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N O V E L A POR ERICH M A R Í A R E M A R Q U E I L U S T R A D A POR E FERRER (CONTINUACIÓN) y al cabo) es sangre de teniente Iá que ha dejado en ellos su marca, seca y apelmazada. Breyer, por su parte, para dar a la reliquia irrefutables garantías cíe autenticidad, manda escribir con lápiz sobre ella, además de- su nombre, el sitio y el destacamento; así nadie podrá creer ten América que se trata de una superchería. Arrimadó por el éxito de la escarapela y del vendaje, Tjaden intenta, a su vez, hacer pasar sus polainas como un regalo del propio Hindenburg; pero su astroso y deslucido aspecto hace que nadieUe crea y que resulte fallida su esperanza. L a idea de: Arturo Ledderhose es la que, en cambio, se lleva la palma del triunfo: acerca, arrastrándola, una caja llena de cruces de hierro, que encontró en no se sabe qué escritorio- abandonado. Otro americano, tan chamarilero como los anteriores, quiere quedarse, desde luego, con el contenido íntegro de la caja en cuestión; Ledderhose, fruncido el entrecejo, le mira, ¡en tanto, con larga y altanera mirada, que recoge y sostiene el americano con aparente candor; y entre ambas miradas vuelve a encontrarse, de pronto, algo que, sobre la guerra y sobre la muerte, ha resistido los más duros embates y las más contrapuestas vicisitudes: el espíritu comercial. Pero el americano- ve al instante que nada puede hacer para salir adelante con su negocio, porque Arturo no sé deja engañar y saca ventaja de su posición comercial, individualmente más ventajosa, sin duda, y vende, vende, no en grueso, sino al detalle, hasta que la caja queda vacía, mientras poco a poco va creciendo a su lado una pirámide de provisiones y objetos diversos: jabón, huevos, manteca, ropa blanca, dinero... Cuando, al fin, terminada la subasta, se pone de pie, va cargado como un tendero de ultramarinos, casi dobladas sus piernas al peso de la preciosa y útilísima carga. Nos ponemos en marcha de nuevo. Los americanos vocean y gesticulan detrás de nosotros; el sargento de Dresden es, particularmente, infatigable. Kosóle está visiblemente conmovido, hasta donde puede ser capaz de emoción un soldado viejo. Farfulla un par de adioses, en los que parece latir una sorda arnenaza, y dice a Bethke: ¡Buenos muchachos... ¿No? Adolfo asiente con una tácita cabezada y seguimos caminando en silencio. Cuando atravesamos un pueblo, la gente se para a nuestro paso y nos mira con impertinente curiosidad. Una caseta de guardabarrera enguirnalda de flores su ventana, tras de la cual vése a una mujer, de túrgidos pechos y vestido azul, amamantar a su niño. A nuestras espaldas ladran unos perros. Junto al camino, un gallo persigue a una gallina... Fumamos a lentas chupadas maquinales... Luis Breyer devora, entretanto, el cake- -precio de su vendaje- su estómago, débil en extremo con tanta y tan inútil medicina, no podía ya soportar nuestro pan indigestible. II Andar... Andar... L a zona de los hospitales de campaña... L a zona de las oficinas de aprovisionamiento... U n gran parque, con plátanos, rectos y fibrosos, bajo los cuales blanquean N Bélgica se nos tirotea desde detrás de las casas. Asalcamillas con heridos... Y las hojas que caen y cubren de rojo tamos los jardines, sin encontrar más que un par de y oro aquellos potros de dolor... fusiles alemanes de infantería que, abandonados o venUn hospital para los que cayeron bajo el hálito empondidos a los belgas, han quedado por el suelo; pero la docena zoñado de los gases mortíferos: atacados de tal gravedad, de disparos que acaba de salir por sus bocas ha sido suficiente que es de todo punto imposible su traslado. Rostros azules, para derribar a Heinzmann. Era el más viejo de nosotros: verdes, céreos; ojos muertos, corroídos por el ácido; mo- cuarenta y dos años- -cuatro en las trincheras, sin un solo ribundos estertorosos que se ahogan, carentes de aire... Todos rasguño- y ahora, dos balas alojadas en un pulmón, por la quieren marchar, ante el temor de caer prisioneros, como si espalda. no fuese lo mismo morir en este o en