Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID- SEVILLA 25 N O V B R E D E 1930. NUMERO 10 C T S SUELTO DIARIO í L U S T R A D O A Ñ O VI G É S 1 M O SE XT O N. 8.710 REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS. MUÑOZ OLIVE, CERCANA A T E T U A N SEVILLA. L A POSICrON O U E O L V I D O E L SR. Q U E S N A Y Ante la inestabilidad monetaria, el país que la sufre puede adoptar dos posiciones. o bien prefiere mantener fija su reserva oro y variable su cambio exterior, o bien mantiene variable su reserva oro y fijo su cambio exterior. (Declaraciones del Sr. Quesnay. COMADRES Y OI ALATEROS LA Procuren tranquilizar al público, que se serene, que puede confiadamente hacer su vida normal. (Palabras del presidente del Consejo a los periodistas. H U ELGA D EL A GU A E n toda la Península Ibérica persiste el buen tiempo. E l Sr. Quesnay nos ha adoctrinado en materias en que él- -según dicen todos- -es maestro. Pero ser maestro no es ser infalible, ni siquiera expositor completo de una doctrina. Los especialistas son maestros, pero maestros unilaterales. No abarcan nunca las cuestiones en su compleja totalidad. No será, pues, irreverencia decir que el Sr. Quesnay, en la materia de la inestabilidad monetaria, es maestro en uno de sus aspectos: en el que surgió de la guerra mundial. Los pueblos en lucha, con las emisiones sin tino, de billetes- -no para las necesidades de la vida civil, -sino para las del Gobierno- -y con las deudas extraordinarias, contraídas, fueron el campo de estudio tíei Sr. Quesri. ayi Yien ese campo, efectivamente, no había ante la inestabilidad monetaria más que: las Composiciones que indica, por la sencilla razón de que los billetes emitidos con exceso- carecían de contrapartida, eficaz en el activo, ya que el- deudor principal de ellos era el Estado, y el Estado había caído en insolvencia. Pero en condiciones normales y en haciendas sanas no ocurre eso. Los billetes en circulación tienen dos contrapartidas eficaces en el activo: el oro y parte de les préstamos y descuentos a particulares. La proporción necesaria entre el oro y. los billetes: para que el cambio no surja puede conseguirse, en consecuencia, no sólo con variaciones, de su reserva oro (que motivó en su origen los francos chicos) sino con variaciones de los préstamos y descuentos, alimentados por parte de los billetes en circulación. Si en peligro de apuntar el cambio préstamos y descuentos se disminuyen mediante su no renovación a los vencimientos, y mediante la no concesión de otros nuevos, los billetes en circulación disminuirán en la misma cuantía, y la reserva oro, sin haber aumentado materialmente en un solo céntimo, habrá variado virtualmcnte con. respecto a los billetes emitidos. Pero ya lo he dicho. Esta tercera posición exige economías nacionales sanas y balances bancarios con activo en la realidad y no en el papel. E l Sr. Quesnay, que ha barruntado que una y otro ¡o son en España, no ha sacado las últimas consecuencias, por obra de su hábito profesional. Comprendo- -ha dicho- -que España es entre las grandes economías una de las que menos afectadas pueden sentirse por la inestabilidad monetaria. ¡Y nos propone el remedio aplicado a pueblos profundamente afectados por aquella inestabilidad! Que sea o no necesario en la actualidad para el restablecimiento de la normalidad monetaria, la restricción de la circulación fiduciaria: no me interesa. L a consecuencia es su posibilidad, y que con ella se producirían exactamente los mismos, efectos en cuanto a la proporción del encaje que con la medida preconizada por el Sr. Quesnay, sin traer a rastras los inconvenientes a ésta anejos. VÍCTOR P R A D E R A Las comadres están en sus glorias, porque el comadreo es en el momento actual lo que da tono y ritmo al espíritu español. Pero las comadres ya no esparcen el runrún de sus pláticas por los mercados, ni en los patios de vecindad, ni en las esquinas de las calles. E l comadreo se ha hecho labor y función de gente bien difúndese desde los comedores y gabinetes de las casas acomodadas y se propaga a través de los medios burgueses con credulidad contagiosa. Estamos, pues, en pleno triunfo de la agorería y del chisme; del rumor fácilmente engendrado y expeditivamente acogido. Todo se da por cierto y todo se circula con rotunda seguridad, aun por las personas más abiertamente hostiles al espíritu revolucionario. He sabido que el martes, por la noche, una dama aristocrática dedicóse, con inconsciente celo, digno de la propaganda de mejores nuevas, a llamar por teléfono a todas sus amistades para advertirles de que la revolución: estallaba irremisiblemente en el plazo de cuatro o cinco horas. A l día siguiente habría huelga