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De los claros varones de Castilla. El príncipe que amó, sobre todo, los libros. ESTE ES EL VIEJO SEÑORÍO DEL PRINCIPE QUE AMO, SOBRE TODO, LOS LIBROS sobre todo, los libros. L a santidad y la realeza gloriaron su estirpe, que el mozo tuvo por abuelo a San Fernando y fué sobrino de A l f o n s o el S a bio... C o n t e m p o r á n e o de Juan Ruiz, el arcipreste de H i t a vio morir el siglo x m en su no corto v i v i r hasta casi mediar el x i v con lo que y a digo que el habla española, en sus primicias literarias, tuvo en estos claros varones sus m á s altos impulsores. L a poesía en uno y l a prosa en otro, j Q u é fuera de las dos, respectivamente, sin el arcipreste de H i t a y el infante D Juan M a n u e l H o y vienes conmigo, lector, a Peñafiel. Vamos a pasear juntos por el señorío del príncipe que a m ó sobre todo, los libros. Y en nuestro paseo vamos a evocar de la literatura española la procer figura del infante. S u tiempo es de guerra, de rebeldías y a l borotos, de ambición e intrigas. ¡Á y! Nuestro infante no se ye en esto libre de pecado... S i n m á s que doce a ñ o s ha peleado contra el moro en l a frontera de M u r c i a Castilla, deshecha. en sus e n t r a ñ a s opone con su sangre el vigor de sus armas a l avance de sus enemigos de fuera, aunque dentro la consuman los de la propia casa. ¿S e r á por nuestro infante la frase de M a r i a n a a muchos páresela nació solamente para revolver el reino N o el historiador jesuíta señala con su terrible frase a otro D Juan, t í o del Rey Alfonso, el n i ñ o que unos a ñ o s después va a recibir el sobrenombre triunfador de E l Salado. E n la batalla se ha presentado el infante D Juan Manuel, abandonadas sus tareas M I R A D Este es el p r í n c i p e que amó, literarias, para dar fe al R e y de su adhesión y vasallaje. Y la pelea se ha decidido por la cruz de Cristo contra la media luna. Pero no nos interesan hoy las hazañas, no siempre heroicas, del infante. E n aquella Corte de tres Reyes que iluminó sucesivamente l a egregia figura de doña M a r í a de M o l i n a Reina esposa, Reina madre y R e i na abuela, la pasión anduvo suelta y en sus mallas e n r e d á r o n s e príncipes e infantes en numerosos episodios que registra la Historia. E l adagio castellano L a lanza no embotó j a m á s la pluma, ni la pluma la l a n z a es la misma verdad en nuestro infante. C i n cuenta años de guerrear lo fueron de producir esos bellos libros que aquí, en este monasterio de Peñafiel, cuya iglesia yo te presento, fueron escritos para fama de su autor y honor de nuestra literatura n los p r i meros pasos del habla castellana. ¿Y DONDE ESTA ESE LIBRO ESCRITO DE SU PUÑO Y L E T R A? (FIRMA Y RUBRICA D E L INFANTE D. JUAN MANUEL) ¡Q u é desvelos los suyos en asegurar a l a posteridad el verdadero sentido de sus escritos! H e aquí al príncipe que a m ó sobre todo, los libros, en su íntima preocupación, receloso de la infidelidad de las copias manuscritas, ¡tan lejos la virtud maravillosa de la imprenta! V e d sus mismas palabras que encabezan uno de sus l i b r o s E t ruego a todos los que leyeren cualquier de los libros que yo riz, que si fallaren alguna r a z ó n mal dicha, que non pongan a mí la culpa fasta que vean este volumen que yo mesmo c o n c e r t é Y ¿d ó n d e está ese volumen, escrito de su p u ñ o y letra, que él, ufanamente, legó al monasterio de Peñafiel? Con él, aquellas obras que no fueron copiadas, pese al temor que de ellas tenía el infante por copiarlas mal, desaparecieron para siempre. ¡O h! ¿C ó m o sería el Libro de los cantares? Argote de M o l i n a avanzado el siglo x v i l o Vio a ú n en Peñafiel. H o y para conocer a nuestro infante como poeta, hay que contentarse con las breves muestras del Conde Liwanór. ¡Q u é emoción al penetrar en esta vieja iglesia del monasterio de Peñafiel que funda- ra el infante! Entre el castillo y el monasterio se reparte la vida de nuestro claro v a- rón, simbolizando sus dos ideales: el r e l i gioso y e! guerrero, ensalzados en sus libros, que en uno y otro lugar salieron de su pluma. Como un barco gigante que surca sereno las aguas del mar, así el viejo castillo de P e ñafiel es un navio de piedra que atalaya los mares de espigas castellanos que ondean a sus pies. Sancho García lo edificó, el