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L A V I L L A D E MITAS, E N M A L A G A I UNA PLAZA DEL PUEBLO. 2, LA IGLESIA, ESTAMPA EVOCADORA. 3, VISTA ADMI RABLE DE LA SIERRA DE MIJAS, PULMÓN DE MALAGA (FOTOS HOMS) íl vos tapices inmensos. Y en ellos miles de figuras se mueven, giran y se deshacen en finísima lluvia de sol. Tienen estas magníficas mutaciones procesos de pintura gloriosa y de armonía magistral; pues, según se recrea la mirada y ansia ir más allá de lo que admira, en los fondos del alma se sierw te con íntimo arrobo y dilectísima devoción el eco de la alborada inolvidable en que una orquesta invisible va vertiendo las emociones de la mañana. Con los ojos empapados de luz y de color, luego de amanecido comenzamos a planear una jira a la sierra. Antes desayunamos en el pueblo, en un patio muy andaluz y muy castizo. Puestos ya sobre la ruta, al desandar la carretera camino de Jarapalos, que está en el corazón de la sierra, según nos informan, nos seducen y entretienen los mil detalles próximos de la ladera, que tienden una alfombra de esmeralda a los pies de la preciosa villa. Nos llenan de asombro las huertas feraces, formando simétricos bancales que semejan páginas giganteas del santo libro del campo; huertas, alegres que, a una considerable altura, parecen capricho y milagro de la Naturaleza. Y es que M i jas, por ser pródiga en todo, lo es hasta en sus aguas, que la sierra filtra y purifica, ofreciéndola a los brazos laboriosos en pródigos veneros. He aquí la razón de la frondosidad y exuberancia de estas bien labradas tierras, en las cuales crecen los más robustos olivos. Entre el verdor lozano de los árboles una casa, un carril, una fuente, combinan soberbios cuadros que de continuo están ofreciendo a los artistas el encanto sereno de su poesía. Hay unos pmarillos en un recodo del camino de tan brillantes tonalidades y tan rara estructura que cualquiera los creería hechos con bucles y rizos indolentes teñidos de verdegay. Y a la entrada del pueblo, en un manantial que llaman Las pavitas y que tiene una leyenda ingenua y sugestiva, las mujeres lavan sus ropas, y más cerca los viejos suelen ir a recordar sus años mozos o a remozar su vejez bajo un árbol centenario bien plantado que, en fuerza de cobijar recuerdos, debe de tener también un alma sensible, cargada de experiencia. Nos aventuramos por los ásperos senderillos, y, aunque corridos algunos kilómetros no hallamos compensación a nuestro esfuerzo, bien puede olvidarse éste una vez que señoreamos los altivos crestones. A mil metros sobre el nivel del mar la pluma más experta no puede describir cuánto se brinda a sus afanes. A la mía, tan mal dotada para estos lances, ha de serle perdonada su torpeza, con tanto mayor motivo si se advierte que ha de contraerse ahora a los reducidos límites de una crónica. Abarcamos en un mismo horizonte las sierras de Yunquera, Tolox, E l Torcal... los pueblos de Casarabonela, Carratraca y Alozaina, a lcMejos... más cerca, los términos de Alhaurín de la Torre y Alhaurín el Grande. Y llenando esta multitud de k i lómetros, en todas direcciones, llanazos dilatados, que fingen mares amarillos con ondulaciones y rizos de verdaderas olas. Proseguimos la ruta eri descenso, pues la finca de Jarapalos está enclavada en un valle. Trasminan el romero y el tomillo. Según bordeamos las vertientes, en ocasiones, dos de ellas nos sugieren la ilusión áe embocaduras que recatan las maravillas del fondo; tina vez este fondo nos presenta un trozo de azul de cielo y azul de mar; otra hemos recogido la visión de Fuengirola y Los Boliches, unidos por el lazo dorado de sus playas. De regreso de Jarapalos giramos una nueva y rápida visita a la admirable villa. Nos hemos detenido, si bien ligeramente, en el barrio de Santa Ana, cuyas casas, encaladas hasta el suelo, deslumbran como las de la blanca Tetuán marroquí. Todas las de la acera izquierda miran al mar, y como la mayoría tienen abiertas! a puerta das huestes, todos los colores del iris, broquelados en caprichosas nubes. Suavísimo rosicler inflama ia pompa azul de su cendal joyante, y, roto éste, aparece la mancha sangrienta de un arrebol que jamás habíamos podido presentir. Mientras este fenómeno se opera aíiá a ia izquierda, a la de- recha los oros del día se visten de diversos matices y al centro una gama de azules y de verdes, agrumados en colosal paleta, se deleitan en sus propias metamorfosis. Como si a cada minuto se rasgase un nuevo velo, así van surgiendo ante nuestras pupilas asotiladas nuevos fondos, nuevas escenas, nue-