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N O V E L A Í OR E R i C H M A R Í A R E M A R Q U E ILUSTRADA POR E. FERRER (CONTINUACIÓN) pierna. Por eso me han traído aquí. Y más vale; porque ¿quién sabe lo que haría uno, si no? Un individuo con uniforme de artillero se mete entre nosotros, con los brazos abiertos y rígidos. Cuidado, no me toquéis! -suplica- Me he tragado una bomba y puede estallar. ¡Cuidado! ¡Cuidado! -Y vosotros, ¿qué hacéis? -pregunta Bódecker- ¿Os habéis examinado ya? -No tardaremos- -contesta Luis. -Conmigo no se podrá ya hacer nada- -dice melancólicamente- a un hombre así no le dejan acercarse a los niños. E l individuo que antes nos había gritado ¡E n guardia! se desliza por detrás de Alberto y le atiza un golpe en el cuello. Alberto da un respingo, pero logra dominarse. ¡K. o. -dice el individuo, riendo- ¡K. o. Chilla al reír; pero de pronto se pone serio y se marcha tranquilamente a un rincón. ¿Y no podéis escribir al mayor? -pregunta Bódecker. ¿A qué mayor? -digo, asombrado- ¿Y qué hemos de escribirle? -Que me mande en seguida a Fleury- -contesta Bcdecker, excitado por momentos. Eso me aliviaría, de seguro. Ahora todo estái allí tranquilo y yo sólo recuerdo ccmo aquello retumbaba y volaba por. los aires. Pasaría por el barranco de los Muertos, junto a Tierra Fría, hasta llegar a Fleury. Como no sonaría ni un disparo, todo podría borrarse. ¿No os parece este un buen medio para que yo pudiese recobrar la calma? -De todos modos, ya. se te pasará- -dice Luis, poniéndole la mano en el hombro- Sólo hace falta que te des cuenta de- las cosas con toda claridad. Bódecker le mira con enorme tristeza. -Si no fuera por ese médico mayor, que nos inocula sangre de rata... ¿Quién puede resistir esto... Conque escribid, escribid al mayor. Me llamo Gerhard Bódecker, con ck. Sus ojos nos miran con hurañía y torpeza. ¿No podéis traerme un poco de mermelada de manzana r ¡Me gustaría tanto volver a comerla! Se lo prometemos todo. Pero ya no nos hace caso, tan fuera de si se ha puesto de pronto. Cuando, al fin, nos marchamos, se levanta y nos hace una inclinación respetuosa. Después se acurruca, con los ojos extraviados, junto a la mesa. Y a en ía puerta nos detiene un hombre macilento, que hasta entonces había permanecido sombríamente reconcentrado; nos da una esquela y dice: -Llevad eso a mi mujer. A mí me han encerrado aquí sin motivo. ¡Por venganza! Llevad eso a mi mujer... ¡Que vaya a ver al Emperador... ¡Al mismo Emperador en persona... Yo estoy sano y bueno y tengo que salir de aquí. Luis coge la esquela; yo miro una vez más a Bódecker, que, de repente, da un salto, como si se despertase, y echa a correr en nuestra busca. ¡Llevadme con vosotros! -dice, con voz alta y desentonada- ¡Ya vienen otra vez! Y se aprieta contra nosotros. No sabemos qué hacer. Interviene el médico, nos mira, echa el brazo sobre los hombros al pobre Bódecker y le dice con tranquilidad: -Vamos al jardín. Y Bódecker se deja llevar sin oponer resistencia. Afuera cae sobre los campos el sol de la tarde. Desde la ventana enrejada vuelve a resonar la canción de antes: Cayeron las fortalezas... Por encima pasan nubes... Avanzamos, entristecidos y tácitos. -Yo creo, Luis- -dice Alberto- que de eso que acabamos de ver todos tenemos un poco. 3 Tumbado en el sofá, con las piernas extendidas, la cabeza aboyada cómodamente y los ojos cerrados, se me enredan- de un modo extraño los pensamientos en las brumas de mi somiioSencia. Entre la vigilia y el sueño, la conciencia des- aparece y la más abandonada laxitud pasa, como una sombra, por mi cerebro. Percibo en lejanía, como sueltos y flotantes