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N O V E L A POR ER 3 CH M A R J A R E M A R Q U E I L U S T R A D A POR E FERRER (CONTINUACIÓN) eos... Junto a los faroles, brillan los árboles, negros y húmedos... Lobo me acompaña. También viene con nosotros Valentín Laher; no se queja precisamente, pero no acaba de olvidarse de aquel empuje con que se presentó en París y en Budapest. -Aquello se acabó, Ernesto- -dice- me crujen los huesos y tengo reuma. He ensayado y ensayado hasta caer redondo; pero no vale la pena volver a empezar. ¿Qué vas a hacer entonces? -le pregunto- L a verdad es que el Estado debía concederte una pensión, como hace con los oficiales retirados. -jAh, el Estado, el Estado! -contesta, con ademán de repugnancia- Ese no da más que a los que saben pedirle como es debido. Yo estoy ya resuelto a ensayar un par de cosas con una bailarina; un número de espectáculo, ¿comprendes? Esto es siempre de efecto para el público, aunque tenga escaso mérito y avergüence al que es artista de veras. Pero ¿qué va uno a hacer... Hay que vivir como sea. Decido acompaf arle a su ensayo. Por la esquina de Ham kenstrasse pasa una especie de melón humano flotando entre la niebla; un impermeable de cplor amarillo canario y una j, cartera de negocios. Arturo! -exclamo. E l aludido se detiene. ¡Caramba, Ledderhose! ¡Estás desconocido! -dice V a lentín, mientras soba la corbata de Arturo, magnífica- prenda de seda artificial con adornos lila. -i Desconocido, desconocido! -replica Ledderhose, un tantico halagado. Palpa su cartera de negocios y dice: -Mucho que hacer... Llevo prisa... ¿Es que ya no tienes el estanco? -pregunto. -Sí- -me responde- y lo amplío poco a poco. A propósito: ¿no sabéis de algún local? Lo pagaría a cualquier precio. -No, no sabemos de ninguno- -contesta Valentín- no hemos llegado a tanto. ¿Pero qué hace tu mujer? ¿A qué te reheres? -pregunta Ledderhose con un gran aire de reserva. -Sí, hombre; ¡pues poco que te quejabas siempre dé ello! Había adelgazado tanto y como tú estás por las carnes... -No puedo acordarme ya de aquéllo- -contesta, y desaparece. Ríe Valentín y exlama: ¡Cómo cambia la gente, Ernesto! ¿Verdad? En las trincheras era un gusano miserable y ahora se ha hecho todo un hombre de negocios... ¡Con lo que cerdeaba allí el muy granuja y ahora no quiere ya saber nada de aquéllo! Toda; vía le hemos de ver presidente de una Liga defensora de la moralidad pública. -Pues no parece que le va mal- -comento- Cuando me. nos, ese sí sabe lo que quiere. Seguimos ganduleando entre la niebla, con la que Lobo parece juguetear. Pasan y desaparecen rostros desconocidos hasta que, de pronto, descubro un sombrerito de cuero rojo brillante, bajo- el que se dibuja una cara finamente perlada de humedad, en la que brillan unos ojos vivaces, que me hacen detenerme. Late con fuerza mi corazón... ¡Sí, es Adela... Tumultuosamente surge en mí el recuerdo de aquellas tardes en que los mozalbillos de dieciséis. años, ocultos en la penumbra, delante de las puertas del Gimnasio, aguardábamos a que saliesen las muchachas, con sus coquetas chaquetillas blancas, y las perseguíamos por las calles, hasta alcanzarlas y pararnos con ellas bajo un farol, silenciosos y tímidos... -Te dejo- -digo apresuradamente a Valentín- tengo, que hablar con una persona. En seguida vuelvo. Y retorno sobre mis pasos, en busca del sombrerito rojo, de la lucecita roja, perdida en la niebla, de los días juveniles anteriores al uniforme y a las trincheras. ¡Adela! Ella vuelve la cabeza y dice: -Ernesto! ¿Tú por aquí otra vez? Echamos a andar juntos; Lobo da saltos en tomo nuestro y ladra alegremente; campanillean los tranvías y el mundo es ahora para mí cálido y blando... Renace la sensibilidad, plena y temblorosa; los años tristes se han borrado y, como un puente luminoso tendido en la niebla, un arco iris de bonanza se levanta hacia los tiempos pretéritos... No sé de qué hablamos; lo mismo dan unas palabras que ctras; el hecho es que marchamos muy juntos y que con la dulce música imperceptible de antes, han vuelto aquellos manantiales de presentimiento y nostalgia, tras de los que brilla sedosamente el verdor de las praderas, donde canta el plateado susurro de los álamos y alborea el suave horizonte de la juventud. ¿Cuánto tiempo ha durado nuestro paseo? Tampoco- sabría decirlo. Vuelvo a solas sobre mis pasos; Adela se ha despedido de mí; pero como una gran bandera desplegada, tremolan en mi espíritu la alegría y la esperanza. ¡Mi cuartito de muchacho, el verano, las torres verdes y los anchurosos horizontes... Tropiezo con Willy y marchamos juntos en b. usca de V a lentín, al que damos alcance en el momento en que, con v i sibles muestras de alegría, se abalanza sobre un individuo y le sacude con fuerza por el hombro. ¡Kuchhoff, caserón viejo... ¿Qué haces por aquí? Le tiende la mano y dice: -i Qué casualidad volver a encontrarnos! E l otro le mira largamente de arriba abajo y, al fin, le reconoce. ¡Ah! Laher, ¿verdad? -i Pues claro, hombre! Si estuviste conmigo en el Somme! ¿Te acuerdas cómo devorábamos allí las tortas que me había mandado Lilly y que Jorge nos hizo llegar por correo hasta las avanzadas? Buen gesto el suyo y bien arriesgado entonces, verdad? -Sí, sí, desde luego- -dice el otro. Valentín, exaltado ya por aquellos recuerdos, continúa: -Y a te habías ido tú, cuando a él también le alcanzó un balazo que le dejó sin el brazo derecho; no era floja la desgracia para su oficio de cochero; veremos a lo que ahora se dedica. ¿Y tú, dónde te has metido desde entonces? Cuenta, hombre, cuenta. Pero el otro da una contestaeión yaga y dice después: ¡Sí es curioso el que nos hayamos encontrado! ¿Cómo le va, Laher? ¿Cómo? -exclama Valentín desconcertado. -Que cómo le va a usted, que qué hace usted. ¿Usted... Todavía no se ha recobrado Valentín y se queda mirando al individuo, que se embute en un lujoso gabán. Vuelve después la vista hacia sí mismo, se pone encendido y da un paso atrás. ¡Mamarracho! -exclama. Me da pena ver que, por primera vez, acaso, asalta a V a lentín el pensamiento de la diferencia; hasta ahora, todos éramos soldados; y he aquí cómo un mócete presuntuoso hace trizas nuestra ingenuidad con sólo una palabra: usted ¡Déjalo, Valentín! -le digo- Ese estúpido siente el orgullo de lo que su padre ha ganado. ¡Pues sí que es una profesión! Willy, por su parte, apoya nuestra actitud con unas cuantas palabras fuertes. -i Vaya unos camaradas! -concluye Valentín, con íntima amargura, pero sin que este desahogo desvanezca la penosa impresión que acababa de recibir. Por fortuna, encontramos a Tjaden; al ver su aspecto astroso le dice Willy: -Oye, t ú que la guerra se acabó; a ver si ya te lavas un poco; -Hoy todavía no- -contesta nuestro amigo con suficiencia- lo dejo para el sábado, en que podré hasta bañarme. Nos quedamos sorprendidos. ¿Tjaden bañarse? Willy se lleva incrédulamente la mano a la oreja Y dice: -Me parece que no he comprendido. ¿Qué es lo que piensas hacer el sábado? -i Bañarme! -confirma Tjaden con orgullo- E l sábado por la noche pido la mano de mi. novia. 4