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P e n s i ó n c o m p l e t a i n c l u i d a a s i s t e n c i a médica d e 3 0 a 50 pesetas. Oficinas en M a d r i d Alfonso X I I 44. Teléfono 16704. y negro ANUNCIO Autorizado este establecimiento para adquirir por gestión directa camillas de campaña, lienzos para las mismas, cocinas de montaña a lomo, carros- cubas y diverso material quirúrgico, se anuncia para que los señores a quienes interese puedan presentar proposiciones hasta el día- 2 6 del actual en este Centro, donde facilitarán los antecedentes necesarios, de diez a trece, los días laborables. Madrid, 12 septiembre de 1930. -El director. A, Horcada. ra 458 E. RODRIGUEZ- SOLIS LOS G U E R R I L L E R O S D E 1808 459 tevedra, Santiago, nasta más allá de las riberas del U l l a Por todas partes aparecieron guerrilleros, y l a Junta Central y el marqués de la Romana enviaron emisarios a todas las provincias gallegas para atizar el fuego de l a insurrección, y el ayudante general, don Joaquín Moscoso, repartió con gran éxito ejemplares manuscritos de una instrucción que había compuesto para l a guerra de partidas. Los gallegos de 1808 realizaban hazañas parecidas, si no iguales, a las de sus antepasados. E r a n los mismos hijos de los gallaici, de aquel antiguo y denodado pueblo que tan tenaz y vigorosa resistencia opuso a las romanas legiones; los mismos que, tras obstinada y sangrienta lucha, sacudieron el- yago musulmán y entraron a formar parte de los. Estados cristianos, que comenzaron a formarse en las montañas de A s t u r i a s los mismos qué, 1 0 satisfechos con repeler las frecuentes algaradas 1 de los moros, los atacaban con el mayor denuedo, llegando a internarse y talar los propios dominios de los islamitas; los mismos que cuando las correrías de los sarracenos eran de tal naturaleza que 1 0 podían rechazarlas por l a escasez de sus fuerzas, 1 se sostenían firmes en sus castillos y montañas, sin permitirles avanzar u n paso; los mismos que un historiador árabe coloca entre los hombres más aguerridos y más bravos de la cristiandad; los mismos ciue, durante u n a i a r g a época, no dejaron pasar u n día sin mantener un sangriento combate con los árabes. Sobrios y activos, valientes y laboriosos, y dotados de una organización física enérgica y fuerte, robusta y vigorosa; amantes de su. Patria y de su hogar, escasos de bienes si ricos en deseos de trabajar, y con ansia de adquirir esos bienes de que carecen, los gallegos, felices en sus montañas, en sus poéticos valles, en sus deliciosas rías y en su tranquilo hogar, amantes de sus costumbres y de su vida tranquila, l o abandonaron todo a l a voz de l a P a t r i a a l grito. de su angustiada madre, que a voces pedía a u x i l i o y protección de sus amantes hijos. Los gallegos habían oído contar m i l veces a sus abuelos las hazañas de- sus antepasados contra los l l o r o s en e aájargas noches de invierno en que l a familia se reúne al amor de l a lumbre, en tanto que l a nieve cubre los campos de una inmensa sábana, y pretendían renovar en i 8 c 8 contra los franceses los hechos de sus mayores contra los sarracenos. ¿Qué más daba para ellos un moro que u n francés? ¿N o eran unos y otros los invasores de su P a t r i a d l o s asaltadores de su casa, los que obligaban a sus ancianos padres a abandonar l a casa en que habían nacido, los que se atrevían a deshonrar a su mujer y destruían l a cuna en que dormía su inocente hijo? ¿N o eran los franceses, como los moros, los que invadían su tierra, los enemigos de su Patria y de su Rey? E r a pues, necesario combatir sin tregua n i descanso hasta lograr exterminarlos a todos. Y- luego, ¿no predicaba l a guerra el señor abad y no se ponía a l fíente de sus feligreses, abandonando sus comodidades y su tranquilidad, cambiando el hisopo por el sable y saliendo a pelear contra aquellos herejes? ¿Cómo negarse entonces? L a sola, duda habría sido un crimen. Sí; Napoleón y cuantos le seguían eran unos herejes, unos judíos, unos renegados, y el señor abad no sólo afirmaba que l a victoria sería para Galicia y para España, y que cuantos muriesen en esta guerra santa irían a gozar de la gloria eterna, sino que predicaba con el ejemplo; y el gallego, antes que abandonar a su abad, al, que había acompañado al cementerio el cadáver de sus padres, a l que le h a bía casado, a l que había echado sobre l a cabeza de su hijo el agua del bautismo, se habría dejado hacer pedazos, que para él el señor abad era sagrado y sus palabras tan ciertas como el Evangelio que leía en l a misa. Tal fué el número de paisanos que se presentó á combatir, que un historiador calcula en 20.000 los reunidos en Carballino solamente, para instruir a. los cuales se pidieron oficiales de valor y de inteligencia al general don Nicolás M a h y L a lucha tomó bien pronto unas proporciones g i gantescas; primero se cazó a los franceses, parapetados los paisanos tras una tapia o un árbol f- después fueron atacados los destacamentos oue recorrían Ga licia en busca de víveres; más tarde se negaron los Rueblos al pago de las ccntribucÍQnes impuestas por
 // Cambio Nodo4-Sevilla