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cedor aun. aunque también más embarazoso: que no era posible gastar un céntimo en ningún sitio. ¡Nada! ¡Imposible! Kecordé las palabras de Pirita, y aquello me puso en guardia. ¡Cerno! ¿A mí tamb i é n N o de ninguna manera. Además, mí amigo no había tenido tiempo de advertir a nadie. Decididamente... Pero, para cerciorarme mejor, me senté en la terraza de un cafe. M i primera sorpresa fué la del procedimiento de servir el delicioso líquido; luego, su calidad. ¡A h! Los que habitualmente tomamos en Madrid ese inmundo brebaje que algunos tienen la audacia de llamar café, no sabemos lo que esto es hasta que llegamos a Cartagena. Porque allí no existe el echador allí se le sirve a cada parroquiano en una cafetera especial, de la que el liquido acaramelado va filtrándose gota a gota... No me explico, ciertamente, cómo semejante refinamiento puede irritar a un hombre tan exquisito como Federico García Sanchiz, A l ir a pagar, el camarero remoloneó de un lado para otro. Se veía que deseaba lo que ningún camarero puede desear nunca: que me marchara sin abonar el gasto. Hice palmas; no me oyó. Le llamé a gritos; no volvió la cabeza. Los demás parroquianos y algún que otro transeúnte contemplaban la escena con insólita gravedad, que más bien parecía fiscalización. Entonces cogí una peseta, me levanté y me acerqué al camarero. Con ademán cortés rechazó la moneda, y dijo escuetamente: -Está pagado, caballero. Cómo! -exclamé, s. o r p r e n d i d o- ¿Quién? ¿Quiere decirme? Encogióse de hombros y se limitó a repetir, en un tono que no admitía réplica: -Está pagado. A lo largo de la terraza, por en medio de la calle, oyóse un largo suspiro de alivio. ¡Está pagado! ¿Es decir, que todos en la encantadora ciudad se bailaban de acuerdo para lo mismo? ¡Pues ahora veríamos si era verdad! Y pacientemente, me dediqué a recorrer los principales establecimientos de fa población; adquirí diversos objetos: una corbata, un sombrero, una petaca... Y en todas partes, unánimemente, invariablemente, se me respondía con la más amable de las sonrisas: Está pagado, está pagado, está pagado... Entonces, para contener de algún molo aquella imponente ola de generosidad que me envolvía, invité a comer a Víctor Pirita. -Ahora- -me dije- -no tendrá más remedio que resignarse. u E L MAGNIFICO PALACIO M U N I C I P A L D E S D E E L Q U E SE C O N T E M P L A L A B A H Í A Y a los postres, cuando ya saboreaba el placer de que, ¡al fin! me dejaría abonar el almuerzo, el camarero se inclinó ante nú, muy cortés, y se excusó de cobrar con aquella misma frase que ya sonaba en mis oídos con un acento trágico: -E s t á pagado! El comerciante, receloso, se había levantado de su asiento silbando una musiquilla frivola. Acercóse a la amolia terraza, desde la que se dominaba la bahía: fingió abstraerse en la contemplación del mar. Por fin. volvióse hacia mí y me entregó un magnífico habano; mas, al ir a encender el suyo, advirtió que no llevaba cerillas. Pérfidamente abrí mi encendedor: ¡Tome, Víctor, tome! ¡Encienda usted! M i oferta era tan imperiosa, que no le dio tiempo siquiera a vacilar; pero su fostró, mientras aspiraba el humo del cigarro, iba adquiriendo una alarmante palidez. Ix oí murmurar confusamente: ¡Qué. vergüenza! ¡Qué dirán ahora de mí! Con un pretexto trivial salió nerviosamente del comedor. Poco después sonaba una detonación inconfundible. El comerciante se había suicidado. EN PRIMER T E R M I N O E L M O N U M E N T O A LOS H É R O E S D E C A V 1 T E Y S A N T I A G O AL- F O N D O LOS J A R D I N E S D E L M U E L L E PBDRO G A R C Í A VALDES