estotro- lugar. Registramos las casas. U n par de viejezuelas se agazapan E n vano ensayamos un consuelo al decirles que entre los en las cocinas, como cornejas; en las demás habitaciones, americanos estarán mejor atendidos; no quieren escucharnos soledad absoluta. E l eco de nuestros pasos retumba burlonay sólo saben gritar, una y otra vez, en terrible coro supli- mente tras de nosotros, por las escaleras. Revolvemos las cacante, que les llevemos con nosotros. Algunos de los pocos mas, pinchamos en los roperos... Nada. que aún pueden mantenerse en pie, tratan de seguirnos, renHeinzmann se nos va por la posta. Hace un mes regresó queando, y no hay ninguno que crea posible el que puedan un licenciado de la tercera compañía y cometió la torpeza de ser trasladados antes de que lleguen, los americanos. A uno contarle en el acto determinadas y repetidas infidelidades de le da un vómito de sangre y cae, como herido- por un rayo. su esposa. Kosole y Willy Homeyer afearon al delator su E l griterío es ensordecedor. ¡Aquellos rostros pálidos se- proceder; pero ya era tarde. Desde aquel día, Heinzmann mejan algo irreal en el claro y diáfano ambiente del aire apenas hablaba; tan sólo entre los vapores de esta o de libre! E n torno a las desencajadas mandíbulas, la barba se- aquella borrachera renegaba y maldecía en términos que al les rebela dura y contumaz, viciosa y selvática, como una negra vegetación de hongos que se alimenta más cuanto más va creciendo. Muchos de los heridos graves reúnen sus últimas fuerzas para extender hacia nosotros sus brazos, pálidos y delgados, y suplicar con un tonillo de infantil cantilena: ¡Llevadme con vosotros, camaradas... ¡Llevadme con vosotros, camaradas. En las cuencas de los ojos se debaten con ansiedades de náufragos las turbias pupilas, cuajadas ya de profundas y extrañas sombras. Otros están tranquilos y, hasta donde pueden, nos siguen con la mirada, sin fuerzas siquiera para el menor aspaviento. Uno, se ha vuelto de bruces; descansa sobre el vientre y se aprieta la cabeza entre los brazos. No sabemos si es que no quiere vernos o que. una herida en la ecpalda le fuerza a permanecer en aquella postura. Lentamente se hace más débil el griterío. Los caminos van quedándose atrás, poco a poco. Arrastramos una gran impedimenta, porque hay que llevar algo a casa. Navegan por el cielo unas nubéculas, rotas, a la tarde, por rayos de sol, que hacen a los abedules, ya casi sin hojas, reflejarse en los charcos del camino. De las ramas cuelgan unos jirones de niebla, ligera y azul. Mientras voy avanzando, con la mochila a la espalda y baja la cabeza, veo al borde del camino, sobre un claro remanso de agua, la imagen de los luminosos árboles de seda, que, en aquel espejo fortuito, resaltan casi más que en la realidad misma. Como embutido e inscrustado en la tierra parda, hay allí un pedazo de cielo, árboles, profundidad, clara transparencia, y me estremezco súbitamente. Por primera vez, desde hace mucho tiempo, vuelvo a sentir que hay en el mundo algo bello, y que es hermosa, supremamente hermosa y pura, aquella imagen que tengo delante de mí, tremulenta y estremecida, en el remanso del agua... Y en mi estremecimiento, parece ensanchárseme el pecho y levantarse el corazón; tofto se me transforma en un instante y advierto, por vez primera, la consciencia de cuanto me rodea: Paz... paz... La siento, la veo... Paz... Se alivia la opresión, que alcanzaba a todas las cosas; algo nueve y desconocido inicia y remonta su vuelo. ¡Gaviota, blanca gaviota de la paz! Tembloroso horizonte, espera anhelosa, primera mirada, barrunto, esperanza, ola que, al fin, rompe y llega: ¡Paz! Tengo miedo y miro a mi alrededor... Sobre sus camillas, quedan atrás mis camaradas, persistentes en sus súplicas. ¡Hay paz y, sin embargo, tienen que morir... Pero yo tiemblo de alegría y- r- cosa extraña- -no me avergüenzo de mi íntimo gozo. Acaso la guerra se repite una y otra vez, porque, aisladamente, no hay quien pueda llegar a sentir con igual intensidad lo que otro sufre. E 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla