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La tempestad de Shakespeare. Los niños del Colegio King- Coit, de Nueva York, han dado una representación de la gran comedia de Shakespeare L a tempestad. Ha sido un espectáculo poético, incomparablemente superior a los que suelen verse en los teatros corrientes. Los niños eran actores consumados, y la presentación escénica tan artística y tan adecuada a la condición de los pequemllos, que fué el pasmo de los críticos sesudos. Damos aquí tres escenas de la gloriosa obra shakespiriana. reportero de una revista española, entre otras cosas del mismo escaso interés, que no existe el teatro mejicano, y el grupo ele los autollamados dramaturgos y comediógrafos mejicanos que, según propia afirmación, no pasan de siete, al mando de un travieso e inconsciente reportero, han descargado los más fieros anatemas contra la infeliz histrionisa. Cría cuervos y te sacarán los ojos ha dicho un viejo escritor, dramaturgo en sus ratos de ocio, censurando la ingratitud de María Teresa. E s preciso señalar de una vez por todas a los que trafican con el nombre de su país para tener acogida y reniegan de él cuando asi les conviene exclama una bella autora. L o he dicho alguna vez, y es oportuno repetirlo ahora: en nuestro teatro se nece- sita urgentemente un 16 de septiembre ha proclamado en alto un autor y crítico que piensa, desde hace tiempo, que los autores mejicanos no prosperarán mientras en su Patria no se proscriba el teatro español. U n reportero del mismo diario que tan falaz campaña emprende contra los artistas mejicanos y que a las veces traduce a mal castellano comedias francesas y escribe parodias del género pornográfico aprovecha la oportunidad para meterse con las autoridades teatrales, que fueron gentiles con los últimos artistas que llegaron de España, y por ello despertaron su enojo. De Fernando Soler se ha dicho más aún; la galantería, que pudo contener sinceros arrebatos en contra de la Montoya, no ha sido dique que protegiera a Fernando, que no ha cometido otro daño que el de afirmar que, aunque nacido en Méjico, se siente profundamente español. ¿Habrá querido decir el notable actor con su aunque que todo el que nace en Méjico tiene que. ser necesariamente antiespañol, y él es una excepción? E n tal caso nn protesta se uniría o, por mejor decir, se sumaría a la de los agraviados. Los españoles de larga estancia en Méjico hemos tenido muchas oportunidades de saber que no es así. Que algún autor obcecado quiera sacudir el yugo fantástico con que el teatro español oprime al mejicano no quiere decir que los mejicanos, intelectuales y representativos de todas las clases sociales, se sientan incómodos ante lo que viene de España. Véanse los brillantes homenajes prodigados al general Millán- Astray, y, en otro orden menos trascendente, el éxito obtenido por las últimas compañías teatrales venidas de allá. L a protesta únicamente ha partido de unos cuantos autores y otros cuantos que se creen serlo, que hubieran deseado que en el triunfo de María Teresa y de F e r nando se hubieran unido sus nombres, desconocidos aún por el mismo público de aquí; pero lo efectivo, lo real y evidente es que hasta ahora, y no por falta de mérito en algunas de las obras dramáticas mejicanas, el público que las ha escuchado las ha desdeñado indiferente, sin conceder a sus autores la importancia que en alguna ocasión debió concederles, y María Teresa Montoya y Fernando Soler- -lo mismo que Alfredo Gómez de la Vega, actor mejicano y constante subvencionado por el- Gobierno- cuya misió- es la de agradar, prescindieron de incluir en sus repertorios las obras de sus paisanos, temerosos seguramente de que otros públicos tuvieran el mismo despego oue los de acá para las obras vernáculas. Fuera de las temporadas que pudieran llamarse oficiales, porque oficialmente han recibido el apoyo moral y económico, en las que, con escaso público, se ha tratado de hnpíilsar vanamente el teatro mejicano, no puede contarse un éxito para los autores nacionales, y claro está que no es alentadora para los actores que buscan la gloria en el extranjero la idea de presentarse con obras que, si no son de poca estima, como tal son consideradas por quienes tan sólo ven el valor de ellas en las hojas de taquilla, que, por cierto, son las de mayor valor por ser las que suscribe el público. Cúlpese tan sólo a los dos mejicanos triunfantes por haber tenido desconfianza en el talento de sus paisanos; pero no debe considerarse renegados de su Patria a quienes, de haber creído que podían lucir, junto a sus genios, los de sus escritores, no se hubieran expuesto a que tan torcidamente se interpretara su conducta. Artística y económicamente hubiera sido mayor su triunfo de haber podido interpretar las comedias de los suyos; pero ni las hallaron adecuadas para su lucimiento personal n i se encontraron ninguno de los dos entrenados en un género que, por poco abundante, no les ha podido servir de escuela. H a y en esos dos actores afortunados un tanto de desvío, un poco de ingratitud y. un algo de olvido para quienes en otros tiempos les ayudaron con entusiasmo y cariño; pero no hay bajo ningún concepto, la falta de patriotismo que se les achaca. Y eso es lo que han mostrado los autores mejicanos que, movidos por el maquiavélico reportero, han hecho declaraciones tan poco amables para, la Montoya y para Soler, despecho; pero aun ellos mismos, a solas con sus conciencias, absolverán a sus paisanos de unas declaraciones sin importancia, que no tienen otro origen que el agradecimiento hacia el público español, sin menoscabo de su patriotismo; pues qué, ¿no existe en Méjico el noble sentimiento de la gratitud? -Teodoro Remires. Septiembre de 1930.
 // Cambio Nodo4-Sevilla