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MADRID- SEVILLA 30 D E S E P B R E D E 1930. NUMERO 10 C T S SUELTO DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E S 1 MOSEXTO N. 8.662 Á tufé REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE, CERCANA A T E T U A N SEVILLA S I E M P R E 1 U 1 CIOS PERSONALES La facultad de pensar y de querer en materia política de los Reyes constitucionales N o es democrática, ni liberal, ni siquiera humana, l a doctrina que pretende negar a los Reyes constitucionales la facultad de pensar y de querer en materia política. A menos de carecer de inteligencia y de voluntad, y en ese caso habría que declararles incapaces para reinar, no puede privarse a los Reyes constitucionales de lo que es atributo inherente de todo ser pensante y v o l i tivo. P o r lo mismo que su misión es eminentemente política, que de ella tienen que ocuparse sin cesar, desde que suben al T r o no hasta que descienden de él, bien por muerte o revolución, es tan absurdo como imposible pedirles que carezcan de ideas y de propios convencimientos en l o referente a l a gobernación del Estado, en cuya cúspide ocupan el primer lugar de honor y de preeminencia. Y lo dich o de los Reyes es igualmente aplicable a los presidentes en las Repúblicas constitucionales y parlamentarias. Asombrarse, pues, y hasta acusar a los IReyes de tener preferencias políticas y de procurar llevarlas a l a práctica, es sencillamente infantil, sentando plaza de poco psicólogo, cuando no de apasionado político. Mientras no se encuentre el medio eficaz de convertir en máquinas a los hombres, s e g u i r á n los Reyes pensando y queriendo intervenir en política. N o es censurable, ni les está prohibida su intervención sino en el caso de no ajustarse a los preceptos constitucionales. N o les niegan éstos el pensar ni el querer, sino el actuar por sí y por cuenta propia. P a r a que sus actos políticos sean válidos, les impone l a ley que vayan refrendados por ministro, quien por este solo hecho se hace responsable ante el P a r lamento y ante el país. S i un Rey, acertada o equivocadamente, juzgase oportuna para su país, en cierto momento, una determinada orientación política, puede exponerla y aun propugnarla ante su Gobierno, y si éste no estuviera de acuerdo, facultado se hallaría el Rey para cambiar de ministros. De hacerlo así, a los nuevos ministros tocaría respetar y hacer respetar las leyes o conseguir su modificac i ó n por los procedimientos legales. D e i n currir en infracción o violación, serían responsables los nuevos ministros, y no el Rey. D e padecer éste error, no incurriría por ello en infracción o felonía. L a infalibilidad no alcanza a los Reyes, pero sí la irresponsabilidad lo propio acontece a los presidentes de República. N o cabe, pues, declarar autor de la i n fracción o golpe de Estado al Rey, a menos de comprobar, lo que no es el caso, que actuó por sí mismo, sin intervención ni anuencia de ministro responsable. S i la transmisión de poderes se efectuó por ReaL decreto, con refrendo ministerial, a irresponsabilidad del Rey aparece evidente, queda probada, cae por tierra y resulta falsa tpda acusación contra el Soberano. N o está el mal en que los Reyes piensen y quieran, con acierto o con error, lo que estimen m á s ventajoso para el país en que reman. L o s Reyes, por serlo, no dejan de ser también ciudadanos; se les declara sagrados e inviolables, no sólo por honor y dignidad, sino porque se les prohibe actuar políticamente por cuenta propia. E n lo que radica el mal es en que existan ciudadanos que por sugestión propia, regia o ajena, se presten a atrepellar la ley y a erigirse, ¡legalmente, en dictadores. E l que proceda de tal suerte ha de ser personal y severamente responsable. Toda severidad será poca, siempre que sea legal, para castigar al que hizo uso indebido de las facultades que le proporcionó el Poder. Noble y legítima es toda propaganda, por absurda y peligrosa que nos parezca; esta es la tesis liberal y democrática. Pero cuando de la propaganda se pasa a la acción, prohibida por las leyes, legítima y necesaria es la represión y además obligada, pues. de otra suerte, el orden estaría siempre en peligro y l a revolución perpetua se enseñorearía del mundo. Y ello sea cual fuere la forma de Gobierno por la que se rija un país. L a defensa social y l a de las Instituciones vigentes y consagradas por la soberanía popular es primordial deber de todo Gobierno, monárquico o republicano. M e drada estaría la República que no fuese legal y vigorosamente defendida contra sus caprichosos detractores. E l problema estriba en la justicia v en la legalidad. Salirse de esas normas, persiguiendo la libertad y el derecho, es siempre atrabiliario, m