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CUENTOS E S P A Ñ O L E S DE HUMOR LA MENTIRA DEL D Í A TRASPAPELADO A República de Liberonia andaba en guerra: aquella guerra cruenta en la que los inventores estaban á sueldo, y en sus estudarios se colaban, traidores, por debajo de la puerta, falsos telegramas notificándoles terribles muertes de sus hijos a manos del enemigo, para así aguzarles el ingenio. Y se inventó el cañón que hacía mil estrellas de cada estrellita del cielo; y el fusilcaña, con anzuelo y bramante, que se traía los prisioneros y hasta los gases que estrechaban horriblemente el calzado... También había inventores de recomendación, para no ir al campamento, como el hijo de una duquesa enlutada que lloraba en todos los despachos de los ministros, y el joven esperaba abajo, en el coche, con una raqueta en las manos. Tenía tal pánico el niño, que, ideando el modo de escabullirse de las balas, un día en que iba a la oficina de los inventores se le ocurrió la idea de meterse en las galerías del tren subterráneo de la metrópoli. Y ese f u é su invento, y bien aprovechado, por cierto. Como que los cornetines ensayaron un toque nuevo, y se le dijo al pueblo que ese toque quería decir: ¡A meterse todo, el mundo en las galerías del tren metropolitano. Y una mañana: Tararí! ¡Tarart- ta- ta! -hacían los cornetas, hinchando sus carrillos tan tersamente, que se les hubiera podido afeitar sin poner hoja en la maquinilla. A los empleados del subterráneo les pilló desprevenidos, y querían picar los billetes a la mu titud. sobre todo a aquellos a quie! L nes tomaban antipatía espontánea, porque Jes empujaban más bruscamente. JResultaba cómo una cascada de inundación, con espuma de caras asustadas, y que llevara en su superficie las gorras y las botas de los empleados del subterráneo. Sucedió... lo que tenía que suceder: que como la nación estaba atacada por los cuatro costados como una cabeza por uno de esos aparatos de sombrerería que nos toman la forma de la testa, los enemigos se atacaron entre sí al no haber público, y hasta se cruzaron como en un rigodón de la muerte Y se encontraron con las trincheras cambiadas, despistados y tirando los tiros de espaldas a Liberonia, porque no sabían que la habían pasado toda. Liberonia, que había desaparecido como un ahogado ya sin pompas ni nada, surgió de nuevo, con sus mil rostros alegres, como si vinieran las multitudes de los toros o de los fuegos artificiales gratuitos. Iban tranquilos, con calma, charlatanes, animosos. Y únicamente una mujeruca enjuta y nerviosilla subía las escaleras buscando inquieta un zigzag de claros para avanzar, y se la oía decir entre dientes: ¡D i o s m í o! ¡Y o que me dejé el puchero en la lumbre... Pero esto apenas es anécdota. L o importante fué la victoria de Liberonia, que durante unos días se vio rodeada de espaldas de enemigos, hasta que un día los mató para evitarse más inquietudes. Y claro está, a continuación de los dias en que el terror estaba amartillando los cerebros con su de miedo, y apenas se podía comer porque una sola miga de pan se inflaba de angustia en el estómago hasta ponerse grande como un queso de bola, siguieron los días de la etiqueta en las fiestas de la victoria... ¡Cuánto ir y venir al sastre, al confitero, al florista, a la planchadora, al tapicero, a todos los que encopetan la vida y la dan brillo... E l presidente Chax no daba abasto. Se dio el caso de tener que retrasar los domingos un par de días, porque el presidente Chax no acababa de asistir a todos los actos oficiales de la semana. Se dio el caso de que, con las prisas, hasta el presidente Chax cambiara su chistera por otra, como en cualquier circulillo de recreos de mala fama. Se dio el caso, con las precipitaciones, con el azaramiento de las precipitaciones, de que un día, al pasar por m í pasillo de multitud que le aclamaba, se le metiera el bastón de mandó entre las piernas, se le hiciera ballesta y saltara disparado contra una pobre dama del público. Se dio el caso, en fin, alpulcro presidente Chax del chaleco blanco, de que un día que tenía en las manos los guantes, un discurso, el bastón, la chistera, una medalla que había de poner, y un puro del banquete recién celebrado, se dio el caso, décimas, de que se quitara uno dé los guantes con los dientes, como un cachorro que ha prendido nuestro pañuelo y tira agitando la isa- beza, juguetón... Resultó que otro día un ministro se dio un cachete en la frente, como el que estalla un pétalo de rosa, y e x c l a m ó ¡Atiza! Y silbó sacudiéndose los dedos, como di-