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ABC. M A R T E S 20 D E E N E R O a D É 1931. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A C 15 sabe a poco, si la comparamos con aquélla, donde, además de Chevalier, encontrábamos argumento, música, actores y escenarios. -A. B. TEMPESTAD E N ASIA E l hecho de mayor trascendencia en la actual temporada cinematográfica madrileña lo ofrece la desgana de las muchedumbres ante los- films de Hollywood y el casi rabelesiano apetito de films eslavos. L o s yanquis nos ganaban, en tiempos, por su barbarie y su impulso, por el desnudo galope de potros en las praderas, los bares de cow boys, y las manos arriba por sus whiskys, y sus revólveres, y su bandidaje ganadero de verso de romance y de épica feudal. Pero ahora nos aburren con sus frases de tratado de urbanidad y su tartamudo aprendizaje de l a cortesía burguesa. A l frasco de whisky del explorador y el minero sucede el Coca- Cola insípido, y el champagne salonniére: refresco substitutivo y metodista o copa amanerada, siempre licor falso o lujoso, sin calor y sin raza. E n tanto, los rusos nos sientan en la taberna popular y divina, y allí, en olor de multitud, convidan a vasos entrañables de bebida exaltante, encabezada con alcoholes insurgentes. Triunfo del wodka sobre el Coca- Cola, de la taberna sobre el salón. Triunfo de Eimssestein y Pudowkiw sobre las galas de la Paramount y las recepciones de la Metro. L a sinceridad venciendo a la hipocresía; lo auténtico encima de lo amanerado, como San Jorge encima del dragón. Richard Arlen, ma actor popular del cinenorteamericano. Haines, el galán travieso. EJ gran charco CJaudette Go! bert- Maurice Chevalier Maurice Chevalier estuvo a punto de sufrir un tropiezo en El desfile del amor. Jeanette MacDonald defehdió su papel con tanto brío, que l a actriz, desconocida hasta entonces, salió de la prueba convertida en estrella, con tanto brillo, casi, como el mismo protagonista. Pero Chevalier no está dispuesto a que el caso se repita. Ahora, para cada pelicula, elegirá una compañera distinta- -como hace Buster Keaton, el primero en darse cuenta de lo expuesto que resulta ayudar a una muchachita desconocida; desconocida hoy, pero que mañana, a la. primera oportunidad, puede convertirse en peligrosa rival- Che- valier elegirá una compañera distinta, y proc u r a r á que su papel no sea de mucho lucimiento, por si acaso. Con estas precauciones- -innecesarias, a nuestro juicio- la gloria de Chevalier no será regateada por nadie ni expuesta a las odiosas comparaciones. Esto nos parece un error del excelente actor francés- -o de sus empresarios- porque así no se consigue m á s que rebajar el valor artístico del conjunto, sin beneficiar a nadie. El gran charco, película estrenada en Rialto, está m á s cerca de La canción de París que de El desfile del amor. L a actuación de Chevalier es de la misma excelente calidad en las tres cintas. Su personalidad, su simpatía, su gracia inimitable, resplandece por igual en las tres; pero a la primera y a l a última les falta el excelente conjunto de la segunda: actores, música, argumento, escenarios, todo lo que, además de Chevalier, necesita una película para al- canzar el éxito- -tan difícil y tan completo- -de aquélla. Claudette Colbert, como ya hemos dich- j, no tiene papel. L i m i t a su labor a una exhibición de su bella figura y a dejarse amar en silencio, escuchando las canciones que de vez en cuando le dedica su genial admiradora Toda. la película es Chevalier. Y esto nos siglos, enormes avalanchas de pastores en delirio, a través de las altiplanicies del T i bet, desnudas y antihumanas, como hechas, más que para solaz del hombre, para que tenga Dios un lugar donde acostarse en este mundo. E l primer viajero que vio el Gobi, aquel P o d é i s embriagaros una vez al mes deintrépido fray Carpini que pateó en el s i cía el prudente saber de la Escuela de Saglo x i i toda A s i a a l a busca del preste lerno. U n a vez al mes, cada cuatro sábados. Juan, lo describe con un horror que supera E l pueblo de Madrid olvida las palabras meen patetismo a la imponente dramática del dievales, recordando aquellas otras de m á s film. Tierras desiertas- -dice el cronista- antigua y más ilustre sabiduría, según las desoladas, de espanto. Tierras tan faltas, cuales el sábado fué hecho para el homque las madres matan a los hijos por no bre, y no el hombre para el sábado De tener que darles y hasta el mismo Emperacualquier noche puede hacerse noche sabádor, para calentarse, ha de encender el fue- tica si los dientes del hielo muerden en la go con estiércol. N o hay nada en el G o b i calle y el abrigo de los cinematógrafos i n ni agua, ni cereal, ni árboles, ni frutos. P e r o vita a acalorada ebriez de esclavismo. F r í o allí donde falta todo, allí donde sólo crece del invierno proletario, frío de los cuerpos el silencio y la angustia, hay una incontevagabundos en este campamento de Madrid, nible y monoteísta realidad: el viento, señora plantado por nómadas pastores de mesta en todopoderoso de la estepa, monarca absoluto medio de la llanura de Castilla, blanca y de la arena y l a duna. E n otras latitudes roja como la del Tibet, de nieve de cordepodrá ser el viento una metáfora, plata conros y sangre fratricida de Abeles y Caínes, movida, músico de la hoja o bailarín de rasa de resignaciones milenarias y alta de la rama. Aquí, en el Tibet, el viento, sin verticales iracundias. engaños, es lo que es en verdad: una inju- De ira y de insurrección habla esta Temria. Y o os defenderé del enemigo- -decía pestad en Asia que se proyecta er. un Genghis K h a n a sus hordas- -como la yurta cine granviario, orilla al frío y al silencio del viento. de l a meseta. De ira e insurrección habla, o, mejor, grita. U n grito desesperado- -griPero el viento sólo con el viento se reto en el cielo y en el infierno- -pone la garfuta. Como un viento, él también, como una ganta tierna de un joven cazador de zorros. tormenta, Genghis lanza en tromba a sus P o r doquier la increpación levanta burbuhordas, desde Karakorum a Catay, batiendo jos de ecos y blasfemias. A quí y allá restodos los records de marchas militares. L a ponden. Y a el grito no es la esquirla que segunda generación quiere emular a l a p r i uno se arranca de su dolor personal, sino mera y cae en avalancha de terror sobre el de la carne del doliente pueblo entero. Como occidente estremecido. Rusia y Polonia, P r u en la tragedia y en la liturgia, héroe y coro sia y Silesia se encogen en las cuevas- del se confunden en sacrificio unánime. E l promiedo y la trémula cristiandad, empavoretagonista, de ser todo un hombre, pasa a cida, se refugia en la iglesia en mitin conencarnar nada menos que todo un pueblo. ciliar. Hasta que el cielo católico, recobranE l coro, de ser todo un país, pasa a ser do su azul, se despeja y l a violencia monnada menos que todo un mito. Una sombra gólica, laxa da disciplina, decae y regresa mística cubre, en efecto, las diversas escea su nielo- -láscalas rotas- -la tempestad. Y a nas de la película. L a sombra de aquel Anílos mongoles pasan de la Historia a la Prebal de ojos de cerradura, César de párpahistoria y, sin recuerdo de Genghis, pastan, dos oblicuos, Napoleón de bigote en forma bovinamente, en la estepa, la hierba miserade luna a quien llama la Historia Genghis ble de la animal resignación. Los pueblos Khan, rey de los mongoles, y a quién su ávidos de la Europa protestante huellan raza apellidó emperador de todos los homdespués el desierto con su bota militar, y bres L o vemos, presente en alusiones, en Mongolia vive en rebañiega servidumbre. todo el film, y tal como nos lo pinta H a Hasta ahora, en que la conmoción de la inerokl Lamh en su libro: pastor de vientos, tereología moscovita despierta el viento dormariscal de tormentas, supremo caudillo del mido. Y a otra vez la tempestad se exalta y furor de las nubes. Se siente su memoria el viento recobra sus látigo? perdidos. Y empujando, desde lejanías de espacios y de con tal violencia torna el viento a agredir,
 // Cambio Nodo4-Sevilla