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C A R M E N D E L O S MÁRTIRES. E L LAGO, C O N SUS B E L L A S C O L U M N A T A S G R I E G A S Y SUS I S L A S D E ENSUEÑO LUGARES DE BELLEZA, DE TRADICIÓN Y DE FE EL CARMEN DE LOS MÁRTIRES, DE G R A N A D A S T E es el encanto singular de las ciudades viejas: no es necesario que los ojos se maravillen ante una realidad espléndida del arte o se pasme la razón ante el valor científico de u n resto arqueológico. Basta muchas veces que la leyenda, tejida por el pueblo en el primario telar de su instinto poético y con los ricos h i los de las tradiciones locales, o l a H i s t o r i a verídica y contrastada, presten el precioso concurso de sus bellas sugestiones, para que el ruinoso caserón, la quebrada columna, el tosco sillar, simplemente el lugar mismo, carente en absoluto de la más pequeña huella del pretérito, adquieran u n alto valor, tan ponderativo como permitan los límites de la propia fantasía del observador. Y asi mismo sucede en los pueblos viejos de largo pasado, que resistieron sin sucumbir el enconado choque de razas distintas, y, lo que aún es más demoledor y terrible, el furioso vendaval de las luchas políticas y religiosas, que los contrastes más absurdos se ofrecen a la curiosidad de las generaciones actuales como desperdigados restos de un: ilimHado campo de batalla. El- edificio que ayer fué suntuoso palacio moro y las mismas ricas estancias del harén que presenciaron tantas escenas de la E voluptuosidad incontenible de aquella raza, hoy son. convento de clausura, y por ellas transcurren las humildes sombras de las monjas cristianas, que adornan sus V i r g e n citas candidas y sus Cristos agonizantes con las rosas del mismo centenario rosal que perfumó las horas sensuales de los hijos del Profeta. L a mezquita es iglesia, y bajo el grácil arco de filigrana, convertido en a l tar, un Santiago matamoros descabeza a golpes de. su sable de madera plateada a u n guerrero musulmán. H a y templos católicos que ahora son vastos establecimientos comerciales y muestran los nichos de sus altares colmados de envases vacíos, dejando ver las blancas volutas platerescas de sus columnatas por encima de las estanterías repletas de géneros de almacén. Monumentales monasterios hechos cuarteles, con hermosos artesonados sirviendo de techumbre a dormitorios de la tropa, y magn ficas salas claustrales convertidas en cuadras de las bestias de tiro. Pilas bautismales, que fueron tazas de graciosa fuente árabe, -festoneadas de suras coránicas y poesías amatorias. Bravas torres militares, que son tabernas o talleres de pequeñas industrias. Magníficos palacios señoriales, con puerta blasonada de altivos cuarteles, hoy garages de alquiler o ruidosas casas de modesto vecindario... A veces n i restos materiales quedan ya para recordarnos, con sus- formas mutiladas, qué fué aquello que nos atrae, no obstante, con la fuerza incontrastable de una grandeza que adivina, el instinto, y a que, en ocasiones, el impulso de destrucción que animó la controversia ideológica o el sentido utilitario fué tan decisivo, que arrasó hasta los cimientos de lo que allí había, y sólo el recuerdo queda para evocar los tiempos pasados y las grandezas caídas. L a exclaustración de 1835, con las consiguientes venta, demolición o cesión, para los más diversos fines de utilidad pública, de los conventos suprimidos, influyó m u cho en este sentido, y de aquella época provienen la mayor parte de estos fenómenos de transformación que ahora sorprenden a los visitantes de las antiguas ciudades españolas. Desde entonces, en Granada son. cuarteles de Infanter a y Caballería los suntuosos monasterios de la Merced y San Jerónimo Casa- Ayuntamiento, el convento del Carmen de Nuestra Señora de la Cabeza; Capitanía, el de San Francisco, Casa grande; presidio, últimamente extinguido, el de Belén; almacén de tejidos, la antigua pa-