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N O V E L A P O R E R 1 C H M A R I A R E M A R Q U E I L U S T R A D A POR. E. F E R R E R CONTINUACIÓN) s i g n i f i c a n t e c a m p a ñ a está descrita con escrupulosa minuciosidad... A b r o el libro de lectura, con la esperanza de que aporte algo distinto. P o e s í a s Oración antes de la batalla... La casa de Lütsew... La noche en Lenthen: el trompeta de Vionville... El Kaiser es un hombre cariñoso... Carga de húsares... Sigo l a lectura: Un día de la vida de nuestro Monarca... La prisión de Napoleón III... (gue me hace pensar en que, desde luego, m á s vale caer prisionero que huir) M á s adelante: Cómo derrotamos al francés en Gravelotte: narración humorística de un combatiente... Intercaladas, unas cuantas descripciones y narraciones patrióticas... Y luego, más fragmentos guerreros- -ya sentimentales, ya azucarados con gran pompa retórica- semblanzas de caudillos, himnos y cantos a la guerra... M e estremece pensar hasta qué punto ha sido falseado tendenciosamente el concepto de patria. ¿D ó n ele están las semblanzas de los grandes poetas, de los pintores, de los m ú s i c o s? Cuando las victimas de este plan de estudios, abandonen l a escuela, conocerán las fechas, reinados y batallas de los m á s insignificantes príncipes, y creerán que todo eso es lo m á s importante de la H i s t o r i a del mundo... pero apenas s a b r á n nada de Bach, de Beethoven, de Goethe, de Eichendorff, de Durero, de Roberto K o c h Aparto leios de mí estos libros. ¿Q u é género de enseñanza es este? ¿Q u é es lo que yo hago aquí, sino contribuir a mantener y fomentar tamaño absurdo? Rasguean afanosamente las plumas, y las cuarenta cabezas siguen dobladas sobre las pizarras y los cuadernos. A b r o la ventana; el viento trae aromas de praderas húmedas, eliuvios de bosques y de primavera, que aspiro con ansia... Las nubes pasan, veloces... Experimento la sensación de que ha transcurrido un siglo, como si aquellas hojas amarillas que abandoné encima de la c á t e d r a me hubiesen transportado a una época remota de estrechez, de falsedad y de! sumisión. N i ñ o s! -d i g o excitado, mientras, al volverme de espaldas a la ventana, siento en mi- cuello el viento de marzo... Los cuarenta pares de ojos se clavan en m í pero y a no sé qué es lo que iba a decirles... Tampoco podría decírselo. Quisiera que gozasen del viento y se recrearan con l a eterna inquietud de las nubes. Pero de esto no hay nada en el plan de estudios. Malhumorado, tiro los libros al cajón. Repica la campanilla. H a terminado la clase. 3 bio consiste en ennegrecerse, m á s vigorosos, a medida que el cielo empalidece. Luisa Wessling sigue sentada en su sillón de madera, con la cara completamente hundida en la sombra; sólo resalta el cuello, blanco y suave. Henos aquí juntos, en una habitación donde se hace de noche, los relojes desgranan el tiempo y llega, desde fuera, el rugido del vendaval. P r e g u n t a r í a de buena gana, como los discípulos forasteros en la noche bíblica: S e ñ o r ¿q u é debemos hacer? Ronda silenciosamente en torno a la casa el negro torbellino de los. e x t r a ñ o s y de la existencia solitaria; flota un miedo vago de que pueda entrar de improviso... miedo, escalofrío y la eterna pregunta: ¿p a r a qué? Nunca se está m á s perdido que entre el laberinto de los propios pensamientos. Ahí estás tú, otro ser humano, una vida aparte, en la que tninca podré penetrar, ni aun con todos los incendios del amor... ¡A m o r! ¡O h antorcha que cae en una sima y sólo sirve para mostrar lo profunda que ésta es! M e inclino sobre tu nuca, conmovido al verla doblarse tan blandamente. U n a gran triste; a notante y velada, que ni me ouema n i me atormenta demasiado, invade mi alma. A l principio, tiemblo interiormente; luego se estremecen también mis manos y mis labios, y cierro los ojos. -i Cómo tiemblas! -me dice L u i s a Wessling. Y al sentir sus labios cerca de los míos, todo se desborda en m í lo guardado en silencio, lo disimulado, lo sufrido... Brota de la tierra y quiere hablar, y me sacude convulsivamente, hasta derribarme... H e olvidado a l a mujer y sólo me doy cuenta de una cosa: calor, proximidad. Aprieto la cara