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A B C MIÉRCOLES 8 D E O C T U B R E D E ig. 30. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 áovela de Marcel Prevost ninguna mujer sabia en desacuerdo con las leyes o las costumbres de su tiempo. N o hay más que mujeres ávidas de sacar del minuto presente el mejor partido posible. E l gran novelista no cae en la candidez de suponer que el amor ha cambiado después de la guerra. Sigue siendo lo que era cuando lo definía Spinoza: el encuentro de dos apetitos que se conciertan para propagar la vida. Se puede sostener, y en ello conviene el gran novelista, que se ha materializado un poco. L a juventud, acosada por otros deseos, no le presta la atención, un tanto religiosa, de sus antepasados. L o s deportes, sin amortiguar su sensualidad, la han disciplinado. Antaño nos acercábamos a la mujer con más precauciones. E l romanticismo iba en la vanguardia del instinto para suavizar, a la hora de l a victoria, las condiciones de la sumisión. Pero substancialmente el amor era el mismo: una brasa del fuego solar, que se nos metía en la sangre, caldeándonos la fantasía para que la retórica tuviese una participación en las relaciones sexuales. A h o r a el ascua no extiende tanto su calor, y como las mujeres no protestan de la novedad, no se ha registrado todavía el menor déficit en la repoblación de los pueblos. E s evidente que la juventud ama el dinero con un frenesí que no sentía en otras épocas. Ellos y ellas. ¿Pero qué le vamos a hacer? E l dinero, que siempre tuvo una gran importancia, ha adquirido un prestigio tal, que se comprende a ratos la reacción mística de las doctrinas políticas que combaten su supremacía. E s a hegemonía del dinero y de las ventajas que comporta explica el auge que está alcanzando el comunismo y su empeño en alterar las bases de la civilización. L a contrafigura del financiero es el agitador. A las dos formas de inferioridad masculina que antes desacreditaban a nuestro sexo: la fealdad y la falta de inteligencia, ha venido a sumarse una tercera, tan depresiva como aquéllas: l a pobreza. N o tener dinero es casi tan bochornoso como ser un animal. H a y que ver la atención deslumbrada con que se fijan las muchachas pobres en un sujeto, de cualquier edad, que se apea de un auto de buena marca. Sus ojos interrogan: ¿Por qué no me lleva usted... Si el bienestar las conmueve, el lujo las marea. Y eso pasa en París, en Varsovia, en Barcelona y en Montevideo, porque el alma femenina es igual bajo todos los climas... MANUEL BUENO lidez y el momento fué mal elegido. Los obreros fueron al paro sin el menor deseo, coaccionados, por miedo a las Stars. y a otras represalias. L a huelga se perdió porque debía perderse. E s el fracaso más grande, más rotundo, que recordamos del Sindicato Único. E l Comité de huelga firmó unas bases en las que todas las ventajas estaban de parte del patrono. A l día siguiente sesenta m i l obreros volvían al trabajo completamente vencidos y con una pérdida en jornales de tres a cuatro millones de pesetas, de la que no se resarcirán fácilmente. Este último y ejemplar fracaso del S i n dicato Único, ¿aconsejará a los mandones, de la clase obrera a proceder con más cautela en la organización y declaración de huelgas o los inducirá a nuevos ensayos de revolución social y a efectivos desórdenes en el trabajo en busca de un desquité, de una victoria que haga olvidar la tremenda derrota de septiembre? Como para la buena marcha del cobro de cuotas o cotizaciones se necesita de la periódica y sistematizada agitación obrera y del espejuelo de la revolución social, de la repartidora y dictadura del proletariado, es de temer que optarán por el desquite, por poco que la tacañería o inconsciencia patronal les dé motivo ó pretexto para, probar fortuna. Quiera Dios que no volvamos a los años anteriores a la Dictadura. E l obrero cata- lán, considerado individualmente, es D u e n t Q dócil, equilibrado, comprensivo. Antes peca de conservador que de revolucionario. E s larva de burgués, y desea convertirse en c r i sálida. Su aspiración es llegar a ser patrono y tener una casita con huerto. Hasta es liberal cuando no manda. Su socialismo, su comunismo o su anarquismo es dé ocasión. S i logra salir del estado de jornalero, es un patrono más. Pero obrero asociado, célula del Sindicato rojo, actuando de sindicalista, amo de la calle, es temible, no repara en la gravedad ni