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NO DEIE U S T E D D E L E E R TODOS LOS D O M I N G O S QUE ES U N P O R T F O L I O por la diversidad de sus fotografíase U N L I B R O por la abundancia de su texto. U N M U S E O por la belleza de sus planas artísticas; y N R E G A L O por la baratura de su precio. U N A PESETA. EL E J E M P L A R E N T O D A ESPAÑA ÍE. RODRIGUEZ- SOLIS gran aprovechamiento en la Universidad de Z a ragoza; pero el hombre propone y Dios dispone. N o contaba Abecia veinte años cuando estalló la guerra de la Independencia. A l ver la manera pérfida y traidora con que N a poleón se había apoderado de nuestro suelo, hirvió Ja sangre en las venas del joven estudiante, y, lejos de abandonar a Zaragoza cuando la vio cercada, ¡se quedó en sus muros y solicitó un arma para defenderla. S u noble conducta, su ardor juvenil y su resuelta actitud le conquistaron todas las simpatías, y bien pronto fué colocado al frente de uno de aquellos pelotones de paisanos que tan bizarramente se portaron en los dos memorables sitios. Abecia cambió la Universidad por la muralla y el libro por el fusil, y el que estaba destinado a conquistar l a borla de doctor en Jurisprudencia ganó en muy pocos años el bastón de general. E n aquella escuela de héroes se formó- Abecia; así que cuando le increpaban por los actos de valor que realizaba, y que podían considerarse más que heroicos temerarios, contestaba sonriendo: ¿Q u é queréis? Aprendí a combatir de los aragoneses siendo estudiante en Zaragoza. S i n título ninguno me dieron el mando de un puñado de hombres, que lo primero que me dijeron fué: Para adelante, todo lo que usted quiera; pero si vuelve usted la cabeza lo fusilamos. Por cobarde que yo hubiera sido, era mejor morir matando franceses que fusilado por mis compatriotas. Y efectivamente, desde el primer día qfte entró en fuego ya se distinguió el pelotón que Abecia mandaba. Salvado milagrosamente de los dos sitios, pudo escapar de Zaragoza a los pocos días de haberse posesionado de ella los franceses, y se trasladó a Marquina, donde sus angustiados padres le aguardaban presa de la mayor inquietud. Cuando llegó Abecia a Marquina, sus padres casi no le reconocieron, porque el joven estudiante, que había salido de su casa lleno de vida y de salud, era, al volver a ella, un enfermo, pálido, demacrado; un espectro, casi un cadáver. Merced a los cuidados de su amante madre, el L O S G U E R R I L L E R O S D E 1808 93 joven comenzó a reponerse, pero lentamente. E s que las privaciones de los dos sitios de Zaragoza habían sido muy rudas. Postrado en el lecho, las noticias que de todos los puntos de España llegaban a Marquina exaltaban su- noble corazón. E l sitio de Gerona y el fusilamiento de Echavarri, cuya familia era grande amiga de la suya, determinaron al joven, apenas restablecido, a echarse a l campo, formando una guerrilla (agosto de 1 09) base sobre la. cual se formó luego en Vizcaya un Cuerpo que se llamó Húsares de Iberia. Sus nobles padres, tristes, sí, pero orgullosos de su hijo, y verdaderos patriotas, le otorgaron su permiso y le bendijeron, y esta bendición fué a modo de amuleto santo que libró al joven de los mayores peligros y de los trances más arriesgados. Bien pronto el valiente defensor de Zaragoza sé hizo temible a los franceses, a los que derrotó en diversos encuentros. E l 28 de octubre acometió con su partida a 40 dragones bonapartistas que, custodiando un gran convoy, pasaban por las puertas de la misma villa tíe Marquina, matando 18 y aprisionando a los restantes. Decididamente, el jurisconsulto había sido vencí do por el capitán y la toga Cedido el puesto a l a espada. E l 26 de noviembre, en las cercanías de Armiñón, villa situada sobre la margen izquierda del río Z a dorra, en un despejado llano, atacó la escolta de un correo, que aprisionó, entregando los pliegos a l comandante general de la Rioja, marqués de B a rrio- Lucio. E n Nanclares, villa asentada en la falda meridional de la sierra de Badajoz, rodeada de hermosas praderas y abundantes bosques, y regado su término por el Zadorra, derrotó, en unión de la partida de Longa, a los imperiales, tomándoles siete caballos, nueve acémilas y 40 hombres. De igual modo concurrió con Longa a los ata. ques dados a los franceses en los días 26 y 27 de diciembre, el primero en el desfiladero de las Con chas, paso dificilísimo formado por los rnontes So;