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bidos dentro de las fronteras del castellano, y, creyendo ensancharlas, se permiten todos los días dar carta de naturaleza a giros y voces que n i n g ú n mediano conocedor de nuestra lengua reputa necesarios. E s a vegetación parasitaria en torno del tronco castellano, sin ser alarmante, -empieza a parecer enojosa, y á evitarla- tienden las. protestas de los literatos que, como Octavio González Roura, saben que nuestro idioma es una almáciga bastante rica para promover todos los trasplantes, sin necesidad de apropiarse especies exóticas. P o r su parte, la Academia española, adelantándose- a todo reproche de conservatismó exagerado, ha admitido en l a reciente edición de su Diccionario todos los vocablos de uso popular en América, con lo cual acalla todos los recelos e impone unidad al idioma. ¿Cómo escatimar nuestro aplaur so a ese hospitalario y sano criterio? Pero lo que principalmente ha movido al notable escritor argentino ya citado a promover este debate, desde un gran diario francés, ha sido el presente y el porvenir de la cinematografía española. E s evidente que, a partir de la innovación parlante, el cine ha pasado a ser un anejo de la literatura. Sin estar a la altura del teatro, está haciendo lo posible por acercarse al arte dramático. P o r qué no hemos de contribuir, pues, a que los dos espectáculos participen del mismo decoro? E s preciso, dice Rtiura eri sus confidencias a Juan Casabianca, que todo film español esté dialogado con sobria propiedad, en castellano impecable, y que su realización sea confiada a artistas excelentes. Sobre el accidenté de las pronunciaciones regionales, Roura expone la razonable opinión de que todos los localismos sean respetados. Esta afirmación le lleva, como por la mano, a discurrir sobre, el vtodus operandi del film hispanoamericano. L a intervención del artista argentino, y decimos argentino porque en aquella gran República existe un espléndido plantel de autores dramáticos que cultivan el cine. es indispensable. Toda obra de asunto argentino ha menester de intérpretes indígenas, los cuales no tienen necesidad de evadirse del castellano para destacar en el diálogo, lo pintoresco de ciertos localismos que imprimen carácter a la obra. E s un error el suponer que con que vayan a Joinville y Hollywood artistas españoles, literatos e intérpretes, se asegura l a vida del cine nacional. Las mismas Empresas americanas, desconfiando de aquel procedimiento, empiezan a orientarse en otro sentido. U n arte que absorbe como capital rodante millones de dólares obliga a grandes precauciones para que sus fines respo- dan a sus medios. Q u é van a hacer esas grandes Empresas? ¿A d o p t a r á n nuestros puntos de vista? D e l único gran propulsor de l a cinematografía, que es el español señor A j u r i a sabemos que se propone conciliar, dentro de sus vastos proyectos, dos sistemas cuyo éxito no puede parecer dudoso m á s que al observador corto de alcances; la independencia del film español, con artistas de nuestra tierra y l a adaptación de nuestro idioma al trabajo de los intérpretes extranjeros. S i lo primero es coser y cantar, lo segundo es difícil. E s natural, pues, que una parte del personal que ahora maneja la organización cinematográfica se alarme, pues, como el segundo de esos dos sistemas v a a requerir l a participación del escritor que sepa condensar lá vida de una obra en el diálogo conciso y rápido, y esa habilidad no está muy extendida, el director de escena, que ahora puede ser cualquiera, perderá una gran parte de l a importancia que tenía cuando el cine era una sucesión de imágenes sin palabras. Sobre l a cuantía de los intereses en circulación baste con decir que solamente la República Argentina consume ochenta films al año, y como no se puede pretender que los Suministre E s p a ñ a exclusivamente, hay que ác. udir a los aportes extranjeros. A h o r a bien, ¿e s posible echar sobre los hombros de iraestrp personal de teatro ese peso? S i EL CINE Y LA MODA Sencillez y elegancia son las notas fundamentales del vestido que luce Fay Wray, la linda estrella yanqui. El fondo es de terciopelo color de albaricoque, bordado con un fino hilo de oro, y la capa termina con una aplicación de marta.