general; faltaría, desde luego, el pan; el movimiento iba a ser una cosa horrible. Lo sabía ella muy bien y, piadosamente- -porque ella es muy piadosa- ponía en guardia a sus conocimientos. E l cuarto de estar- ¿no se dice así ahora: -de la blasonada comadre fué durante una hora la antena desde la cual se irradió a una gran parte de Madrid el nerviosismo de la alarma. Por su parte, los criados de la encantadora alarmista correrían también aquellas especies, autorizadas por el aval de la señora y así, en una hora, se puso en desasosiego y en pavor infundados a varios miles de personas, que al día siguiente pudieron convencerse de que todo había sido una necia agorería. Esta clase de gentes, que constituyen una buena parte de la opinión de España, han logrado dar a las reacciones del espíritu público ante los fenómenos de carácter mundial que en nuestro país se producen, como en todos los países, un tipo de histerismo más propio de ser tratado por el clínico que por el gobernante. Por eso se hace singularmente ardua e ingrata la labor de éste, el cual ha de actuar sobre difusos y sutiles entes de perturbación que escapan, no ya a la acción de la fuerza pública en la calle, sino a. la de los Códigos y leyes, en cuyos textos no tienen figura de delito los aspavientos de las comadres ni los Íntimos afanes de los qjalateros. Propicios días son también éstos para el ojalatero, ese quídam grotesco que anda por ahí suspirando por la revolución, con tal de que otros pechen con los riesgos de hacerla: ojalá haya tiros ojalá resulten muertos ojalá se hunda otra casa ojalá se arme la gorda... Quienes con tamaña insensatez piensan y sienten suelen ser gentes cuya- estabilidad en la vida no resistiría veinticuatro horas de auténtica revolución. Como, por ejemplo, los que, hastiados del snobismo de desvanecer damas l i najudas con pomos de Filosofía, se dedican ahora a conductores de muchedumbres... Luis D E G A L I N S O G A De todas las huelgas de estos días, empezadas en Madrid y llevadas en provincias como el que sigue una moda de la corte, hay una, que no hace ruido, ni perturba la vida cotidiana, ni ocupa plana en los periódicos, ni se anuncia en titulares de insidiosa exhibición y propaganda: la huelga del agua. Y ésta sí que es general en toda la Península Ibérica. Hace buen tiempo. ¿Qué es buen tiempo? Este que llevamos en un noviembre muy corrido, de sol que todavía excita la epidermis y hace exclamar en la ciudad: ¡Qué buen día de campo! E n la ciudad se tiene del campo un concepto de holganza y merienda. Hemos ido al campo un buen día de éstos. L a carretera era una cuerda de automóviles. Las bocinas parecían pedir paso con alabanzas al día. E n el lugar de las maletas las grandes cestas de viandas. Felicidad. Cuando llegamos a l cortijo salió a recibirnos un hombre de campo. ¡Qué tiempo, señor Pedro! ¡Qué tiempo, señorito -Nunca le conocí igual, señor- Pedro. -N i yo, señorito. E l señorito con la cara alta bañábase de sol. E l campesino con la. cara baja miraba la tierra. L a tierra, la tierra pura, la tierra geológica, sin una mancha vegetal. -Éste tiempo no puede durar, señor Pedro. -Y si dura, peor para todos, Y el campesino le dijo al hombre de la ciudad lo que es este buen tiempo alabado. Le mostró los ganados hambrientos, los prados sin pastos, las barbecheras costrosas, resistiéndose a la siembra; los campesinos sin trabajo y un invierno difícil, al que no pueden engañar estos días de sol. Cada día de sol cuesta a la economía muchos millones. Cada día silencioso de huelga de agua es más peligroso que esos días de alborotada huelga de ciudad. E n ésta prende la zozobra, porque un día no hay pan. E l pan nuestro de cada día lo hemos materializado, hasta confiarle a la Guardia civil la custodia de su rezo. Y nos ló vamos a comer al campo en un día de sol, y en el campo el señor Pedro es el único que ve que faltará el pan de muchos días. E l campo y la ciudad no acaban de ponerse de acuerdo. E n Ja ciudad, el agua ensucia las calles, mancha los zapatos y algunas veces nos llega hasta el cuello, impulsada por la rueda de un vehículo. E n el campo el agua tiene un ruido más apagado, como si lloviera sobre una esponja; es el espectáculo sereno y oloroso de la tierra, que. Jbebe sedienta. Y; el. campesino lo presenc i gozoso y se moja como la tierra. Y por! a i despierta para ver si sigue, lloviendo. -duerme s? e. -le ojr la lluvia y 1. s 4- Vona- s g n e a? en la caldea- ceniza. ¡i- Y cuando el hombre de la ciudad no puede salir al campo y apenas á la calle sin lamentarse del tiempo, el hombre del campo dice, mirando a la tierra y al cielo: ¡Qué bendición. de Dios! G. C O R R O C H A N O p
 // Cambio Nodo4-Sevilla