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P A T I O D E L C A S T I L L O D E OTÓN ENRIQUE no tranquilamente en su lecho, como J u a n Casimiro, sino de una bala de cañón disparada por una batería sueca, el año 16 3. D i cen que fué la misma bala la que arrancó la cabeza a la estatua del príncipe elector, que aún se alza descabezada en el patio del castillo, pues fué aquel día cuando l a estatua p e r d i ó su coronada testa; yo- me sospecho q u e f u é el dolor de ver destruida la obra más importante de su vida lo que le hizo perder la cabeza. E l G r a n Tonel II fué obra del e l e c t o r Carlos L u i s este mismo que dio a su h i j a en matrimonio a Mon- sieur, h e r m a n o del Rey de F r a n c i a A nadie pudo culpar de la muerte de su hijo, el G r o s se Fass I I pues que aquel m a t r i monio t r a j o l a guerra que destruyó el castillo y el incendio donde pereció el segundo M o n a r c a de la dinastía. Sólo el G r a n T o nel I I I c o n s t r u i d o p o r C a r l o s Felipe, murió de muerte v u l gar y r e p u g n ante; una grieta, cruel hizo que nada pudiera pararle en el cuerpo. H o y el G r a n T o nel I V mandado, construir p o r Carlos Teodoro, nos muestra su panza enorme, orgulloso de su capacid a d pero yo he oído decir a un estudiante que me acompañaba en la visita, menos entendido en Filosofía que en toneles, que es más simpático e interesante ese tonel de regulares dimensiones que, como punto de comparación, se exhibe junto al gigantesco M o n a r c a porque éste, al. menos- -dice- está lleno de v i n o V i ejo Heidelberg de los estudiantes que beben cerveza en los p a t i o s adornados de madreselvas y de t i los, y cantan canciones antiguas, llevando el compás con el golpe rítmico de los vasos sobre las tablas agrietadas, m i e n t r a s las muchachitas de cofias almidonadas y blancos delantales corren entre las mesas con el enorme racimo de b. ocks espumeantes, prendidos milagrosamente de sus dedos frágiles! ¡V i e jo Heidelberg de las bellas ruinas y los r i n cones que nos hablan con voces amigas de cosas olvidadas... A l apartarme de ti me he l l e v a d o inconscientemente la mano al pecho, como si tuviera temor de haber olvidado algo en tus calles tortuosas, porque desde leios, entre chocar de vidrios y risas frescas de mozas, llegaba la canción nostálgica: Y o he p e r d i d o m i c o r a z ó n en H e i d e l b e r g- ENTRADA PRINCIPAL D E L CASTILLO. (FOTOS LEVY VEX RDEiX) MARIANO TOMAS