á x i m e si, cual ocurre en la Rusia Soviética, se hace y se pretende defender a nombre del progreso y de la moderna civilización. E m p e ñ a r s e en elevar la puntería para buscar la responsabilidad en los actos del Rey constitucional, que actuó siempre con refrendo de ministro, es hacer obra ilegal y anarquizante, sin beneficio para nada ni para nadie. N o es tampoco el mejor procedimiento para conseguir el- condigno castigo de los verdaderos responsables. L o democrático, lo liberal, lo justo, lo constitucional y lo político es buscar lá responsabilidad allí donde legalmente y de hecho existe. ri L o s Reyes constitucionales, están facultados para pensar y querer en política lo que estimen pertinente: lo que les está vedado es actuar. L a acción corresponde a los m i nistros, y el que actúa lo hace bajo su plena responsabilidad y cubriendo en absoluto la del Soberano. Esta y no otra es la verdad real y la legal, y la que permite hacer efectivas, de hecho y de derecho, las responsabilidades, con justicia reclamadas, cuya sanción ha de permitir que vuelvan las aguas a sus naturales cauces, de los que no debieron salir jamás. Declarar autor al que por ley es irresponsable, no es, ciertamente, el mejor medio de dar efectividad a la s indispensables y reparadoras responsabilidades, cada día m á s imperiosas. Ocurre en el particular, lo que tantas veces ha acaecido, que al exagerar se evapora el efecto. S i n necesidad de catástrofes cao- ticas, que comprometerían la estabilidad nacional, hay procedimientos jurídicos y politices para, respetando los privilegios e i n munidades de las Instituciones, restablecer la legalidad perturbada y exigir la debida responsabilidad a los verdaderos responsables J. P E R E Z- C A B A L L E R O JEREMÍAS L L O R A VANO La cesta de Ja cocinera EN ¿E s cierto- -me preguntan a m i regreso de Francia- -que l a vida allí está muy cara ahora? -E s cierto. -L a vida de hotel, desde luego. -N o no. M e refiero a los precios de las subsistencias y de los artículos de primera necesidad. T a n caros, que realmente no s é cór, o las clases medias, los obreros, los pequeños rentistas, que forman un núcleo i m portante de l a población francesa, pueden atender a sus necesidades con. sus limitados, ingresos. U n a de las cosas que siempre me gusta hacer en viaje es i r a los mercados. N o a los de joyas, o valores u objetos suntuarios, n o sino a los de abastos, y precisamente por la mañana, cuando afluye la clientela. Y no ya porque el espectáculo de los frutos de la tierra, de los peces y de las aves que consume da de cada país idea m á s exacta que l a que se l o g r a r í a estacionándose en el hall de los grandes hoteles, en los teatros o en los cabarets, n i tampoco porque en esas pirámides de vegetales y animales, de dulces populares y de pasteles campesinos haya una variedad cromática infinita y una tan fresca y robusta poesía, que el mercado de Mallorca, por ejemplo, hizo vibrar a hombre tan sensible a la belleza como R u b é n D a r í o sino por conocer a q u é costo vive l a gente y descubrir así, por mí mismo, la razón elemental de su tristeza o su buen humor, de su apacibilidad o su iracundia. M e gustan las ferias y los mercados populares. Y es claro que conozco los de París, y los de Londres, hasta e l j u d i o de Whitechapel; pero he visitado, además, los de muchas villas y aldeas saboyanas, suizas, polacas; los de Bucarest y Sofía, los tenderetes en que los turcos vendían, en Constantinopla las uvas y los higos de Esmirna, y, sobre todo, los de Italia, desde los de Bolonia- -docta e grassa- que es, como saben todos los gastrónomos, una ciudad donde se come bien- hasta esa maravillosa plaza del Mercado Viejo, de Verona, en- -la que una tarde estival adquirí la mitad de una roja y perfumada sandía, ante l a estupefacción, del cicerone que acababa de mostrarme a pocos pasos el balcón en que- -me había dicho con toda seriedad- -Julieta tendía su escala a Romeo. Ir al mercado es ponerse en contacto con la tierra fecunda y con los que todavía viven de ella. E s oír la lengua vernácula en su pureza y las falacias y las socarronerías de los mercaderes, idénticas a las que usaban hace siglos. E s comprobar cómo se perpetúa, bajo los monstruosos artificios de la c i vilización industrial, ese tráfico esencial i m posible de substituir por ningún maqumismo. Cuanto más gris es l a ciudad, m á s altos sus edificios, m á s amplias y m á s largas sus vías, m á s tentaculares sus suburbios, m á s me complace ver en la hora matinal su mercado, por el que parece que llegan hasta ella el mar inmenso y la campiña inocente, los peces azules o plateados, ios frutos y las legumbres de cada estación, las hojas y las semi-
 // Cambio Nodo4-Sevilla