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A B C V I E R N E S 17 D E O C T U B R E D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 7 fa amenaza perpetua de una intervención de los Estados Unidos. De Méjico, por ahora, no hay noticias sensacionales, aunque aquel Estado, desde la larga y próspera dictadura de Porfirio Díaz (a quien los radicales y demagogos quieren atribuir todas las catástrofes que han venido después) se halla en continua guerra civil y rivalidad de caudillos militares. Pero, en fin, la sorpresa del año ha sido la revolución en Argentina. Estábamos convencidos aquí de la estabilidad política y social de la República del Plata, de su prosperidad económica, de su progreso, de su admirable evolución democrática, de la soberanía del poder civil, etcétera, etc. Nuestra Prensa- -sobre todo la de extrema izquierda- -no escatimaba sus elogios al presidente Irigoyen, al político radical avanzadísimo, al ciudadano incorruptible, ídolo del pueblo, al hombre honrado, modesto, amigo de España e inspirador de la Fiesta de la Raza en la Argentina. Y ha bastado la rebelión militar del general U r i buru, coronada por el éxito, para que esta misma Prensa nos revele, algo tardíamente, al dictador demagogo, al tirano civil que tenía oprimido al pueblo argentino y corrompida la administración. ¿Qué pensar, pues, de estos cambios de criterio y de política internacional? Diríase que las Constituciones democráticas y avanzadas no se asimilan bien a la psicología de los pueblos latinos. uso y abuso del Poder; pero, en cambio, cuando Mussolini se permite un acto semejante, ¡ah! entonces la Humanidad debe estremecerse de indignación. Y sin embargo, en la nueva Turquía republicana, otro dictador militar, Mustafá Kema! es una especie de Zar absoluto, que europeiza a la fuerza a sus subditos. En Grecia, también republicana ahora, el país, fatigado por las guerras y las interminables luchas civiles, consiente la hegemonía política del sutil cretense Venizelos. ¿Qué tienen de Repúblicas casi todos los nuevos Estados europeos, que han pasado una o varias crisis revolucionarias? Nada, salvu su engañosa fachada constitucional. A Hungría la gobierna su Regente, el almirante Horthy, mientras su legítimo Rey vuelva a ocupar el Trono. La República austríaca está amenazada de un grave peligro interior, y la Heimwehr, o sea la Liga fascista agraria, se alza contra T 1 socialismo de la empobrecida Viena. Hoy forma parte del Gobierno reaccionario de Vaugoin el propio príncipe Stahrenberg, jefe de la Heimweh r, que parece dispuesto a poner fin a la política socialista. Mas entre todas las Repúblicas aparentes de la postguerra ninguna ha chasqueado tanto a los apologistas del pacto de Locarno y de la Sociedad de Naciones como la enigmática República alemana. E l triunfo de Hitler en las recientes elecciones, y el de sus legiones de nazis, dispuestas a asaltar el Estado y a alzarse contra los Tratados, ha causado el estupor y el pánico entre los republicanos del mundo entero. ¡Otro candidato a dictador, y en otra República, por más señas! ¿Será posible? A orillas del mismo Rhin cien mil cascos de acero desfilan brillantemente ante dos principes prusianos, hijos del ex Kaiser, y todo un Estado Mayor de políticos y militares. ¡Vaya un espectáculo que están dando las Repúblicas! Y es curioso que mientras tanto den un ejemplo de tolerancia, de libertad, de constitucionalismo parlamentario y de equilibrio político y social, Monarquías tan retrógradas como Inglaterra, Bélgica, Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca... A L V A R O ALCALÁ G A L I A N O curvas de nivel, me angustian y sobrecogen. Si no ha vagabundeado por ella a pie muchos años, nadie que no la haya cruzado por el aire de Norte a Sur y de Este a Oeste conoce lo que es España. Tendrá una idea aproximada, hecha de visiones fragmentarias, completadas por datos librescos más o menos exactos; no habrá podido percibir en una sensación ininterrumpida, ca- i alucinante, su terrible y augusta tristeza. En el avión viajan señoras y hombre jóvenes, elegantes, que ya conocen y han utilizado en otras partes este medio de locomoción. -Los políticos españoles, los que gobiernan o aspiran a gobernar- -dice uno de ellos- deberían recorrer de este modo eí ámbito de la Península. Así comprenderían cuáles son sus necesidades reales, y verían hasta qué punto, por ser distinta del resto de Europa, es absurdo obstinarse en dar aquí preferencia a temas que pueden ocupar a los otros países y en el nuestro son impertinentes. Hasta ancianos estadistas y hombres de Iglesia, como monseñor Seipel y Mr. MacDonald, emplean el aeroplano para ir de un lugar a otro. ¿Se sabe de muchos personajes políticos españoles que hayan cometido esa imprudencia? Y esa abstención de usar un instrumento de traslación tan moderno, no evidencia, a despecho de todas sus protestas progresistas, su profundo misoneísmo? Flota el aparato serenamente en el ambiente azul, sobre las montañas intrincadas, entre cuyos valles sinuosos se desliza el Tajo, cerca de Trillo. Nada enturbia la diafanidad del ambiente. Se diferencian en detalle los más ínfimos repliegues de las montañas, y cuando en una meseta se alzan aislados algunos arbolitos, desde arriba siempre los vemos erguidos sobre su sombra. Hay pueblos tan aplastados, tan pegados al