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A B C. M A R T E S 4 D E N O V I E M B R E D E 1930. tención resulta imperdonable y toda ausen. cia no encontrará jamás disculpa, si los abstenidos y los ausentes se hallaban en la obligación de concurrir. Ya tomó nota de este hecho la Prensa por aquellos días, y acaso no con toda la severidad que fuera necesario, porque otros múltiples asuntos de actualidad requerían su atención: un insigne periodista madrileño, a quien todos consideramos maestro, puntualizó, también posteriormente, la censura, y el traer a colación en este caso a la Prensa y a un gran periodista es porque, tratándose de L a r r a su nombre y su personalidad nos pertenece, ya que en el periodismo, y como gran luminar, consiguió destacarla por su akr. o. E l l o ocurrió el día 13 de abril de este año. E l celo y el amor de unos cuantos admiradores: Alberto de Segovia, Castrovido, Acevedo, Fernández Rodríguez, L a r r a (don F. Pulido, Francos Rodríguez, y no sé si alguno más, les llevó a erigir en el Prado, muy cerca de la fuente de las Cuatro Estaciones, un busto del egregio maestro, modelado por el escultor Sr. Perdigón, colocado sobre un basamento hecho por el arquitecto Teodoro Anasagasti. A la hora señalada, un buen puñado de artistas, familiares, escritores, periodistas y espectadores de buena voluntad nos congregamos para: descubrir el busto. Recordando algunos que en actos análogos habíamos contemplado el atuendo oficial, con el obligado cortejo de la comisión del Ayuntamiento y hasta de la Guardia municipal, aparte de otras representaciones de d i versa índole, extrañamos que nada de todo aquello concurriese, aunque sí recuerdo que la única representación del Municipio que advertí fué la de un guarda de aquellos jardinillos, y esto porque me dirigí a él para que facilitase un asiento con destino a F r a n cos Rodríguez, que llevaba ya un buen rato a pie firme, agobiado por sus achaques y sofocado por el calor de la mañana abrileña, en que el sol calentaba de veras. Y como transcurriera el tiempo y no llegase nadie de la Casa de la V i l l a- -s e nos 1 dijo que, por ser Domingo de Ramos, la Corporación, o una representación de ella, asistía a la bendición de las palmas en la Catedral- -se descorrió la cortina y el busto del inmortal madrileño- -paisano de Ouevedo. de Calderón, de Lope de V e g a y de M o ratín, y hermano de algunos de ellos por su aticismo- -quedó descubierto. E n nombre de los periodistas madrileños pronunció un discurso Francos Rodríguez; en representación de los extranjeros leyó un trabajo preciosísimo el uruguayo Sr. M a l donado por los de provincias habló Jaime Tur; yo- -que antes que toda otra cosa soy periodista- -dije unas palabras en nombre del Círculo de Bellas Artes, y aunque se encontraba presente el culto e inteligente subsecretario de Instrucción pública, rogué al de la Presidencia, Sr. Benítez de Lugo, que, por ser periodista también, fuese él quien dejase oír su palabra, como representante oficial, y así lo hizo el entusiasta camarada, regalándonos con un discurso inspirado y vibrante. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAC 7 Manila enteia. se hallaba como sumergida en un inmenso acuario. N o respirábamos aire, sino vapor de agua; una nube goteante nos envolvía de continuo, cegándonos; el cochero tagalo achuchó las jacas y las puso a trote largo, sin castigarlas, excitándolas, según la costumbre india, chasqueando simplemente la lengua contra el paladar; los arboles de fuego que abundan en los j a r d i nes de las casas del barrio de la E r m i t a atraían los alilap tap, mariposillas diminutas que durante su rápido, constante vuelo nocturno, encienden y apagan sus deslumbrantes, fosforescentes linternas. Como vuelan agrupadas por cientos de miles, los resplandores de sus mecheros errantes iluminaban o ensombrecían discontinuadamente las copas de los árboles caballeros de la Australia plantados en todos los jardines con profusa, hermosa prodigalidad. A medida que avanzaba el coche por las calzadas, las ñores rojas, encendidas y apagadas de pronto por los alitap tap, aparecían ante mis ojos como inmensas manchas de sangre. ¿Constituiría esta visión triste presagio? ¿Qué desdichas vaticinaban? me pregunté. E n esto, antes de llegar a la iglesia de la Ermita, me dio el alto una pareja del i m provisado escuadrón de Caballería mandado por D Javier Bores, valiente, entusiasta patriota, que ha muerto sin recibir recompensa a su activa fe. M e detuve a hablar con los voluntarios, y su charla animosa, confiada, atrevida y alegre, borró de m i mente los terribles agüeros que atribuí sin motivo a las flores escarlata y a las fosfotescentes mariposas. Dos días después el general Blanco se decidió a forzar las trincheras que los rebeldes habían construido al final del istmo de Dalahican, en la provincia de Cavite. L a columna de ataque se componía de dos m i l hombres pertenecientes a todas las A r m a s fué designado como jefe el general D. Diego de ios Ríos. L a suerte, en aquella ocasión, nos fué adversa; tuvimos muchas bajas. E n el Casino Español los socios pasaron la no- che en vela, organizando y enviando socorros a Cavite, trabajos y servicios que. la Metrópoli ofreció premiar y no lo ha hecho. E l dado arrojado al aire mostró al caer desesperanza. ¡Pobre Filipinas, que fió entonces, por consejos de mestizos dé chino, en quien no debió nunca f i a r! Yo expresé mi sentir acerca de la libertad de las islas en el último verso de un soneto que solicitó de mí un grupo de inteligentes y leales criollos que viven en M a cabebe y no olvidan a España, cuya santa bandera izan, los días de fiesta, sobre las murallas de piedra erigidas por el oidor don Simón de Anda, a, quel togado valeroso que tan implacable guerra hizo a los ingleses de Draper hasta recobrar M a n i l a M i soneto, malo por ser mío, después de recordar a Filipinas que la habían sacado los españoles del fondo del mar y, pródigos, le entregaron ü habla más dulce de la tierra, el alma, que no conocían sus habitantes, y el verdadero Dios, que ignoraban acusaba de ingratitud al archipiélago de las mil cincuenta islas y terminaba con esta imprecación sentimental, que no fué muy del agrado del preboste de Manila, porque su previa censura la tachó: ¡Filipinas! si libre logras ser, ¡no te maldigo! Después de muchos años, cuando la nieve cubre mi cabeza, pienso que todo pueblo que se basta a sí mismo debe ser libre, y estoy al lado de los que piden justicia y l i bertad en el archipiélago de Magallanes y Legazpi, no descubierto ciertamente por i n gleses ni por sus primos carnales de otro lado del Atlántico. RAFAEL C O M E N G E podríamos recordar aquel otro de corte l a pidario que lleva por título El mundo todo es máscaras; todo el a io es Carnaval. A. R A M Í R E Z T O M E BROCHAZOS TEMPLE M a n c h a s de sangre AL Hubo una pausa; el general registró, uno por uno, todos los papeles que casi cubrían la mesa de su despacho; por fin dio con lo que buscaba, cogió una cuartilla escrita a máquina, me la mostró con ademán solemne y me d i j o -No soy y o es la Reina Regente la que me lo recuerda; mire usted el cablegrama que recibí esta tarde. Y me alargó un papel en el que leí emocionado estas sublimes palabras: Reina Regente a capitán general de F i l i pinas S i las necesidades de la guerra aconsejan castigos, no olvide V E aquella ley de Indias que dice: D i o s da mundos y continentes a España para que se aumente la fe de Cristo Pido al cielo protección para los indudables triunfos de nuestros soldados. ¡Lucharemos hasta m o r i r! -exclamé entusiasmado. ¿Lucharemos? Venderemos caras nuestras vidas. E s lo único que podemos hacer. E l marqués de Pcñaplata se levantó en señal de despedida, diciéndome con tranquila, juvenil arrogancia ¡A n i m o! ¡A- duros trances, más bríos! Dé usted un abrazo a los compañeros, del Casino que han formado una guerrilla. Debí entonces aventurar una frase heroica; pero me sentí tan emocionado, que no pronuncié palabra, alguna; y eso que estaba convencido de que Marina, Ejército, voluntarios y guerrilleros sabrían morir por la Patria. Me limité a estrechar la mano que me tendía el aguerrido soldado, y se la apreté con todas mis fuerzas. Fué un juramento mudo, pero leal y sincero. Cuando atravesé el puente levadizo y entré en los Aguados, una lluvia menuda caía sobre la dilatada planicie de la gran ciudad. Soplaba viento huracanado desde la. isla del Corregidor, a cuyo fuerte empuje la lluvia, dispersa, pulverizada, torcía y rectificaba trayectorias y direcciones a cada momento; iovía de arriba a abajo, desde la tierra al cielo, de través, en sentido perpendicular, oblicuo, horizontal, de costado, en giros caprichosos, en torbellinos e inundaciones agobiantes. U ROD O NA que limpia la sangre se expende en frascos de triple cabida para una cura completa. Con amargura lo digo. Tanto me dolió la ausencia del Ayuntamiento de Madrid en aquel acto, que, aun salvando todos los respetos a las personas, y aún dando por ciertas las lamentables coincidencias que fueran de ello causa, formé el propósito, como tributo a la memoria del gran madrileño, de hacer pública algún día esta queja. Y el día ha llegado hoy; en uno de éstos de principios de noviembre, en que recordamos El día da Difuntos, o mismo que en uno cualquiera de los restantes del año, CASA AGUSTÍN UNGRIA Plaza Encarnación, 2, Madrid