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A B C. V I E R N E S 28 D E N O V I E M B R E D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 ha podido quizá sugerirnos, en otro aspee- to, perspectivas sobre la realidad más coloreadas que las abiertas por aquellos graves y documentarlos opúsculos. Que son seis en número. Sobre cada uno de ellos se ha. lanzado nuestra atención con equiparada avidez. S i el tercero y el cuarto, relativos, respectivamente, a L e g i s l a ción general, Instrucción pública e instituciones culturales y a Letras, Artes y Prensa solicitaban predilectamente aquélla con asuntos afines a los de nuestra reflexión habitual, no por eso han dejado de interesarnos los concernientes a la Geografía, historia y política del país o a su vida y leyes sociales. Tampoco a la cuestión de las finanzas n i a. las de agricultura y ganadería hemos hecho ascos. N i pudiéramos, sin renegar a la vez de la esencia misma del país. Definido, como nadie ignora, por la riqueza que del cultivo de la tierra y de las sangres le viene y sellado con el carácter que imprime a cualquier civilización, la superioridad, la casi exclusividad en ella de estas formas eternas y más sencillas del trabajo humano y de las instituciones económicas con ellas- relacionadas. Pero a los datos así reunidos y á l a pintoresca iluminación traída a su esquema por la charla reciente con Supervieille, cierta dosis de ensueño, ligada a una evocación ¡personal, podrán en nuestro caso añadirse. Porque- -1 mch io! -también nosotros visitamos un día. siquiera muy brevemente, la llamada República orienta! Gratísimas fueron las horas que entre universitarias tareas y afusiones literarias vimos entonces transcur r i r en Montevideo. Así, huéspedes de Bélgica hogaño, huéspedes del Uruguay en 1021, nuestro filosófico interés por el problema del valor cultural de l a nación ha podido captar directamente, a unos años de distancia, el resultado- de dos paralelas experiencias- -experiencias en ánima noble. L A DEMOCRACIA SENSIBLE. -S i ahora cerramos los ojos y- -apartados los referidos folletos, voluntariamente olvidadas las opiniones que se cruzaron en la conversación aludida- -nos ponemos a pensar en Montevideo, lo primero que en nuestra conciencia comparece es una impresión, una sensación se diría, algo casi físico, con todo y referirse a los más complejos fenómenos sociales, y ¿s la de- ¿cómo decirlo! -l a especie de atmósfera, de olor, de oxígeno de democracia, que respiramos en aquella ciudad. Añadiremos, para dar algún preciso contorno a las sugerencias de lo que se acaba de decir, que la tal sensación, con la intensidad, con la nitidez que en Montevideo le caracterizaron, no la hemos jamás conocido en parte alguna. N i en Paris, Sinaí a pie llano de la Declaración de los Derechos del H o m b r e n i en la mesocrática Barcelona, ni en los cantones de esa Helvecia, siempre calificada de libre n i en Plamburgo, tan democráticamente sellado en l a Historia, sin embargo, por la permanencia de la tradición hanseática; ni en la elemental Andorra, con sus primitivas instituciones casi pastorales; n i en el inquieto Buenos Aires, con su cruce de razas, su i n estabilidad de clases y fortunas, su zarabanda de estirpes; n i en los lugares que fueron sede de las democracias antiguas ni en los que abrigaron a las democracias de los Países B a j o s ni entre los paisanos de Giovanni delle Bande Nere, nuestro corazón, y, me atreveré a añadir, nuestros pulmones se han agitado hasta ese punto en la especialísima embriaguez, procurada por la presencia de una conciencia popular en desvelo, de una alegre y habladora i n quietud política, de una soltura y brillo y frescura espumosa en la opinión pública de un régimen de tensión y de publicidad. Q u i zá en Figuerás, en Reus, en alguna ciudad secundaria de Cataluña- -donde el tipo social y casi, casi antropológico, creado polla tradición federal, está vivo aún- se produce fenómeno parecido; pero, ¡en qué d i ferencia de grado... Atenas, l a antigua Atenas, sí. Atenas, con su vida al aire libre, con su agora, con su P n i x con sus oradores y demagogos, con su gusto por la claridad y por la palabra, por la mudanza y el espectáculo y el chisme, debió de respirar un aire civil como aquél de que supieron nuestras jornadas uruguayas. N o en vano dijimos, a poco de vueltas de allí, y pensando principalmente en l a vida política, que Montevideo era hoy, probablemente, l a ciudad del mundo que más se parecía a Atenas. LA C I U D A D- R E P Ú B L I C A L A I G U A L D A D -S i n duda a esta sensible s i militud contribuya no poco el hecho de que- -n u n c a en ello entre las de su continente, excepcionalisima entre las del mundo actual- -en esta democracia de América, como en las antiguas de Grecia, los términos de la República y de la ciudad casi se confunden, pasando así la Ciudad a identificarse, ideal y sentimentalmente, con la República. Uruguay es el país más pequeño de l a América del S u r Montevideo, en cambio, figura: entre las ciudades, no sólo más hermosas, sino más grandes de todo el Continente; 40 kilómetros cuadrados tiene el área de la Ciudad; la cuarta parte casi de l a extensión superficial de la República. L a población de aquélla supera en mucho al medio m i- B TODAS LAS TONALIDADES J; TODAS LAS DISTANCIAS I TODAS IAS APLICACIONES jjiTpDOS LOS PRECIOS v U n lujoso piano áé marca, si está desafinado, no vale más que u n mediocre instrumento. E l mejor receptor, si está deficientemente equipado, desalienta al aficionado más entusiasta. Usted puede utilizar u n receptor de modestas pretensiones y mejorar notablemente su calidad: equípelo con l a serie maravillosa P H I L I P S A 4 42 A 4 t 5 V B 4 4 3 (la famosa pentodo PniLlPSi DELIDAD l O N A LA RECEPCIÓN NI WATT U
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