prueba de su delito o su inferioridad. ¡Qué vueltas caprichosas y desconcertantes da el mundo! Cuando más orgullosa se sentía la raza blanca de su blancura, cuando el tinte claro, lo más claro posible, se consideraba en etnografía como un timbre de aristocrática superioridad, resulta de pronto que lo distinguido y hermoso estriba en una piel morena, lo más obscura posible. E s como una nostalgia del salvaje. Y la humanidad occidental, por lo menos durante el verano, parece que se hubiera enmascarado. E n efecto, algunos jóvenes de los que más audacia manifiestan en el ennegrecimiento de su piel concluyen por adquirir otra personalidad y hacerse desconocidos. Y como ocurre con las personas de color, con los negros o con los indios, resulta que ya todos se parecen. H a n perdido su fisonomía propia para convertirse en simples y anónimos salvajes. L a cuestión se agrava con esa otra costumbre paralela de andar los hombres sin sombrero y en mangas de camisa. Y además, remangados. Pero no creo que sea prudente el adoptar una. actitud de protesta frente a esta moda norteamericana. D e pronto puede ocurrir que nos atajen con el testimonio de los griegos. L a Grecia pagana y luminosa suele ser una oportuna tapadera para encubrir todo tortuoso pensamiento. Los alemanes, por ejemplo, cuando quieren sincerar su entusiasmo por el desnudo y por toda la pornografía que el desnudo trae consigo, invocan a los griegos, como si los griegos no hubieran santificado el pu dor con una incomparable nobleza. Nada más ingenuo que el interpretar á los griegos a través de las estatuas. ¿Por ventura llevaban sombrero los griegos? preguntan algunos inocentes. Los griegos de las estatuas no se cubrían la cabeza, y, generalmente, no usaban tampoco ningún vestido. Pero los otros griegos, los que transitaban por las calles de Atenas o de Tebas, esos vestían ropas de abrigo, usaban sombreros y gorras (ef famoso gorro frigio) calzaban borceguíes a l tos y cubríanse con capas, sin que desdeñasen el empleo de los calzoncillos o zaragüelles. Porque en Grecia, entonces como ahora, los inviernos eran largos y hacía mu-
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