suelo Ceniciento, que rió parecen proyectarla. Discernimos los tapiales de las corralizas, los tejados a que el polvo dio el mismo color que el terreno. Pero ni un hilo de agua, ni una fronda, ni ún signo de vida. ¿Están deshabitados? Su soledad, su aire desierto, nos acongojan. Luego de cruzar rebaños de montes poblados de enemas, tornamos a encontrar las tierras de pan llevar que hay cerca de Molina de Aragón. Salvada la Sierra del Castillo de Zatra, espejea a lo lejos un agua inmóvil, en medio de terrenos de apariencia salitrosa. -i Qué es eso? -La laguna de Gallocanta. L a sombra del avión se sumerge en ella; pero vuelve a salir, cuando hemos pasado, en la otra orilla. No hay tampoco árboles en torno al agua que tiene la quietud del vidrio, especie de minúsculo mar Muerto. N i un viandante entre los apartados pueblecitos que la rodean, ni una cabalgadura, ni, por supuesto, un carro o un automóvil. Sin embargo, no estamos lejos de una linea férrea, la de Valencia a Calatayud, que va junto al Jiloca, paralelamente a la carretera, y cruzamos entre Calamocha y Daroca. E l río, de escaso caudal, marca, no obstante, en el árido paisaje una interminable línea verde, de Sur a Norte: árboles, almunias, estrechos prados, donde tal vez hay ganados que no vemos. En esa triple, arteria del camino, el ferrocarril y el río, parece haberse concentrado la vida que falta a Levante y Poniente en una vasta extensión de tierra aparentemente yerma. Derivamos hacia el Norte hasta columbrar el pantano de Moneva, no muy lejos de Lécera. Minutos después estamos sobre Samper de Calanda. Y en, seguida la sombra de! aeroplano comienza a pasar y repasar las curvas- y meandros de Un caudal de agua verde, profundo, que desde Sástago a Caspe titubea y parece querer volver sobre sus pasos. Mas lo curioso es, en lo que se refiere a Europa, la inadaptabilidad del régimen republicano en varios Estados modernos y su incapacidad patente para resolver los problemas políticos y sociales, respetando su propia Constitución. Obsérvese, además, el fenómeno de que hoy día en Europa, no es en las Monarquías, sino en las Repúblicas, donde. las dictaduras unipersonales hallan su mayor arraigo. E l fracaso palpable de sus revoluciones se demuestra por el hecho de tener que recurrir a un dictador militar o civil, después de ensayos diversos, crisis gubernamentales y sublevaciones armadas. E l ejemplo de Portugal debe servir a cuantos españoles no se dejan impresionar por los discos del mitin popular, ni por la prosa incendiaria de nuestra Prensa revolucionaria. Allí la República iba a arreglarlo todo, y la revolución prometía, por boca de sus apóstoles, el remedio a todos los. males, atriPOR E L C I E L O D E buidos, claro está, a la Monarquía. ESPAÑA Y ahora cabe preguntar a cualquier ciudadano de buena fe: jQué beneficios tía traído a Portugal el régimen republicano? Nubes sobre Cataluña Una serie de trastornos políticos y sociaNo de otoño, sino de verano caluroso, pales, cuyas amargas experiencias ha sufrido el noble pueblo portugués, como un conejo rece la tarde en cuya luz deslumbradora el avión plateado navega hacia Barcelona. No de Indias. No me sería posible resumir aquí es difícil orientarse- -con las hojas de ruta siquiera la triste historia de la República portuguesa, desde el carbonarismo y el que sirven para los automovilistas- -viendo radicalismo sectario de Alfonso Costa hasta las líneas férreas que de la villa y corte la época presente. Nada ha faltado, salvo parten hacia el Sur y al Este, las carreteras la tranquilidad en el país. Huelgas revolu- que convergen, se cruzan, se separan sobre cionarias, conatos de guerra civil, subleva- los campos rojizos o de color de ocre, los ciones continuas en la Marina y en el Ejér- estrechos y escasos cursos de agua, la vega verde del Henares. Este es mi último viaje cito, perpetuas crisis gubernamentales, intrigas y conspiraciones, embrollos parla- aéreo por ahora. Lejos de aplacar mi curiosidad, los anteriores parecen haber examentarios. Hasta que, por fin, ha surgido la inevitable dictadura militar, que hoy en- cerbado, no el vano deseo de ver tierras carna el general Carmona, para mantener el que cualquiera puede visitar fácilmente, sino el irresistible afán de completar mi visión orden público. Igual que sucedería en Essintética, aunque real, del suelo patrio. A d paña, a pesar de los superhombres de trimiro a los que lo aman pelado, talado, sin buna y de cátedra, que tampoco faltaban en Portugal entre las filas revolucionarias. árboles, y no lo consideran sino como espectáculo pictórico, por la delicadeza y vaPero sigamos con las Repúblicas actuales. riedad de los matices que la luz da a las E n Polonia, el popular mariscal Pilsudski, cumbres de sus montañas. Yo no sé situarde ideas avanzadas y radicales, es, sin em- me ante el panorama español como un tubargo, desde la independencia de aquel país, rista a quien únicamente interesa lo pintoun verdadero dictador, que- hoy día impone resco. Esas llanuras sedientas, esas mesesu voluntad al Parlamento y encarcela a tas desoladas, despobladas, esas montañas sus adversarios sin preocuparse de la leen que, desde lo alto, se ven los estratos galidad. La Prensa democrática y republi- geológicos como si tuvieran dibujadas las cana de otros países no protesta contra ese
 // Cambio Nodo4-Sevilla