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tud. E n estos casos, Smiley apostaba su dinero, en tanto que le quedaba un cuarto. Estaba monstruosamente orgulloso de su rana, y tenía motivos para estarlo. Personas que habían viajado y. estado en muchos sitios aseguraban que era capaz de vencer a todas las ranas que ellos- habían visto. Pues bien; Smiley guardaba su rana en una caja de mimbre trenzado, y así se la llevaba a veces a la ciudad para apostar por ella. U n día un individuo extraño al campamento le vio con su caja y le dijo: ¿Qué demontre lleva usted ahí dentro? Smiley le contestó, con indiferencia: -Podría ser un loro... o un canario... pero, no; es precisamente una rana. E l otro la cogió, la miró atentamente, le dio vueltas en todos sentidos y luego dijo: ¡Pues es verdad! ¿Para qué sirve? -Pues... -dijo Smiley, con desembarazo e indiferencia- Sirve para saltar más que Pues bien, aquel Smiley tenía foxterriers, ninguna otra rana del Calaveras, en mi gallos de pelea, gatos y toda clase de aniopinión. males parecidos, de tal manera que no había tranquilidad posible y era inútil busE l individuo aquel cogió la caja, volvió car algo a que apostar contra él. Siempre a mirarla mucho tiempo y se la devolvió a respondía. Una vez cogió una rana, se la Smiley, diciendo: llevó a su casa y dijo que la iba a amaes- ¡Puede! pero yo no veo que esta. rana trar, pero durante tres meses no hizo otra tenga nada mejor que cualquier otra. cosa que tenerla en el patinillo y enseñarla- ¡Puede! -contestó Smiley- -Tal vez a saltar. Apuesto lo que ustedes quieran a sea usted inteligente en ranas, y tal vez no que la enseñó. L e bastaba darle un empulo sea. Es posible que tenga usted expejoncito por detrás, y en seguida se veía a riencia o que sea usted un aficionado. De la rana dar vuelta en el aire como una todas maneras, yo tengo mi opinión y apuesfilloa, hacer una o dos piruetas, si había toto 40 dólares a que esta rana salta más que mado bastante impulso, y caer luego sobre ninguna otra del Calaveras. sus patas con la destreza de un gato. L a Reflexionó el otro un instante y dijo con enseñó también a cazar moscas, y la ejercierta tristeza: citó con tanta paciencia que las dejaba pe- -Verá usted; yo, aquí, soy forastero; no gadas a la pared por muy de lejos que tas tengo ninguna rana. Si la tuviera, aposviese. Smiley afirmaba que lo único que le taría. hacía falta a las ranas era que las adies- -Bueno- -contestó Smiley- Si me tietrasen, pues así se hacía de ellas lo que se ne usted mi caja un momento irá a buscarquería. Creo que estaba en lo cierto. Oíd. le una. Y o le vi colocar a Daniel Wlebster en el E l hombre aquel tomó la caja, puso sus suelo Daniel Webster era el nombre de la 40 dólares junto a los de Smiley y se sentó rana) y decirle: ¿Moscas. Dan, moscas? a esperar. Y sin darle a uno tiempo para entornar los Estuvo un buen rato piensa que te penojos, saltaba, atrapaba una mosca, aquí, ensarás. Luego sacó la rana de su caja, le cima del mostrador; volvía a caer al suelo abrió la boca cuan grande era, cogió una como un puñado de barro, y se ponía a rascucharilla y empezó a echarle dentro percarse la cabeza con su patita de atrás en digones. L a llenó de ellos hasta el mentón una actitud tan indiferente como si no crey la dejó en el suelo cuidadosamente. E n yera haber hecho lo que pudiese hacer cualtre tanto, Smiley fué a la charca, chapoteó quiera otra rana. Nunca ha visto usted ninen el barro y, por fin, cogió una rana, se la guna tan modesta ni tan franca, a pesar llevó y se la dio al hombre, diciéndole: de estar amaestrada. Cuando se trataba de- -Ahora, si está usted dispuesto, póngala saltar, a todas horas y sencillamente, en un junto a Daniel, con las patas delanteras al terreno llano salvaba mayor distancia que mismo nivel que las de ésta, y yo daré la cualquier otro animal de su especie. Donde triunfaba siempre era en el salto de longi- señal para que salten. Y añadió: otro perro le tenía sujeto contra la puerta, como suele decirse. Se quedó sorprendido, triste y descorazonado y no hizo el menor esfuerzo, por lo cual fué violentamente zarandeado. Dirigió una mirada a Smiley como para decirle que tenía el corazón destrozado y que la culpa era suya, por haberle llevado un perro sin patas traseras, a las cuales se hubiese agarrado, pues en ello confiaba siempre para terminar las peleas. Dio luego unos pasos cojeando, se echó y murió. Era un buen perro aquel Andrés Jackison. Habría sido famoso si hubiera vivido más, porque tenía condiciones y talento. Me consta, a pesar de que le hicieron traición las circunstancias. Sería absurdo no reconocer que para luchar de aquella manera un perro necesitaba tener un talento especial. Cada vez que pienso en su último torneo y en el modo con que acabó, me pongo triste. ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! ¡Saltad! Y Smiley y el otro tocaron a sus respectivas ranas en las ancas. L a rana nueva saltó rápidamente; Daniel hizo un esfuerzo y se encogió de hombros así- -como un francés- pero fué en vano. No podía moverse. Estaba plantada en el suelo, tan firmemente como una iglesia. No podía avanzar, como si estuviese anclada. Smiley se quedó medianamente sorprendido y hasta disgustado, pero no podía sospechar lo que había ocurrido. ¡De fijo! E l individuo de la apuesta cogió el dinero y se fué. Cuando estuvo en el umbral de la puerta chascó el dedo pulgar por encima del hombro, en un ademan impertinente, y diciendo con tranquilidad: -N o veo que esa rana sea, en nada, mejor que cualquier otra. Smiley se quedó un instante rascándose la cabeza y con los ojos inclinados hacia Daniel. A l fin dijo: -N o comprendo por qué se ha negado a saltar, esta rana. ¿Tendrá algo? De todas maneras, me parece demasiado hinchada. Cogió a Daniel por la piel del cuello, la levantó en alto y exclamó: ¡E l diablo me lleve si no pesa más de cinco libras! La puso boca abajo, y Daniel vomitó su buen par de puñados de plomo. Entonces lo comprendió todo Smiley. Se volvió loco de rabia, soltó la rana y echó a correr detrás del hombre, pero no pudo alcanzarle, y... A l llegar a este punto oyó Simón Wíheeler que le llamaban desde el patio y salió para ver quién era. A l salir se volvió hacia mí, diciendo: -Espéreme usted aquí y no tema. No tardo ni un segundo. No dudo de que todos opinarán conmigo que la continuación de la historia del industrioso vagabundo Jim Smiley no me facilitaría probablemente muchos informes acerca del reverendo Leónidas W Smiley. Por eso me fui. E n la puerta me encontré con el amable Wheeler, que regresaba. Me cogió por un botón de la americana y empezó otra historia -Pues, sí; el tal Smiley tenía una vaca tuerta y sin rabo o casi sin rabo; a lo sumo, un pedácito del tamaño de un plátano... Pero yo no tenía tiempo ni humor, y, sin esperar la continuación de la historia de la vaca simpática, me despedí. MARK TWAIN (Dibujos de López Rubio.
 // Cambio Nodo4-Sevilla