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AMBOS T R A B A J A N EN SILENCIO. W i l l y le mira como a un bicho raro y, mientras ¡e coloca suavemente la manaza sobre el hombro, le pregunta con aire paternal: -Y dime, T j a d e n ¿N o sientes alguna vez que te pica el cogote y que te zumban extrañamente los oídos? -Sólo cuando me atufo con el carbón- -confiesa Tjaden- Entonces siento también, en el estómago como fuego de tambor. Pero, volviendo a mi novia: como guapa, no es muy guapa que digamos; tiene las piernas zambas y bizquea un p o c o p e r o en cambio, tiene buen humor y su padre es carnicero. ¡C a r n i c e r o! -p e n s a m o s- Y es como si se nos encendiese de pronto una luz acogedora. Tjaden nos da de buen grado cuantos informes le pedimos. -L o s tiempos son malos- -agrega- H a y que sacrificarse; un carnicero es el último ciudadano que pasa hambre. Y hace ya mucho tiempo que pedir la mano no es casarse. -Tjaden- -dice W i l l y que lo ha oído todo con creciente i n t e r é s- ya sabes que siempre fuimos amigos... ¡Hecho, W i l l y! -l e interrumpe Tjaden- N i que decir tiene que puedes contar con unas cuantas salchichas y chuletas. P á s a t e por allí el lunes; tenemos semana blanca. -I Cómo es eso? -pregunto, asombrado- ¿Es que tenéis también un negocio de lavado de ropa? -N o es. que ese día matamos un caballo blanco. Prometemos solemnemente acudir y seguimos en nuestro paseo. Valentín tuerce su rumbo hacia el Altstadter H o f donde se congregan los artistas; precisamente cuando entramos, cena un grupo de liliputienses; sobre la mesa liay una sopa de nabos y cada comensal tiene un pedazo de pan al lado, -C o n esa barriga tan pequeña- -dice Willy- -es de suponer que, por lo menos, éstos se h a r t a r á n de sustancia de huesos. Cuelgan de los muros carteles, fotografías y pintados papelotes desgarrados, con figuras de hércules de circo, domadoras de leones y clowns; todo viejo y amarillento, pues, en los últimos años, las trincheras, eran el albergue de los atletas, de los jinetes de circo y de los acróbatas, y allí no necesitaban carteles. Valentín apunta hacia uno de ellos y dice; -Ese era yo. U n hombre, con el pecho combado, aparece en el cartel (EXCLUSIVA D E A B C P A R A TODA ESPAÑA. P R O H I B I D A L A REPRODUCCIÓN) en el momento de dar un salto desde el trapecio que pende de la cúpula de un circo; pero ni aun con ia mejor voluntad se puede reconocer ya a Valentín en aquella figura. Y a le espera la bailarina cori quien- -según me dijo- -trata de montar su n ú m e r o de gran espectáculo. Penetramos en el restaurante; apoyadas contra un rincón, hay unas cuantas decoraciones de teatro, pertenecientes a la farsa Vuela, palomita, pieza humorística, con estribillo, de la vida de nuestros peludos que alcanzó gran boga durante más de dos años. Valentín coloca un gramófono sobre una silla y elige unos discos. Rasca en la bocina una ronca melodía desgastada, pero con cierto brío innato, como la voz cascada de una mujer vieja que antaño fué hermosa. Tango! -murmura W i l l y con aire de suficiencia, como si no hubiéramos visto que acaba de leer el rótulo en la placa. Valentín, en. mangas de camisa y con uii pantalón azul, prende por la cintura a su pareja, que viste traje de punto, y baila con ella una danza de apaches y un n ú m e r o de fantasía, en el que la muchacha acaba, por quedar colgando, con las piernas enlazadas al cuello de Valentín, mientras éste gira vertiginosamente. Ambos trabajan en silencio y con las caras muy serias; sólo de vez en cuando se insinúa una palabra dicha a media voz, bajo la pálida luz de la lámpara oscilante, donde sisea el gas. Las sombras de los bailarines se agigantan sobre las decoraciones de la Palomita; W i l l y anda como un oso, de un lado para otro, muy atareado en dar cuerda al gramófono. Se inicia un descanso, en el que W i l l v masculla palabras de aprobación, que Valentín rechaza malhumorado. L a muchacha se cambia de ropa, sin que parezca dársele nada de nuestra presencia; bajo la lámpara de gas, dobla su espalda, envuelta en el desvaido tricot, y se ata calmosamente sus zapatos de bailarina. Y é r g u e s e luego y levanta los brazos para vestirse otra prenda; en sus hombros alternan la luz y la sombra. Las piernas son largas y bonitas. W i l l y que husmea por la sala, encuentra en un rincón un libreto de la Palomita, que ostenta en su cubierta profusión de anuncios: el de un confitero, por ejemplo, que recomienda bombas y granadas de chocolate, perfectamente empaquetadas, para enviar a las trincheras; otro, en el que una casa de Sajonia ofrece plegaderas hechas con cascos de proyectiles; papel higiénico con sentencias de grandes hombres sobre la guerra y dos series de tarjetas postales iluminadas: (COPl EIGHT- U. Í EATURE ST, NDICATE) V (6 0 COJlíiltlíCil Ó.
 // Cambio Nodo4-Sevilla