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CUENTOS EXTRANJEROS DE HUMOR r- U E el 4 de agosto de 1867 cuando por primera vez subí a bordo del Dorado en calidad de segundo maestre. P e r o permitidme, ante todo, que os haga una pintura de mí mismo. E r a yo entonces alto, atléico, bronceado por el sol, la luna y las estrellas; daba la impresión de un muchacho que fuera a la vez superiormente inteligente y extremadamente modesto. Cuando aparecí en el puente del Dorado no pude por menos de admirar mi uniforme de marino, que se reflejaba en el cercano tonel de alquitrán. -S e d bienvenido, señor B l o w h a r d- -m e dijo el capitán Bilge, que era el comandandan ie del velero. ¡Buen mozo aquel capitán B i l g e H a bía que verlo ordenar la maniobra con su megáfono en la boca y empleando ese lenguaje un poco bruial que tan bien sienta a los viejos lobos de m a r ¡V a m o s señores! N o se fatiguen demasiado... Tenemos tiempo- N o queden mucho al sol... ¡Hola, Juan, que te vas a deslizar por el bauprés... T e n cuidado... Guillermo, ¿me haces el favor de largar esa amarra? T r e s d ¡as después bogábamos en plena mar, v por la mañana el capitán Bilge vino a mi encuentro y me dijo: -S e ñ o r B owhard, a partir de esta noche se encargará usted dos veces del cuarto. ¿P o r qué, comandante? -L o s dos primeros maestres han caído al mar. N o contesté nada; pero esta desaparición simultánea me pareció misteriosa. Dos días más tarde Bilge me abordó en la cubierta de proa y me dijo con aspec. o de hombre embarazado: -T e n g o el sentimiento de decirle que hemos perdido a nuestro maestre timonero, ¿C ó m o eso? -Y o he tenido un poco de culpa. A y! Imagínese usted que esta mañana, al colocarle la pequeña escala para que subiera a obenques, le dejé caer al agua... P e r o habrá usted intentado salvarlo. Pues, si he de decirle la verdad, todano. o fijamente a B i l g e y me callé. E l se espesaba. A l jueves s guiente ió el maestre calafate. E l sábado 1 gaviero Anderson. E l domingo, ido yo en la barra, v i a por el puente y llévanpor la pierna izquierda, inquieto, observé a cocerse cerca del filare f- caer a! pobre mttij- TTuran. e algunos estuvo sobreíipató viejo, desapareció. 1 F ¡Había averiguado ya la clave del enigm a! Nuestro comandante ahogaba uno a uno a los hombres de la tripulación. A l día siguiente, a la hora del desayuno, B i l g e me h i z o su confesión y sacó de u n cajón un pergamino amarillo. -B l o w h a r d- -m e dijo en voz b a j a- tengo confianza en usted... Escúcheme. H e aquí el plano de una isla que contiene un tesoro de varios millones de duros. T e n g o el propósito de descubrirla. P e r o de aquí a que la descubra tengo que reducir la tripulación con objeto de aumentar nuestras dos partes. ¿E s usted mi hombre? ¡Cjue se me perdone si contesté afirmativamente! E r a joven y ambicioso. A q u e l día me fui al puesto de la tripulación con objeto de sondear el estado de alma de nuestros marineros. Mataban su tiempo en las rockings- chairs y fumaban cigarros, o dormían la siesta en sus camas. A l entrar yo se levantaron todos y se i n clinaron. -J e f e- -m e dijo en onces el segando c o n tramaestre T o m k i n s- permítame que le comunique el descontento de mis camaradas, admirados de tan frecuentes desapariciones. Apenas hube calmado los temores del marinero me precipité al camarote de Büge. -L l a m e a Tomkins- -con. estó sencillamente. El segundo contramaestre apareció. -S e ñ o r T o m k i n s- -l e dijo entonces el cor mandante- tenga la bondad de pasar la cabeza por ese rraga uz y observe ese navio que pasa a l o largo. B i e n comandante. T o m k i n s obedeció. Entonces, a una señal de Bilge, cogí la pierna derecha de T o m k i n s mientras Bilge le agarraba la izquierda, y le arrojamos al mar como quien arroja una carta al correo. T r e s días más tarde, después de haber franqueado el cabo de Buena Esperanza, encontramos un barco pirata en el océano Indico. Espectáculo inoividable. É l navio estaba pintado de negro, lo mismo que so pabellón y su tripulación. L a s dos naves se unieron. Se colocó una pasarela entre los dos puentes y en seguida nos atacaron los corsarios, dando vuehas con los ojos feroces y rechinando con los dientes y con las rodillas. E l combate duró dos horas, con una pausa de veinte minutos para el almuerzo. F u é terrible. L o s hombres se abofeteaban en pleno rostro y a veces, en el paroxismo de la rabiarse mordían en- kcs- mejillas. Advertí qué un pirata gigantesco blandía una toalla a cayo extremo estaba atada una esponja el cual fué puesto fuera de combate por nuestro valiente capitán de un sencillo golpe de piel de banana asestado en medio de h. frente. A la hora y media el match fué declarado nulo y el navio pirata se alejó entré las aclamaciones de los corsarios. P o r desgracia, en el curso de la lucha se había abierto una vía de agua en el casco de! Dorado. L a sonda nos descubrió la presencia de un medio centímetro de agua en la cala. D e s pués de veintiuna horas de trabajo de bom- bas comprobamos con horror que él agca había subido otros dos milímetros. L a s i tuación era desesperada. Aquella noche B i l ge fué a buscarme a mi camarote y me d i j o -E l Dorado va a hundirse... Se está h u n diendo ya muy lentamente... E s t o puede durar seis meses, un año, dos años quizá; pero el naufragio es inevitable... E l único medio de salvarnos es huir en una balsa que. vamos a improvisar en el acto. Pusimos manos a l a obra. S i n que lo supiera la tripulación aserramos los mástiles, los cortamos en vigas y los juntamos atándolos con lazos de los zapatos. A r r o j a m o s con toda prisa sobre la balsa víveres, bebidas, un cronómetro, u n sextante una bomba de bicicleta y otros instrumentos científicos. Nos abrazamos Bilge y yo, y a las p r i meras luces del alba bogábamos sobre la balsa en medio del océano sin límites. H a c i a mediodía, después de habernos afeitado, quisimos comer. Entonces fué cuando nos dimos cuenta de nuestra horrorosa situación. Bilge se había llevado c i n cuenta y dos cajas de beef en conserva, pero se había olvidado la llave para abrirlas. L l e n o de espanto me precipité y o sobre las cincuenta y dos boieSlas de Ginebra. E s taban taponadas mecánicamente. Aullé como un loco: -i B i l g e! ¿Qué hacemos? ¿Dónde está el aparato para abrir estas botellas? Ayunamos ocho días. A l noveno, roídos por el hambre, decidimos echar a suertes para saber cuál de los dos se comería a l otro. Preparé dos pajas y se las tendí a Bilge. Tiró de la más larga. ¿Q u é quiere decir esto? -dijo con i n quietud- ¿H e ganado p be perdido? -N o Bilge- -respondí tristemente! H a s perdido. U n mes más tarde, después de haber r e parado mis fuerzas, llegaba a una isla desierta y allí viví míserab emente, vistiéndome con hojas de cactus y alimentándome con arena húmeda. Este régimen minó poco a poco mi sólida constitución. Caí enfermo de mal de piedra, morí y me enterraron a l a orilla. i S r p o r lo menos pudieran imitarme los autores de aventuras de pirataSi. STEFHEN LEACOCK I (Dibujo de Mareo.
 // Cambio Nodo4-Sevilla