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pitosa aparición, el aturdido varón deslizóse cautelosamente y ocultóse aprisa bajo una nesa, muerto de miedo y en espera de ver n qué paraba aquello. L a escena fué horripilante. Los seres misteriosos de aquel cortejo eran los demonios, que entre llamas traían el alma del desventurado juez, cuyas honras iba a predicar él al siguiente día en el sermón que preparando estaba... ¿Pero qué era aquello? Uno de los enlutados, con ínfulas de jefe, leyó algo así como una sentencia condenatoria, según la cual, no sólo el alma, sino el cuerpo del difunto personaje debían sufrir desde ahora la pena del infierno. ¿Mas cómo podía cumplirse tal sentencia? Sólo con el auxilio del padre franciscano. L A curiosa leyenda, que en toda su amplitud consigna Antolínez de Burgos unos años después de su origen y- difusión, prosigue con estas palabras del antiguo historiador de Valladolid, referidas al jefe o presidente, como él le llama, de aquellos enlutados que irrumpieron en la biblioteca: Coged a ese fraile que está oculto debajo de esa mesa; él publicará mañana lo que ha visto y oído, y nos traerá además en este momento el cuerpo del maldito. Y sacando de su escondrijo al medio muerto religioso, le dijo, mostrándole el alma llameante: Mañana referirás en el pulpito todo cuanto has visto y vas a ver Pero qué es lo que le quedaba por ver todavía arpobre predicador? Lo más extraordinario. E n tropel, como arrastrados por una fuerza violenta e invisible, descendieron todos de la biblioteca a la iglesia, más en volandas que en sus pies, y, una vez allí, el buen religioso vióse impelido por un maindato irresistible a ir a la sacristía, revestirse de sobrepelliz, traer un cáliz y aplicarlo a los labios del muerto, que, sacado de su tumba entre tanto por aquella terrible turba e inclinada la boca sobre el cáliz, arrojaba en él la Sagrada Forma, recibida en pecado mortal unas horas antes de morir... Instantes después, mientras el fraile, con toda unción, colocaba la Forma en el comulgatorio, el cuerpo del pobre juez era arrebatado en medio de una algarabía infernal, al tiempo que la ciudad retemblaba entre relámpagos y truenos, sumiéndola en el espanto de creer eme llegaba en tal momento el fin del mundo. A l día siguiente, por un imperativo sin SE SALVARON SUS JOYAS DE ARTE, ALGUNA D E LAS CUALES AQUÍ VEIS. (RETABLO GÓTICO- FLAMENCO, PROCEDENTE D E L ANTIGUO CONVENTO D E SAN FRANCISCO) réplica, refirió el fraile en el pulpito todo lo que había visto en la noche anterior. Y este fué el sermón de honras... E l muerto arrebatado de esta manera a los abismos infernales empeñáronse en que fuera el alcalde Ronquillo, y la tradición, año por año, así lo mantuvo, perpetuada con el concurso de los crédulos religiosos que en la residencia franciscana se suce dieron y que tuvieron la asignación por cosa cierta. Pero, ¡ay! que el alcalde Ronquillo no murió en Valladolid ni aquí se le enterró. Como apunta tiempo después Sangrador, benemérito historiador vallisoletano del pasado siglo, la razón de cargarle al pobre alcalde de Casa y Corte el papel de protagonista en el fantástico lance no fue otra que la de ser él quien armó proceso al obispo comunero Acuña cuando, por huir de la fortaleza de Simancas, donde estaba poco después de la batalla de Villalar, dio muerte al alcaide de aquélla, Mendo de Noguerol, y el alcalde pronunció contra el obispo sentencia condenatoria a la última pena, que se ejecutó en uno de los cubos del castillo, hoy Cubo del Obispo, y que los partidarios de las Comunidades, por Ja sagrada persona del obispo capitán, tomaron como sacrilegio, digno de ser castigado su autor, el alcalde Ronquillo, a la pena de condenarse en alma y cuerpo, como consignó la leyenda... De los lugares que ésta evoca está en pie el castillo, pero de la iglesia conventual de San Francisco, que se levantó aquí donde la ciudad concentra hoy el bullicio y el trajín de su vida, no queda sino el recuerdo, aunque, por fortuna, se salvaran sus joyas de arte, algunas de las cuales aquí veis. FRANCISCO M E N D I Z A B A L (Fotos Carvajal. VÉ LOS LUGARES D E ESTA EVOCACIÓN ESTA E N PIE E L CASTILLO