en la. injusticia de sus acciones, va derecho a lo que le interesa, atropellando a quien sea. E n punto a cometer arbitrariedades y despotismos, deja muy atrás a los patronos más desconsiderados. Aún recordamos con espanto, dolor y vergüenza la actuación sindicalista en Barcelona durante los años 1921, 1922 y 1923, a la que puso fin la Dictadura, del general Primo de Rivera. Todos fuimos víctimas de aquella barbarie. A la ciudad se la dejó sin luz, sin pan, sin leche para dar a los niños y a los enfermos, sin poder enterrar a sus muertos, sin un mal carruaje para acorrer a una desgracia. Én los talleres reinaba la indisciplina más subversiva e intolerante. L a huelga de brazos caídos, es decir, la de cobrar y no trabajar, se había erigido, en sistema de lucha o de lo que fuese. Se practicaba el sabotage. Las modistillas, en la obra, cortaban las sedas, de los trajes en confección y tronchaban las plumas para los sombreros; en las cuadras morían los caballos envenenados, y en las fábricas se manchaban los tejidos y se echaba arena en el engranaje de la maquinaria. Durante tres semanas estuvo la ciudad mártir con la basura amontonada en las calles. Tocar a ella había pena de muerte. P o r milagro no se declaró una epidemia. Protestantes de la previa censura, los sindicalistas establecieron la roja, con tal r i gor y tal despotismo, que, comparada con ella, resultaría un ejemplo de tolerancia la de los seis años de Dictadura. L a originalidad de la inserción obligatoria no pertene- ce al general Primo de Rivera, sino al sindicalismo rojo catalán, que la decretó para dos periódicos barceloneses, aprovechándose de haberse apoderado de su dirección. Falta en la lista de atropellos los atentados, cometidos de noche y a la luz del día, en la calle y a domicilio, contra patronos y obreros no sindicados, jueces, policías, otras autoridades y menores de edad, como el niño de trece años asesinado de cuatro balazos por recoger unas basuras. ¡Bien se hartaron de hacer correr la sangre! Algunas veces equivocadamente, como en el music- hall Pompe- ya, donde se hizo estallar una bomba, calificada de palo de ciego por los propios sindicalistas, que mató a cuatro personas. Borrachos de sangre, por incontinencia homicida, llegaron a atentar contra la vida de un hombre tan bueno y- tan amigo de los obreros, el Sr. Martínez Dopiingo, a. la sazón alcalde de Barcelona. Con amenazas de. muerte, que, de no tenerse en consideración, se cumplían, aterrorizaban a testigos y a jurados de procesos contra pistoleros acusados de asesinato. Esos pistoleros acabaron por operar por cuenta propia. Entonces v i nieron los asaltos a los Bancos, despachos y restaurantes, seguidos de agresiones y derramamiento de sangre humana. Nadie se opone a que el obrero mejore de situación, ni se desconoce el derecho a la huelga, cuyo ejercicio es en muchos casos necesario; a lo que no hay derecho es, sean cuales fueren las quejas o las pretensiones del proletariado, a convertir, como tantas Veces ha ocurrido en Barcelona, la lucha legal entre el capital y el trabajo, en pertinaces explosiones de salvajismo. ADOLFO MARSILLACH Disfrute a la moderna Adquiera un moderno y perfecto aparato radiofonógrafo Atwater Kent y l. as horas se le volverán minutos e s c u c h á n d o l o A tlHOTER. NT RADIO FONOGÜAFO AUTO ELECTRICIDAD S. A g u s t í n 3- M a d r i d Barcelona- Valencia- Sevilla Bilbao- Alicante París, septiembre, 1930. LA VUELTA A HUELGAS LAS Durante los seis años largos de Dictadura, en Barcelona sólo hubo un conato de huelga. Fueron a ella con sobrado motivo unos peones empleados en las obras de la Exposición, a quienes sus patronos, prevalecidos de la abundancia de brazos y solicitudes de trabajo, pagaban jornales a menos de cinco pesetas, siendo asaque los presupuestos de las obras se habían hecho a base de siete. E l dictador, llegado oportunamente a Barcelona, amenazó a los huelguistas con deportarlos a Burgos, A v i l a y P a lencia si en el término de veinticuatro, horas no se reintegraban al trabajo. A l mismo tiempo conminaba a los patronos afectados por la huelga a pagar los jornales a siete pesetas. Estos, por miedo a duras sanciones, obedecieron en el acto. Y no hubo más. Caída la Dictadura, el Sindicato Único, ya reorganizado, quiso medir sus fuerzas. P a r a esto aprovechó el primer pretexto que le ofrecieron las circunstancias para decretar una huelga. E l pretexto carecía de so- oCO