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mentó de hoteles y palacios, vinieron a completar la esplendidez de este paseo, embellecido más t rde con la estatua del marqués del Duero y el grupo en bronce de Isabel la Católica, Gonzalo de Córdoba y el cardenal Mendoza, que, maliciosos, tal vez lo encuentren demasiado semejante al de Carlomagno, frente a Nótre- Dame dé París, inaugurado un año antes. EL obelisco fué reformado, suprimiéndole las fuentes, y, por último, -al designar la glorieta de su emplazamiento para colocar la actual estatua de Castelar, fué trasladado a la plaza de Manuel Becerra, antigua de la Alegría, convertido otra vez en fuente. Casi hace un siglo que nació y ya la variedad de su historia tiene la misma fuerza evocadora que su rival el paseo del Prado, a quien siguió, no sólo en la continuidad de su trazado, sino también en el imperio de la boga Si aauél fué cobijo de paseantes desde remotos tiempos hasta los románticos del Deseado Fernando, éste, nacido, podría decirse, al borde de su sepul cro, sirve de plataforma o escenario a la sociedad madrileña desde los últimos días del reinado de la de los tristes destinos. Creado el hipódromo, por él gasean los más lujosos enganches de estas épocas, lucidos enganches majestuosos y pintorescos, ya casi desaparecidos para siempre, convirtiendo aquellos lugares, los días de carreras y aun los de. toros, a la salida, en el más bello espectáculo. Los célebres cocheros que los guían: Chicharra, que lo es de D. Alfonso; Calandria, del favorito Sexto el Badanas, Escarcha, y más modernamente Vicente, el Grana; Lari y algunos más que escapan a la memoria, rivalizan en destreza, como sus señores, consumados aurigas también, en lujo buen gusto; M a nolita Alvarez, ha poco fallecido, derrochador ¿j fatigab 1 e. que había de terminar sus díasVf ctogenario, al amparo de un Casino madrileño; el duque de la Roca, no el acr tual, sino el anterior, que hacía hábito de la originalidad en sus enganches; la Pedreño, temeraria, con sus famosos tiros de a cuatro; Bogaralla, Luis Mazzantini, el torero dilettn ite, que alternaba los domingos entre el sport de matar toros, españolisimo, y el inglés de las carreras, calado el sombrero de copa gris, la gardenia en el ojal y delante dos poderosos alazanes; Villamejor, abuelo del actual; Sexto, Fernán- Núñez, y hasta las mismas cortesanas, gustaban de la señorial afición, alguna de las cuales, célebre y solicitada entonces, que más tarde supo de la honradez de un hogar digno, cautivó la atención un día luciendo maravillosa Petite Baumont, cuyos colores de las libreas, caprichosamente trocados, recordaba los de linajuda y noble casa madrileña... Modernamente, aún no se ha borrado la visión, sostuvieron con sus coches el prestigio del paseo: Tamames, ya en sus últimos días, regalando al viandante el espectáculo de su porte, procermente sentado al lado de Luis Medrano en su milord azul de ruedas coloradas; los Mail Coach de Cimera, Tovar, Andría... Su Majestad doña Victoria, como ráfaga que deja ál pasar una estela perfumada de realeza, algún dia embelleció el paseo en una Grande Daumont, a la napoleona... y ya actualmente, como el canto del cisne de un pasado augusto, el marqués de Velada- -siempre único de exquisitez- el duque de veragua, el general D. Francisco de Borbón, mantenedor de los gustos de la buena época; muy pocos más, los Urquijo, Santa Elena y Luis Cordón. A tiempos nuevos, nuevos gustos. Un dia apareció entre lo cotidiano- -que entonces parecía vulgaridad- -un automóvil, y bien pronto los pocos carruajes que quedaron fueron extraños y selectos entre la vulgaridad... Hoy ya, ni esto: el taxi lo ha invadido plebeyamente, y las grandes marcas, con la indignación en sus velocidades, hu- yen en busca de nuevos horizontes más bien o más mal, pero más atrayentes por mas pintorescos. No solamente tuvo prestigios de estética el paseo; alguna vez también fué teatro de grandes solemnidades: en mayo de 1902, días de la coronación, d i o cabida a brillante revista militar, la primera que como Rey coronado pasaba D. Alfonso. Lucido Estado Mayor, en el que figuraban muchos de los príncipes venidos a la ceremonia, le seguían, y no lejos, como una sombra evocadora del pasado, hundido en su landeau, el capitán general conde de Cheste. Otro, los hombres de la izquierda, del brazo, protestan en dura campaña contra el Gobierno, y del brazo atraviesan el paseo. Moret, A z cárate, Aguilera, Galdós... Contraste con la rigidez marcial de los desfiles en aquellos días en que la jura de la bandera era una fiesta nacional en que milicia, pueblo y aristocracia se mezclaban en el abrazo de un mismo sentimiento... También supo el paseo de homenajes al arte, y una mañana abrileña, sobre un tabladiljo, en donde como en trono recibía el homenaje, ante la egregia María Guerrero desfilaron todas las actrices españolas... Revistas de bomberos, de taxímetros, hasta de guardias... para todo ha Servido y sirve el bello paseo y de todo ha cambiado. Lo que sigue inmutable en él, sempiternos, son sus andenes laterales; paseo que en arrastrar de pies ha sufrido el caminar de cinco generaciones y se dispone a soportar la sexta; las abuelas pasearon a las hijas, y éstas a las nietas, y los pequeños retoños ya sueñan en la repetición, que. es rueda sin. fin, mientras existan pisaverdes, pollos o frutas que acudan al reclamo de unos tiernos ojos... eterna paseata, que es como la epopeya de la juventud, de la vida, del movimiento... LUIS S O L E R FERNANDO VII D E BORÜON, REY DE ESPAÑA MARÍA CRISTINA DK BORBON, SU ESPOSA
 // Cambio Nodo4-Sevilla