contra los pliegues de su vestido; tartamudeo frases incoherentes y confusas, palabras sueltas, sollozos sin lágrimas, sollozos secos que me ahogan, sollozos de n i ñ o Miedo, tormento, esperanza, soledad... ¡N u n c a imaginé que todo esto existiese dentro de m i! Continúo con los ojos cerrados y no quiero saber nada ni oír nada, sino el lejano consuelo de esta voz serena que no cesa de repetirme: -T r a n q u i l í z a t e Todo se a r r e g l a r á Todo se a r r e g l a r á 4 E l círculo luminoso de la l á m p a r a ilumina mi mesa, sobre lasque se amontona un rimero de cuadernos azules, en los que subrayo las faltas con tinta roja. ¿P e r o es esto la vida? ¿E s t a monótona uniformidad de. los días y las horas? ¡Q u é poco satisface todo esto en el fondo! Siempre queda demasiado tiempo para pensar. Y o esperaba que este ordenado y disciplinado v i v i r h a b r í a de apaciguarme; pero me solivianta e intranquiliza todavía m á s ¡Q u é largas son aquí las noches! Atravieso el vestíbulo. Sentadas en bajos taburetes, ordeñan las mozas a las vacas, que resuellan y patean en la penumbra, mientras por encima del vaho caliente del establo b r i l l- n oscilantes, breves puntos de luz, y la leche cae en delgados chorros desde las ubres a los jarros. Ríen las mozas, mostrando sus dientes, sanos y blancos. Sus ojos refulgen en lo obscuro. Huele a heno y a ganado. Durante un rato permanezco de pie delante de la puerta y, al. cabo, vuelvo a entrar. Los cuadernos azules se apilan a ú n bajo, la l á m p a r a Ahí estarán siempre... ¿V o y á estar toda la vida sentado en este mismo sitio, hasta ir, poco a poco, haciéndome viejo, para morir a la postre? Mejor- es dormir ahora un rato. L a luna, roja y grande, avanza lentamente sobre el tejado de los graneros y proyecta sobre el pavimento el contorno de la ventana: un cuadrilátero oblicuo, en el que ce inscribe una cruz, y que, al cambiar de sitio conforme va subiendo la luna, trepa, al cabo de una hora, por mi cama, hasta deslizar sobre mi pecho la sombra ele la cruz. Estoy tendido en la gran cama campesina, de cuadros azules y rojos, sin conseguir atrapar el sueño. De cuando en cuando se me cierran los ojos y caigo rápidamente en un espacio sin límites; pero, al momento, me vuelve a despertar un miedo repentino. D a hora tras hora el reloj de la iglesia y sigo esperando y escuchando. Harto de dar vueltas en la cama, me tiro de. ella y vuelvo a vestirme. M e descuelgo por la ventana y, seguido del perro, Avanza lentamente el crepúsculo, hasta invadir l a habitación, y se acumulan y espesan las sombras, como si intentaran apoderarse del espacio. Los discos de mica de la estufa brillan con m á s intensidad, mientras en la caldera canta el agua. Afuera brama la tempestad y cae la lluvia a c á n t a r o s ¡Tener- que salir ahora para mojarme y meterme en lodo hasta los tobillos! Acerco las manos a la estufa; su calor suave es una verdadera caricia. Estoy así mucho tiempo. Frente a mí, sentada en un sillón de madera, está Luisa Wessling. H o y es s á b a d o yo no sabía dónde i r y, como Willy está en un bautizo, nr quería quedarme solo. Sigo con las manos extendidas por delante de la mica roja de la estufa. L a luz. se transparenta al filo de mis dedos con un matiz rojo claro. Parece como si las manos no fueran mías, sino seres independientes, bellos, traslúcidos, luminosos. A h o r a las extiendo, ya las encojo y aparto... pero, de pronto, me parecen unas garras de fuego que estrangulan un cuello invisible, y las dejo caer rápidamente. E l crepúsculo se ha adueñado por completo de la habitación. L o s árboles que se ven desde la ventana son ya negros. Resalta briosamente cada rama, como recortada en papel carbón sobre el fondo del cielo, que de amarillo y anaranjado hase convertido en un pelotón de nubes azulencas, con pálidos jirones, a trechos, de un verde manzana. Los árboles han cobrado fuerza al iniciarse la noche; en el recuadro de la ventana, dijérase que son las venas del paisaje, recorriéndolo en todas direcciones. T a m b i é n sus copas peladas vetean el cielo, que, detrás de ellas, aparece frío, claro y constantemente cambiante. Pero los árboles son inmutables, y su único cam-
 // Cambio Nodo4-Sevilla