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A B C. J U E V E S 25 D E SEPTIEMBRE DE 1930. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. PAG. ir de baja extracción, y hasta en los documentos públicos se les eximía de toda fórmula de respeto, negándoseles el usp de d o n aunque fuesen bachilleres y licenciados, como no pocos lo fueron por cualquiera de las sabias Universidades españolas. Con tal sambenito de desprecio pasaron por el siglo x v i ante la indiferencia de las gentes, hombres como Lope de Rueda, Timoneda y Agustín de Rojas, por mentar únicamente a las tres figuras más destacadas de la antigua escena española. Bien entrado estaba el siglo x i x que ya de Francia podía haber recibido algunas leeciones de igualdad, y todavía los cómicos continuaban siendo mirados en España como seres inferiores. Recuérdense las arbitrariedades y polacadas cometidas por las Juntas censorias y las autoridades gubernativas con actores del prestigio de Máiquéz, R i t a Luna, La Tirana, Manuel Garrido y Guzmán, quienes por la más leve protesta, luego de haber hecho 3 a función, pasaban detenidos a la cárcel de villa. U n o de los muchos cómicos que tenían conciencia de sus derechos, y por ende no se allanaba a sufrir mansamente las descortesías, era Valero, el gran actor, que, abrumado de años y de gloria, ha llegado casi hasta nuestros días, y así en todo momento propicio procuraba hacer ostentación de que, fuera de la escena, seguía siendo tan digno de consideración como representando el mej o r drama de Calderón. E r a el Carnaval de 1 S 32. Todas las Sociedades recreativas, literarias y patrióticas de la época celebraban sus consabidos bailes de máscara. E n el café de Solís, establecido en la calle de Alcalá, lo más distinguido de la aristocracia matritense ofrendaba su pleitesía al dios Momo y estaban los concurrentes harto satisfechos porque el infante D Francisco de Paula y su bizarra consorte, la expeditiva doña Luisa Carlota, que tan. famosa habría de hacerse poco después por la rudeza y blancura de sus manos, honraban aquellos amplios y confortables salones. L a medianoche iba por filo cuando toda la encopetada concurrencia se conmovió profundamente. E l caso no era para menos. Provisto de la imprescindible invitación, había hecho su entrada en la sala el cómico José Valero. E r a mucho atrevimiento, i U n cómico entre personas de calidad! ¿Dónde y cuándo se había visto insolencia semejante? ¿Qué dirían nuestros antepasados si levantasen la cabeza. Se volverían a morir de ira y de vergüenza. T a l desmán no podía tolerarse, aunque el atrevido fuera el mismísimo San Ginés en persona... Sin dársele un ardite al gran comediante del estupor que producía, correctamente vestido con. un frac azul con botones de oro, se paseaba entre aquella indignada concurrencia que en el teatro del Príncipe le aplaudía con tanto entusiasmo. U n grupo de socios creyó que semejante osadía era bien que se castigara con una expulsión inmediata, y acudió a la Junta d i rectiva, compuesta por los Spes. Peñalver, Gutiérrez de la Torre, Escosura, Santiago, Urbina y Mesonero Romanos. L a dicha Junta, más ecuánime, con más sentido común y respetuosa con el derecho de gentes que los individuos a quienes regía, no se determinó a tomar providencia alguna contra el intruso, por cuanto, como queda dicho, había penetrado en el local autorizado por una invitación. Entonces empezó contra el eminente actor Ni una serie de agravios embozados y descorteses para hacerle abandonar el salón, pero el hombre n o se daba a partido, y seguía pasando impertérrito por entre las ofendidas damas y los huraños caballeros. Estos fuéronle cerrando el paso por todas partes, y tal maña se dieron, que, formando una. movible e infranqueable muralla, lleváronle hasta la misma puerta de Ja escalera, en donde le esperaba un criado con la capa y el sombrero de copa, y no hubo más remedio que salir. Pero Valero estaba dispuesto a salirse con la suya a todo trance, y no dejó para- otro día el procurar su reivindicación, y con ella la de todos sus camaradas. Desde allí mismo fuese al teatro del Príncipe, donde sabia que a la sazón estaba el Rey, que le demostraba, según dicen, paternal afecto. Pidióle audiencia en su real palco, que. le fué concedida inmediatamente, y, una vez que se vio en su presencia, dolióse del agravio que acababa de sufrir por una concurrencia compuesta en su mayoría de palaciegos. Escuchó el Soberano al joven cómico con más interés del que solía poner en quejas de mayor itrascendencia para la salud del E s tado, y, llamando al corregidor Barratón, le d i j o -T ú arreglarás este asunto de manera que Valero venga a quedar más que cumplidamente satisfecho. A l día siguiente el vejado en la noche anterior hacía su entrada verdaderamente triunfal en los salones