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Los abajadores del mar. s e n invierno, una noche obscura y fría, precursora de tempestad. Ruge el v i e n to y brama el mar embravecido con sus zarpas afiladas buscando la codiciada presa... L a ciudad duerme. U n gesto de angustiosa soledad y de ingrato abandono se advierte en las calles y avenidas, que h a n quedado desiertas, silenciosas, con una mueca de dolor... Sólo a intervalos se escucha el ruido de un puñado de papeles que el viento ha ido arremolinando caprichosamente como un símlwlo y la voz ronca del sereno que c o n test; a la llamada de algún trasnochador que se retira a descansar. E n ta dársena reposan también los v a porcitos de pesca que horas más tarde, de madrugada, han de hacerse al mar. jjQUEN QUER SARDINA... E En marcha. E l barrio de pescadores- -casitas h u m i l des, miserables, llenas de dolor y de angustia, con sus barquichuelas a la puerta y sus redes tendidas ai viento bajo la luz mortecina de unos faroles de aceite, que para no aburrirse le hacen guiños a l a s o m b r a- -c o mienza a desperezarse lentamente en su afán de lucha por la vida, en su deseo constante de alcanzar una brillante jornada en el mar. Luces que se encienden, puertas que se abren con u n ruido perezoso de goznes viejos y unos pobres hombres con sus trajes impermeables que se dirigen a l a dársena, portando algunos faroles de acetileno. Llueve. E s de madrugada. E n t r e ellos comentan: -M a l a cara tray o día. -P o i s cando cheguemos as Cíes... -S i non fora por a necesidá... E l que así habla es un pobre anciano sarmentoso con la faz tostada por el sol y el viento, un viejo lobo de mar que en sus días mozos jamás temió a las iras del temporal. Pero hoy... ¡Que vuelvan, Señor. Allá van, mar adentro, las parejas de balandros surcando las aguas turbias e insondables del Océano y desafiando las iras del temporal en esta fría madrugada de i n vierno. Y en su avance diríase un ejército de 1, 2, 3, PREPARANDO LAS EMBARCACIONES PARA HACERSE A L A MAR. TRANSPORTANDO LAS PARA TERMINADA LA FAENA, REDES A TIERRA REPARARLAS. E L PESCADO ES PUERTO. CONDUCIDO A L voluntarios que caminan hacia la muerte por un sendero lleno de precipicios y abismos con ese gesto de altivez y con esa a r r o gancia sólo digna de aquellos que desprecian la vida precisamente en los momentos de mayor peligro. Esos son los trabajadores del mar, caballeros del Océano, titanes marinos que a nada temen y nada les arredra, que saben esquivar bravamente los zarpazos del mar y burlar con energía sus furiosas acometidas, sin abandonar cada uno el puesto que le corresponde hasta el último momento, entre la tormentosa lluvia, bajo la cruel tempestad que presagia una jornada luctuosa y trágica en l a inmensa obscuridad de l a noche. E n tanto en sus respectivos lares, en sus
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