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A B C. M A R T E S 16 D E S E P T I E M B R E D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAG. 7 indumento más decoroso que el medio vestir. S i n maüiot, con un poco más que con una hoja de parra, en cierta ciudad española que no quiero nombrar, recientemente se han presentado ante unos dos m i l hombres, atraídos por la carnaza, unas cincuenta señoritas, señoritas de verdad, para tomar parte en un concurso de natación. L a s cocottes iban en traje de baño, con faldilla. D i c e quien las oyó que se mostraban escandalizadas... Pero ahora no se trata de eso, que en comentarlo nos podría llevar muy lejos, sino de la conveniencia de que se enseñe a las futuras generaciones a no escupir en cualquier parte, a no piropear a las mujeres, a guardar compostura en los tranvías, a no blasfemar, a no maltratar a los animales, a no patear en los teatros, a no apedrear las estatuas, a no destrozar los jardines, a no i r por la calle en camiseta y, si puede ser, tampoco en mangas de camisa o, al menos, que ésta sea limpia. ADOLFO MARSILLACH Más crédito tienen para los aficionados a la joyería tus. ojos de turquesa y tu boca de perlas y corales, y no creo que los arriesgues en una jugada peligrosa. ¡Habría muchos golosos! -Q u i e r o jugar; ¿es que me tienes miedo, Pepe L u i s? ¡M i e d o dijiste, M a r u j i l l a de m i a l m a! i Juega sin límites! Albare dita el del Puerto no se achica por unos cuantos miles de pesetas. E l mundo me pertenece desde que nací, ¡con que tú verás! -A c e p t o el rumbo y copo la sota. Y como hito, mojón y señal dejó el pañuelo sobre el tapete. Frente a la sota de espadas había formado un as de bastos; Albareda volvió la mano con lentitud y apareció en puerta un as de oros rechoncho, gordinflón, que se reía hasta desquijararse si la cartulina lo hubiese consentido. Como Correa, con la emoción, estuviese algo torpe, aturdido e indeciso en el modo de Barcelona, septiembre, 1930. BROCHAZOS TEMPLE A L MARMOLEJO- HOTEL LEONES ¡Mariquilia! Prendas de vestir, no Aunque las candilejas del coche- salón propiedad del marqués de Salamanca no tenían luz meridiana permitían distinguir el. color amarillo de los. oros, el rojo de las copas, el azul de las espadas y el verde de los bastos; los caballeros, hartos de piropos, melindres, jipíos y romances de damiselas, decidieren jugar a la manigua, esto es, al monte, porque no viene a cuento el disfraz, ya que el Gobierno toleraba el juego nacional hasta en las aceras de la villa y corte de las Españas. Se engendró l a partida en la mesa del comedor, y, burla burlando, muchos banqueros habían vaciado inútilmente su cartera. N o era día de banqueros; los puntos tenían más vista que un semáforo. Como decía un jugador de ventaja: E n el monte, sin puestas, el que lo tiene lo pone, y el que lo pone lo pierde Cuando los puntos habían picoteado y engullido las pesetas de los inocentes banqueros, Albareda, a quien ayudaba Rodríguez Correa con una sola mano, talló cuarenta duros, que la suerte, batiéndoles como ciarás de huevo, hizo crecer hasta alcanzar la enorme cifra de diez m i l pesetas. Como en este momento se acabaron las prendas, una marquesa, gorda, pero guapa todavía; sin líneas, pero con la grasa tolerable y de buen ver, se acercó al corro de la manigua, y viendo en el gallo un as y una sota puso su pañuelo junto a la sota y dijo, con aire despectivo: -i Copo! Albareda, que hacía rato no sabía cómo retirarse para contar ganancias, viendo con el copo en peligro la banca y sus creces, exclamó con gracejo inimitable, de la propia bahía de Cádiz, en donde los lobos de mar venden a los pimpis palillos