del café de Solís, provisto de una invitación particularísima que le enviara la Junta directiva de dicha Sociedad, en la que no se le nombraba por el apellido a secas, como se acostumbraba con la gente de tablas sino que iba encabezada muy respetuosamente: A! Sr. D. José V a l e r o E l desagraviado d i o una vuelta por el salón, sin saludar a nadie, y salió en seguida. Y de entonces data el que los actores disfruten de la consideración social que siempre se les debió por derecho propio. DIEGO S A N JOSÉ ñecos para darlos a conocer en una fiesta organizada por Le Fígaro. E l suceso fué grande e inmediato. Todas las celebridades de entonces desfilaron ante los muñecos de madera creados por Lemercier Sarah Bernhardt, Víctor Hugo, M e rimée, Emile de Girardin, Rossini, Thiers, Dumas, Teófilo Gautier. E l fabricante de marionettes mejoró después su técnica constructiva, modelando la cabeza, de, sus. muñecos en cartón piedra. Pasteur no desdeñó el servir de modelo para una de las figurillas de la troupe, y el mismo Gustavo Doré dibujó gran cantidad de tipos para la colección. Las marionettes fueron exhibidas por los salones y Círculos de París. L a libertad de imprenta estaba por entonces sometida a un estrecho régimen y la troupe satírica, al pasar de salón en salón, iba lanzando al chismorreo punzantes historietas y sabrosas anécdotas del momento político. Así, en cierto modo, las- marionettes fueron las precursoras de los chausoniers de Montmartre. Lemercier escribió para sus muñecos 112 comedietas, que se representaron cerca de 2.000 veces. Finalmente, las marionettes tuvieron el honor de ser presentadas en el palacio de las Tullerias, en el año 1868, ante Napoleón III y su bella consorte, nuestra compatriota la Emperatriz Eugenia. Puede suponerse el éxito obtenido por los muñecos de Lemercier desde aquella palatina jornada. E n popo tiempo ganó el inventor más de un millón de francos. E l centenario lo ha organizado Gastón Cony, ferviente admirador y discípulo de Lemercier. Las marionettes han sido donadas al M u seo del Carnavalet, donde se encuentran las que fueron construidas por Jorge Sahd. Suspense B. j One NOTAS CIONES E INFORMA- EXTRANJERAS E l origen de las marionettes Se ha festejado en París un curioso centenario el del nacimiento del que es considerado como inventor de las marionettes parisinas, Lemercier de Neuvile, nacido en agosto de 1830. Lemercier era un brillante escritor del bulevard. Padre de un gentil mancebo, un día que éste cayera enfermo de grave dolencia pidió a su progenitor que le distrajese con algo nuevo para aliviar sus largas y penosas horas. Lemercier, cronista a la sazón de un importante diario satírico, no sabiendo qué discurrir para satisfacer los deseos de su doliente hijo, se puso a dibujar y a recortar luego, sobre las tapas de unas cajas de cigarros, mientras el niño dormía, unas caricaturas. Cuando el enfermito despertó contempló con alegría aquellas graciosas siluetas talladas finamente en la l a dera, y a ¡as que había dotado Lemercier, valiéndose de unos hilos, de expresión y de movimiento. Un día se presentó en casa de Lemercier un célebre pintor, Karjat, que admiró maravillado aquella ingenua obra, y tal fué su entusiasmo, que pidió a Lemercier sus mu- Dos comedias inspiradas en las aventuras y catástrofes de la guerra han aparecido recientemente en la escena londinense. E n Suspense, el autor, Patrich Macgill, se es- fuerza en crear en torno al espectador uña atmósfera de tragedia, un sentimiento de muerte inminente, dándole la sensación de que se halla sentada en una cabaña sobre un terreno minado: la mina va a explotar, dentro de un minuto, de diez, de. inedia hora... U n grupo de soldados acampan en un terreno cercano a la cabana y hablan, riendo, de temas licenciosos. Algunas escenas son terroríficas; pero el drama peca de tedioso y monótono. B. J. One es obra del comandante inglés K i n g- H a l l y sus tres actos se desenvuelven; en ambientes que no carecen de interés. E l primero pasa en la sala lél Consejo del Almirantazgo británico; el segundó; en el puente de un crucero ligero durante la famosa batalla de Jutlandia, y el tercero, ya concluida la guerra, en las oficinís de un trust de siderúrgicos. E l autor conoce muy bien los ambientes que pinta; pero no ha sabido evitar la representación d e m u chos particulares inútiles. Una de las escenas de mayor efecto es la que transcurre en el puente del crucero; la nave se hunde a la vista de los espectadores rodeada de obscura humareda; las gaviotas vuelan gritando, alrededor de los mástiles; las s i bilas, con sus escobas, producen un estremecimiento de terror... Pero también tediosa la comedia. -Este género de melodramas no ha triunfado nunca en los teatros de Londres. 8. S
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