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T Í CTIARTITO E S T R E C H O T cruza por las habitaciones del piso alto... Se iluminan, una tras otra, las ventanas... Envueltas en amplios mantones, vienen charlando dos viejas por el camino... Tomo la dirección de la casa de Waldmann. Cosas muertas- -pienso- ¡personas... personas es lo que hay que tener al lado! Alberto tenía razón... E n casa de Waldmann hay gran rebullicio, a t r a v é s del cual voy de un lado para otro, observándolo todo. Sobre el entarimado- -teatro un día de mi triunfo coreográfico- -se agita una multitud de muchachos, que pasaron justamente rozando al lado de la guerra. Estos sí que tienen seguridad en sí mismos; estos sí que saben lo que quieren. S u mundo tiene un principio claro y un claro fin: el éxito. M á s jóvenes que nosotros, están, sin embargo, m á s hechos y mejor logrados. Descubro entre las parejas a la elegante modistilla con la que gané el one- step. L a invito a bailar un vals y ya no nos separamos. Pie cobrado esta tarde mi última soldada- -sesenta y cinco marcos en total- y pido unas cuantas botellas de vino rojo y dulce, que bebemos a sorbos lentos, y que tiene para mí la virtud de ponerme progresivamente melancólico. Atiendo a la conversación de la muchacha, e x t r a ñ a m e n t e conmovido charla, con un piar de golondrina, de colegialas, de las ganancias que rinde la costura de ropa blanca, de bailes nuevos, de m i l naderías por el estilo. S i el estipendio de cada prenda se elevase veinte pfennigs, podría ir a comer al. restaurante y con esto sería feliz. L e envidio su existencia clara y sencilla, y le sigo haciendo preguntas. S í a todos los que aquí vienen, confiados y alegres, quisiera preguntarles también cómo v i v e n acaso tropezara entre ellos con alguno que pudiera contarme algo provechoso para mí. A última hora, acompaño a la golondrina hasta su casa: una boardilla horrible, debajo del tejado. Nos quedamos i n móviles ante la puerta de la calle. Siento en mi mano el calor de la suya. Su cara tiene en la obscuridad contornos indecisos. U n a cara de mujer joven, una mano en la que hay calor y vida... ¿C ó m o es tu casa? -pregunto. ¿Q u i e r e s verla? -me invita. Subimos. U n cuartito estrecho, una mesa, un sofá viejo, una cama, retraaos en la pared, una máquina de coser, un maniquí de caña y un cesto para la costura. L a golondrina saca apresuradamente un infiernillo, en el (E X C L U S I V A D E A B C PARA TODA ESPAÑA. PROHIBIDA L A REPRODUCCIÓN) que prepara una infusión con cascaras de manzanas y hojas de té, diez veces ya hervidas y recocidas. Dos tazas, una carita no poco sonriente y un mucho socarrona, un vestidito conmovedoraraente azul, l a pobreza amable de un aposento, una golondrina que tiene por único tesoro su juventud... ¿E m p i e z a así el amor, tan fácil, tan juguetonamente? L a golondrina es cariñosa. N o hay contratiempo en la vida que parezca importarle; entre el repiqueteo de la m á quina de coser, trabaja, canta, ríe, llora y sigue cosiendo siempre... Tiende una mantita de colores sobre la máquina, convertida así de un animal de trabajo, con músculos de níquel y acero, en una sedeña colina de flores azules y rojas... ¡Yi no vuelve ya a pensar en su tarea! L a contemplo con emoción y ternura. Es pálida y delgada, y su rostro tiene una ingenua expresión de dulzura y mimosidad. Suspira y sonríe, a la vez... ¿E s esto... es esto? -me pregunto en silencio. Cuando, al despedirme, le digo: ¿E r e s feliz, g o l o n d r i n a? me hace unos guiños deliciosos para decirme que sí Y ya en la calle pienso: E s feliz! Cuan fácil encontrar una persona! ¡Y también qué difícil! No, no es eso; tampoco es eso... Luego se queda uno todavía m á s solo que antes. Llego a casa muy tarde. A l abrir la puerta de mi cuarto y ver ondear la cortina de la ventana, se me figura por un instante que es una mano pálida haciéndome señas; sólo cuando enciendo apresuradamente la luz logro reírme de mis pueriles alucinaciones. Blanquea a ú n sobre la mesa el oficio del Gobierno, cuya lectura me hace tomar de pronto una resolución: sí, quiero trabajar. ¡T r a b a j a r! Actuar en un pequeño círculo... en un pueblo con unas cuantas casas, un cuarto de fonda, una iglesia y un grupo de niños que todavía no saben lo crueles que son los hombres entre sí... U n a sencilla mesa de escritorio, una lámpara, y paz, paz... Respiro, aliviado. A n u n c i a r é mt llegada y me iré m a ñ a n a mismo. Pero ahora no quiero permanecer en mi habitación; voy a empezar m a ñ a n a una vida nueva y no quiero encontrarme de nuevo esta noche con el capitán inglés de mi pesadilla. M e voy al cuartel y despierto a Jupp y a Valentín, qué me hacen acostar en una cama que hay libre en l a sala de los mozos de escuadra. Allí no puede pasarnie nada. 1 (corYRiGHT- u. FBATURE SXNDICATE) x (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla