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seo existen t a m b i é n de Francisco Antolínez de Sarabia, dos hermosas pinturas inspiradas en el n a c i miento del ¡Señor. De Valdés Leal hay un cuadro, Angeles y pastores, en el Museo de L Ermitaje, de Petrogrado. M a s n i n g u n o ha igualado, ni en número de obras le ese tema ni en mérito y hermosura de las mismas, al famoso pintor, de Sevilla, Bartolomé E s t e b a n Murillo, y por ello merece una señalada a n o t a c i ó n aparte. De tan maravilloso artista e x i s t e n dos p i n t u r a s de aquella clase en el Museo del Emperador Federico, en Berlín, y una en cada cual de estos lugares: M u s e o del Prado, de M a d r i d L Ehrich, de Nueva Y o r k Vaticano, de Roma; Colección W a llace en Londres, ret r o g r a d o y Museo provincial de Bellas Artes- de Sevilla. De esta última puede decirse que es un prodigio de maravilloso arte. ¡Cuánta ternura y gracia emocio- t nal en la poética figura de la Virgen, cuánta suprema e inefable delicadeza en la del Niño Jesús y cuan en- c cantadora actitud de veneración en las de los pastores! Dos de las figuras de éstos se ven repetidas en varios de los lienzos de esta clase ejecutados por M u r i ílo: la de un pastor anciano y venerable y la de un mozo, de un realismo s o r p r e n dentes. L a composición de este bellísimo cuadro es un dechado de armonía, así corno la del colorido, de un soberano primor. E l Niño aparece aureolado de un fulgor glorioso, y de las sombras se destacan las otras figuras en un concierto de líneas que sólo el genio pudo componer. Es insuperable esta gran obra maestra. Acaso sea este cuadro el de más indiscutible mérito de cuantos existen del mismo autor en el Museo de Bellas A r t e s s e v i llano. Y con esto le dedicamos nuestro mayor y exaltado elogio.