contra el mareo: Mariquilia! (porque se llamaba María y era sevillana) ¿Prendas de ropa? no. Aquí no se admiten más que monedas contantes y sonantes. Retira la postura, y no me mates; hazme I- oreja, pero no me ¡ahorques. -i E s qt: 3 yo no tengo crédito para diez m i l pesetas? -C o n preíiJas de uso por delante, no. 51 ST 61 piozode fll Ojo, CRONÓMETROS y TAQUÍM E T R O S Í fc- fll J s AL CONTADO Y A PLAZOS GRANDES SUIZOS ajustar cuentas, Albareda le increpó con dureza de cómitre: ¡Cuenta l a banca antes de pagar posturas, so litri! Dobla el fondo íntegro, don Papamoscas. Hecha la operación con todo decoro, la hermosa y bien mantenida marquesa, sin que le temblase un cabello, d i j o ¡Copo de nuevo! Y señaló con el pañizuelo otra carta. Ganó Albareda, y con gran desparpajo exclamó: ¡O t r o talla! L a marquesa, muy nerviosa, sacó de su bolso, una maravilla de engarces de plata y abalorios, una tarjeta y escribió en ella con lápiz: V a l e por cuarenta m i l pesetas, pagaderas en las oficinas de m i Casa y E s tados. Después de firmada con letra del Sagrado Corazón, puntiaguda y retorcida, se la entregó a Albareda diciendo: -T e creí con más bríos para jugar. T i e nes menos pecho que una mujer. -Es verdad, marquesa- -dijo Albareda, estremeciéndose- Dios me conserve enjutos los pectorales, que mueven Jos brazos, y los brazos, que abren y cierran las manos, para hacer añicos esta tarjeta que me está quemando los dedos. Y ante las protestas de la dama y la admiración general de los circunstantes la hizo trizas. -Y a no me debes nada, M a r i q u i l l a- -d i j o Albareda, riendo. -E s o de ninguna manera- -replicó la marquesa- es una deuda de honor... ¡Señora! -argüyó Albareda- Y o riño y gano el dinero a los hombres; con las mujeres juego a la brisca del amor; su dinero me quema el alma. Todos callaron llenos de emoción; pero Salamanca alargó la mano a Pepe Luis, d i ciendo -V e n g a n esos cinco, ¡barbián de la Persia! P o r lo rumboso y despilfarrado mereces ser hijo mío. -Pues venga la Real cédula de prohijamiento, que algo heredaré del padre dilapidador, aunque no sea más que el ingenio. L o digo ahora para siempre: prefiero el beso de una s lfide a una Catedral rellena de onzas. -F o r desgracia, ya no soy sílfide- -objetó la marquesa, haciendo mohines que negaban la ingenua afirmación. -L o siento- -añadió A l b a r e d a- no nos vendrían mal a ninguno de los dos el que fueses, a lo menos, ondina. Pero, gordita y todo, no careces de gracia; y si esa gracia se pudiese comprobar, y a lo dice la copia: E n la mano está el dinero y en l a puerta el mercader. ¡O l e y tres veces ole! -saltó Salamanca- Así deben ser los hombres castizos y enamorados, bebiendo y pagando ilusiones. Tose Luis, bota las onzas y corta las alas al A m o r si no quieres que termine el mundo en canallas impotentes y ruines usureros! A l llegar a Aranjuez comimos fresas, que. en cestillos de mimbre, nos ofrecieron varias muchachuelas desde el andén. Las señoras apenas las probaron; eran frutillas agraceñas, contrahechas, forzados productos de estufa. Les faltaba s o l insubstituible manantial de luz creadora, miel híblea y de amor, sin la cual la vida no se comprende ni el mundo puede existir. Como me dijo al oído D José L u i s -E l mercader tiene en l a mano el dinero; pero, ¿en dónde podrá adquirir los tempestuosos ardores de la juventud? RAFAEJ, C O M E N G E PÍDAN C A T A L O G O ILUSTRADO GRATUITO Y BOLETÍN D ECOMPRA S I N C O M P R O M I S O PARA Vd. a (DISTRIBUIDORES EXCLUSIVOS PARA ESPAÑA JLJL (APARTADO III- SAN SFEASTIAN CASA AGUSTÍN üNGRifl P l a z a Encarnación, 2 Madrid
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