jirones, estampidos de cañonazos; silban, suave y pérfidamente, las granadas, y me llega también el metálico sonar de los gongos, que anuncian un ataque de gas... Pero, sin darme tiempo siquiera a echar mano de mi mascarilla, se esclarece calladamente l a sombra; la tierra, contra la cual me había apretado, se funde como en una sensación cálida y luminosa, para convertirse de nuevo en la felpa del sofá, que se oprime contra mi mejilla, dándome la certeza, siquiera sea aún turbia, de que estoy en mi casa... Y el ruido de las señales de gas en las trincheras se funde también, por su parte, con el amortiguado repiqueteo de la vajilla, que mi madre coloca sobre la mesa. De nuevo me invaden las sombras y, con ellas, el gruñir de la artillería. Desde muy lejos, como si cabalgasen por encima de los bosques y los mares, llegan hasta mí palabras vagas, que, poco a poco, van cobrando sentido ilativo. -La salchicha es de tío Carlos- -dice mi madre, entre el sordo retumbo de los cañones. Las palabras me llegan justamente al borde del embudo, donde voy a meterme, al mismo tiempo que veo pasar, una cara satisfecha y presumida. ¡Ah, ése! -digo, airado. Y mi voz suena comes si tuviera la boca llena de algodón (hasta este punto me ha dominado la anterior laxitud) ¡Ese... imbécil. J! ¡Ese... Luego empiezo a caer, a caer, a caer, y las sombras me asaltan, anegándome en largas oleadas, cada vez más obscuras, cada vez más densas... Pero no llego a dormirme. Falta algo que antes existia: el repiqueteo metálico, suave, uniforme. Poco a poco recobro la conciencia y abro los ojos. A l l i está mi madre, que, con la cara pálida y espantada, me mira fijamente. ¿Qué tienes? -grito, asustado, dando un salto. ¿Estás enferma? Hace un ademán de negación. -No, no... ¿Pero cómo has podido decir una cosa así? Reflexionó, en vano, sobre qué diablos podré haber dicho... ¡Ah, sí! ¡Lo de tío Carlos! ¡Vamos, madre! ¡No seas tan inocente! -digo, aliviado ya, y riéndome de buena gana- Tío Carlos no es más que un logrero; demasiado lo sabes tú misma. -No lo creo así- -me responde con dulzura- ¡Pero mira que usar tú esas palabras... De pronto caigo en la cuenta de lo que dije en el umbral del sueño, y me avergüenzo de haber aparecido así delante de mi madre. -Se me escapó- -digo, disculpándome- comprendo que hay que irse dando cuenta de que ya no está uno en el frente. Allí se empleaba un tono grosero, madre; grosero, pero cordial. Me aliso el pelo y me abotono la guerrera; y mientras me pongo a buscar unos cigarrillos, advierto que mi madre me sigue mirando y que le tiemblan las manos. Sorprendido por su actitud, le echo el brazo alrededor del cuello y le digo, como en una caricia: -Pero, madre; en el fondo ésto no es tan malo como te figuras; los soldados somos así. -Sí, sí, ya lo sé- -me contesta- ¿pero tú... tú también... Me echo a reír. ¡Naturalmente! -se me ocurre gritar- ¡Yo también! Pero encuentro preferible no decir nada y concluyo por sentarme de nuevo en el sofá, para orientar mis pensamientos. Frente a mí, la pobre vieja baña su rostro de timidez y de preocupación. Tiene cruzadas las manos; manos cansadas de trabajar, flaccidas y rugosas por culpa mía. Nunca me había fijado en ellas, porque todavía era yo demasiado joven y no percibía muchas cosas; pero ahora comprendo ya por qué para esta mujer, pequeñita v apesadumbrada, soy distinto de todos los soldados del mundo: soy su hijo. Aun en mi época de soldado, lo fui siempre para ella. En la guerra, la pobre no veía más que un tumulto de bestias feroces que atentaban contra la vida de su hijo; pero nunca le pasó por las mientes que aquel hijo acosado
 // Cambio Nodo4-Sevilla